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El fin de curso

Acaba otro curso escolar entre sudores festivos y fiestas de graduación. Desde la educación infantil a los másteres universitarios, se ha extendido la celebración del final de cada curso mediante discursos emotivos – no puede faltar la emoción en nuestra sociedad de individuos – togas y bonetes de figurante, becas polícromas y expresión de buenas intenciones.

No me gusta toda esta parafernalia, lo confieso, no me gusta tanta alegría impostada que oculta el fracaso radical y completo del sistema estatal o político de educación, ya curse por medios públicos o privados. Y aunque comparto algunas de las críticas a las reformas constantes que ese sistema ha padecido, desde hace cuarenta años, tampoco tengo una solución efectiva. No dispongo del programa de cuya aplicación resultara la gran institución educativa, la escuela perfecta capaz de responder a las exigencias que hoy se le hacen. El problema radica, precisamente, en esas exigencias que hoy se hacen a la escuela.

Empezando por lo elemental, es decir, por su objetivo general. Se concibe el sistema educativo como un aparato de producción de ciudadanos ejemplares: trabajadores y consumidores responsables. Por un lado trabajadores útiles, capaces de satisfacer las demandas del cambiante y muy problemático mercado laboral. La educación se concibe como una formación profesional ajustada a las condiciones de un trabajo que hemos de asumir definido en los términos de nuestra actual sociedad industrial de mercado. Si ha de acoger contenidos ajenos a la eficacia, definida en esos términos económico-técnicos, será a título de contenidos aptos para un ocio ilustrado, como medios para colmar un tiempo libre que se entiende secundario respecto del tiempo fundamental de la vida dedicado al trabajo. La literatura, la música, la filosofía... o se orientan – en el caso de los profesionales de estas materias – al mercado editorial o del arte, o se orientan a la vida privada y el tiempo libre de otros profesionales capaces de degustar contenidos sublimes, siempre en el tiempo restante que conceda su dedicación fundamental a las responsabilidades laborales. La escuela forma trabajadores, pero también consumidores responsables de un ocio ilustrado. Pero así como son necesarios trabajadores de escasa cualificación, aptos para desempeñar funciones laborales poco exigentes, también hay que garantizar un ocio menos sublime, un ocio sencillo o desnudo de los atributos pseudo-sacramentales que adornan a los llamados valores “culturales”. Si unos escuchan a Wagner o a Verdi, otros disfrutarán de músicas populares o películas comerciales de éxito masivo. Unos y otros, sin embargo, se querrán ciudadanos responsables de una ciudad racional, científica, técnicamente optimizada. A la producción de estos ciudadanos ejemplares, trabajadores eficaces y consumidores responsables se orienta el curso entero de la educación, ése es el fin del curso de nuestro sistema educativo.

Es este fin del curso el que me resulta imposible celebrar, porque me repugna celebrar la amputación que significa reducir la realidad humana a los fines del Mercado o del Estado. Dos momentos de una y la misma sociedad moderna. ¿Cómo podría celebrar ese fin político-económico que, erigido en horizonte último de la vida humana, reduce al hombre a su calidad de ciudadano (trabajador-consumidor) de las sociedades modernas? Será un hombre higiénico, atlético y saludable, responsable con el medio ambiente y pánfilo amante del universo mundo; pero en su simplicidad juvenil – políticamente correcta y económicamente óptima – me resulta un hombrecito diminuto frente al viejo hombre. Ese viejo hombre que siempre supo que el sentido de la vida reside en trascenderla y que en su sayal raído, tábido el rostro, sarmentosas las manos de trabajar la tierra con medios técnicos de productividad mínima pero suficiente, siempre supo encontrar rastros de sentido en su habitable mundo. En un mundo cuyo trabajo paciente – no orientado por fines comerciales – convierte en su casa.

El trabajo fue siempre un medio para una vida humana cuyo sentido excedía el estrecho radio de la existencia biológica del organismo individual. Desde hace varios siglos, sin embargo, el racionalismo revolucionario de la sociedad comercial ha subordinado la totalidad de la vida humana a las relaciones de intercambio, produciendo la sumisión de todos los aspectos de la vida moderna al horizonte secular o intrascendente del crecimiento económico. El trabajo y el consumo son hoy el horizonte de nuestra rica, pero miserable vida. Entiendan que me cueste celebrar el Fin del Curso que veo concretado en cada fin de curso.

El principio de la educación habría de mostrar que el sentido de la vida consiste en trascenderla, de ahí que no pueda concretarse como un objetivo mensurable, ni pueda reducirse al mero crecimiento económico. Habría que empezar por ayudar a la comprensión de los rastros de esa trascendencia y a la construcción de los medios de sostenerla y disfrutarla, subordinando a este fin la eficacia económica. Sería una profunda y paradójica revolución pedagógica, que empezaría por mostrar que el valor real de la vida humana se encuentra más allá de la vida humana.

Hubo una vez, en el medio oeste de los EE. UU, un magnífico ensayo de devolver ese sentido a la educación. Ese esfuerzo estará siempre ligado al nombre de John Senior. Aquel esfuerzo persiste hoy y con su existencia da fe de su posibilidad.

  1. M. Cioran escribió: “comparado con Aristóteles un santo es un analfabeto ¿Por qué entonces nos parece que podríamos aprender más de este último?”
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