Con más del 70 por ciento de apoyos, Pedro Sánchez ha conseguido sacar adelante su proyecto, que nada tiene que ver con lo que hasta ahora había sido el PSOE. Con una ejecutiva monolítica y absolutamente fiel a su dictado -algo, por lo demás, a lo que aspiran todos y cada uno de los líderes políticos, sea cual sea su ideología-, Sánchez tiene ya las manos libres para intentar el asalto por la izquierda al Parlamento.
Los críticos han sido laminados. Desde ayer, el PSOE ya no es un partido de ámbito nacional, sino una suerte de federaciones “plurinacionales”, cuyo concepto territorial, de tradición ideológica reaccionaria, es tan confuso como frontal –filosóficamente, habría que precisar- opuesto a todo lo que supone un partido internacionalista y de ciudadanos como hasta ahora ha sido el partido socialista. Tampoco parece que pueda contarse con el nuevo partido para alcanzar consensos con el PP en lo que hasta ahora se denominaban “cuestiones de estado”, por cuanto la reciente ejecutiva socialista no está por la labor de cooperar, salvo con Podemos y los independentistas.
La sintonía entre el “reinventado” PSOE y la izquierda radical resulta evidente. Sánchez nunca ocultó su intención de acercarse a Podemos, y ahora resta sólo saber si optará por disputar a Iglesias el liderazgo de la izquierda -recuperando de paso parte del electorado perdido e intentando atraer a votantes radicales- o actuarán coaligados con independentistas y antisistema para desalojar al PP. Pedro Sánchez ha indicado claramente que pretende montar una nueva “mayoría parlamentaria”. No parece, pues, que tenga especial interés en ganar las elecciones. Le basta con componer un frente popular con nacionalistas que acabe con el Partido Popular, al precio que sea y coaligándose con quien sea. A partir de ahora, quien vote al PSOE debe saber que lo hace también por Podemos, Esquerra o Bildu.