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POESÍA

Rafael Argullol: Poema

Rafael Argullol: Poema

Acantilado. Barcelona, 2017. 1136 páginas. 29 €. Reflexiones sobre temas diversos, recuerdos, sensaciones... forman esta extraordinaria propuesta del escritor barcelonés, quien durante tres años fue escribiendo fragmentos de un poema único apenas trenzados por ese invisible hilo al que llamamos vida.

Por Francisco Estévez

Labriego sin reposo, el genio de Rafael Argullol no descuida género. Atiende con igual generosidad los distintos campos de la escritura hasta sembrarlos con buen mestizaje, del que es tan gustoso, como en esa bella hibridación que representó Mi Gaudí espectral. Una narración (2015) aquí reseñada con aplauso y atendida de nuevo en las páginas de este último libro suyo (p. 162). Nunca gasta tinta a humo de pajas, la hoguera, cuando no la promesa de incendio, es constante en su quehacer literario.

El presente Poema es la dádiva entregada a Caronte (como bien rememora la empresa en pp. 217, 1126 y 1127). Un acuerdo en Nochevieja por el cual el catalán escribiría durante tres años fragmentos de un poema único apenas trenzados por ese invisible hilo al que insistimos en llamar vida. Una prosa de querencia poética y segmentada en versos escalonará el extravío, la rutina, el pensamiento, las puntas de nostalgia… en el correr de las calendas como una bella forma de trascender. Ajustada cita platónica sobre “el vencerse a sí mismo” abre este Poema. En la nota que anteceden a estos apuntes, “pensamientos, recuerdos, sensaciones”, memorias o reflexiones, el autor insiste más en su valía como instantánea del momento que en una rememoración del mismo.

El autor avisa con ello de entender la falta de reelaboración como jugosa, optando por la inmediatez del apunte, la frescura del boceto. En buena lógica serán continuas las reflexiones sobre estética, una sincera y honda preocupación sobre la irrupción de la belleza y el acoso a esa fugaz rara avis (con cita digna de repetición del libanés Khalil Gibran: “La vida es la búsqueda de la belleza, todo lo demás no es sino espera”), un bellísimo elogio de la resaca, el eco infantil de embriagantes palabras como “solsticio”, promesa de largos veranos. Pero también el repaso de los primeros pensadores clásicos o unos jirones de ideas sobre la estupidez y la gloria humana a través del cíclope que representó ese telescopio Hubble, hasta una charla entrecortada con Eurídice, la mitología en las dolencias con motivo de Aquiles, incluso el asesinato de niños y su opuesto, la vida gracil o la fragilidad de la mariposa, serán aquí observadas con el mimo del buen artesano.

La variedad de temas recogidos en distintos tonos pero con un mismo timbre apabulla pues nada queda ajeno a quien es demasiado humano: la loca tramontana, la reflexión sobre el lenguaje con intertexto de Vicente Aleixandre (“cuchillos dispuestos como labios”), un suicidio, los embotellamientos de la ciudad, la violencia de la vida. El Voyager I y el Voyager II, las ruinas sicilianas, la vecchia città de Roma, los terremotos, las reflexiones sobre religión y mitología tan del gusto de Argullol. Las sutilezas entre desprecio y odio y, cómo, no, el hálito de la poesía sobre todo, como “los maravillosos incendios/ de las tardes de septiembre”, donde late fuerte aún aquella lectura juvenil del Gilgamesh. Una falsa oda a los zapatos rojos, ensayos de epitafios, incluso una carta al amigo ya ido admiten sin calzador alguno este Poema. La visión lúcida siempre del poeta que tiene el día añadido del año bisiesto como de “particular intensidad”, como una “gracia del cielo”. (p. 73).

Una tendencia a la sentencia despierta al correr de la lectura: “Los nombres nos separan, / la tempestad nos une” o “Más importante que la luz / es la luz de unos ojos/ que nos conduzcan a la luz”. Fatigan estas páginas, a veces confesiones, a veces peticiones, otras dádivas, el erudito cosmopolita, el sensible lúcido, el sincero consigo o, en otras palabras, aquel que sabe subyugarse a la verdadera belleza, aquella que “escapa a nuestras preguntas”, en suma, Argullol en estado puro. Y para felicidad del azaroso lector he aquí el arte literario, cuando queda “el pasado convertido en porvenir”. Aunque conocemos la respuesta: “Avalón está donde estás tú” como se recordará el propio autor.

Cómo no mencionar al menos algunas de esas palabras de plata:

“La continuidad en los afectos,

y no digamos del amor,

es el mayor don

que se nos regala en la vida.

Es un milagro.

Aún más:

es el camino de la fe”.

El reingreso a la vida, opuesto a la escritura, cierra el libro llegado el día de San Silvestre tras tres años de incesante escritura “mucho tiempo, o poco: los pensamientos/ cambian mientras bebemos la copa del azar […] Toca vivir sin miedo. Toca vivir”.

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