MIAMI, Florida.- La última jugada --que no será la última-- del presidente estadunidense Donald Trump sobre el cambio climático mostró que el mundo todavía no está entendiendo el proyecto de la actual Casa Blanca, supone que el sistema tradicional y burocrático de poder en Washington sigue decidiendo, le apuesta a la destitución presidencial y cree que la sociedad americana ya se decepcionó de su votación de noviembre pasado.
Sin embargo…
Lo que falla en el análisis de la realidad de los EE.UU. es el método, no los sentimientos. Es la hora en que liberales y conservadores que viven en la política estadunidense no han entendido el sentido del voto del pasado noviembre. Pero la pregunta básica es sencilla de plantear: ¿por qué la sociedad estadunidense que en el 2008 llevó a un afroamericano a la presidencia de un país que hasta 1968 tenía las leyes raciales más excluyentes decidió en el 2016 darle el poder a un representante del racismo, la supremacía blanca, el nacionalismo económico más elemental y el exclusivismo sajón?
Buena parte de las explicaciones tratan de razonar la mala candidatura de Hillary Clinton, el error de Barack Obama de marginar a Joe Biden de la nominación y la falta de representación progresista de Obama, Hillary y el Partido Demócrata. Pero la otra parte ha sido soslayada: Trump logró sacar a votar a los estadunidenses de condado que han sido víctimas del poder brutal de la burocracia y a los sectores conservadores que defienden los principios básicos del movimiento puritano inglés que llegó a poblar América del norte y a expandirse como imperio racial matando indios y despojando a los mexicanos.
La decisión de Trump de sacar a los EE.UU. del Acuerdo de París ha estallado graves críticas en los medios liberales y casi nada en la sociedad estadunidense que resultó afectada en empleos y bienestar por la globalización de los mercados. Los principios filosóficos de la globalización y la responsabilidad mundial por el futuro del planeta no pueden causarle insomnios a la mayoría de los estadunidenses que se saben imperio y que entienden que los imperios se consolidan por la fuerza. Más que el cambio climático aquí el temor principal es al terrorismo.
El nacionalismo económico de Trump no ha sido analizado, no tanto para darle una razón de la que carece sino cuando menos para entender cómo el agotamiento de la globalización puede regresar al nacionalismo. El fracaso de la globalización en sistemas económicos desiguales ha sido reconocido por el premio nobel Joseph Stiglitz con el concepto de “malestar”. Un dato cercano: la globalización de México vía el tratado comercial trilateral ha llevado desde 1993 a la fecha a un PIB promedio anual de 2.2%, cuando en el largo periodo 1934 con economía cerrada ese crecimiento fue de 6%. Y en lugar de aprovechar México la globalización para potenciar la planta industrial, alrededor de 10 puntos porcentuales ha bajado la aportación de productos nacionales a las exportaciones. El salario mínimo por hora de México es de 50 centavos de dólar, en tanto que en los EE.UU. es de 7 dólares.
Las críticas a Trump por el nacionalismo económico y ahora el nacionalismo ambiental se han agotado en los adjetivos, los insultos y las caricaturas crueles, pero nadie ha intentado el esfuerzo de dar explicaciones, análisis y evidencias racionales de los daños o beneficios por esas decisiones. En este sentido, ahí es donde se localiza la victoria de Trump: su aprobación anda en 39.5%, pero el dueño de Bloomberg dice que hay 55% de posibilidades de que Trump se reelija en el 2020.
La vertiente climática en los EE.UU. derivó en una burocracia ineficaz; y las decisiones del Acuerdo de París son importantes pero no obligatorias. Como respuesta a la determinación de Trump de sacar a los EE.UU. del Acuerdo, la respuesta de Barack Obama fue más política que racional. Y como se esperaba esa decisión porque formaba parte de los compromisos de campaña de Trump, lo grave fue que la clase política opositora dejara la impresión de no hacer nada para que Trump anunciara la salida de París y entonces lanzarse sobre él con críticas y cuestionamientos. Es decir, que la comunidad política estadounidense está pensando en acotar a Trump para que no se reelija que buscando opciones a decisiones de poder inevitables. En la campaña y en casi cinco meses de gobierno Trump ha tomado decisiones ejecutivas sin oposición real. El tema migratorio llegará a la Corte Suprema, donde los conservadores raciales son mayoría.
La revolución liberal de los sesenta aplastó a la comunidad conservadora; ahora que Trump encabeza la contrarrevolución tradicionalista y puritana para revertir las decisiones de hace cincuenta años, los liberales sólo gritan pero no han sabido construir liderazgos o movimientos sociales.
Trump es un empresario anti sistema, anti estado y anti reglas institucionales. Los liberales lo supieron siempre pero fracasaron en la campaña presidencial del año pasado para construir un discurso progresista con bases sociales. Sin confrontar a Obama, Trump diseñó unas propuestas que evidenciaron el fracaso del proyecto social de Obama y confirmaron la hipótesis de que Obama “fue el primer presidente negro de los blancos” porque su misión no fue atender a minorías ni fortalecer la mentalidad multirracial sino salvar al capitalismo. Muchos votos de minorías raciales y pobres fueron para Trump como repudio a Obama.
Hasta ahora Trump ha tomado decisiones que cambiar programas de gobierno, pero sin afectar a los beneficiarios. Ahí estaría la clave del objetivo de Trump de llegar al 2020 atacado por las élites liberales, pero sin cuestionamientos sociales, y apostarle su resto a la reelección.
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