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NOVELA

Jordi Soler: El cuerpo eléctrico

domingo 25 de junio de 2017, 15:19h
Jordi Soler: El cuerpo eléctrico

Alfaguara. Barcelona, 2017. 280 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Esperanza Castro

Cuando Jordi Soler (Veracruz, México, 1963) se topó con la historia de Lucía Zárate (una liliputiense que no llegaba a los cincuenta centímetros, veracruzana como el autor y una de las más famosas vedettes del siglo XIX en los Estados Unidos) quedó fascinado, tan fascinado como probablemente quedaban aquellos que abarrotaban los espectáculos para poder verla en los freak show de los que formaba parte. Y de esa fascinación brotó la necesidad de construir su última novela.

Pero, ¿es suficiente un personaje de estas características para soportar él solo el peso de una obra como El cuerpo eléctrico? Yo diría, y me atrevo a pensar que el autor también opina lo mismo, que no. Para ello Soler crea un personaje, totalmente ficticio, como Cristino Lobatón “un hombre lleno de contradicciones, era mexicano y francés, occidental y totonaca, cosmopolita y pueblerino, dueño de un tren y detractor de máquinas, capitalista salvaje y, al mismo tiempo, refractario de los usos y los rituales del capitalismo, paradigma de la modernidad y miembro de una tribu anclada en el pasado”, el verdadero protagonista de esta obra.

Cristino Lobatón es un tipo que sueña con ser diputado, pero que se encuentra a Lucía Zárate como quien encuentra una mina en su camino. Y aprovecha su diminuta sombra para llevar a cabo una metamorfosis que lo llevará a mimetizarse como un camaleón con los extraños tipos que siempre le rodean. Porque la principal virtud de Lobatón es precisamente esa, el mimetismo. Ese crisol que conforma su personalidad lo transformará en empresario, narcotraficante de opio, y hasta en una especie de Daniel Boone cuando se deje invadir por su sangre totonaca.

Jordi Soler, que en sus anteriores novelas -Los rojos de ultramar (2004), Diles que son cadáveres (2011), La fiesta del oso (2009), Ese príncipe que fui (2015)- abunda en referencias a sus raíces, nos muestra en El cuerpo eléctrico el mundo de los estrafalarios circos del siglo XIX, exhibiendo la biografía de personajes reales como Lizbeth Grabarró, la mujer barbuda, los gemelos siameses Cambialegge, o la de los enanos Champolión y el General Tom Thumb; pero también nos enseña los primeros pasos del narcotráfico, con ese tren que era el vehículo que transportaba a los referidos fenómenos humanos y al mismo tiempo una fábrica donde chinos hacinados manufacturaban kilos y kilos de opio.

Según nos vamos adentrando en la lectura, posibles paralelismos con la sociedad actual se nos aparecen: El “voyerismo” masivo frente a lo que se nos quiere mostrar en una sociedad cada vez más narcotizada.

Lobatón nos puede llegar a repugnar por lo corrupto, su ambición sin límites, su comercio con esclavos o ser el capo del narcotráfico y, sin embargo, cuando desde el interior del protagonista comienza a emerger su parte más indígena, cuando se deja colonizar por lo más instintivo y se funde con la naturaleza, es cuando, de alguna manera, nos invade un sentimiento de esperanza. Es en ese momento cuando deseamos, necesitamos creer que no todo está perdido.

Soler, que sin duda comparte este sentimiento, nos regala estos versos de Walt Whitman que envuelven la novela como humo de locomotora:

“Ese es el impulso central de todo átomo (a menudo inconsciente, a menudo malévolo, perdido), el volver a su fuente divina y a su origen”.

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