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TRIBUNA

Carlos Gardel y el tango

miércoles 28 de junio de 2017, 19:48h

La empresa de Carlos Gardel como cantor de tangos consagra las posibilidades de una música popular nacida en los arrabales y sitios non sanctos de Buenos Aires, que, sin su presencia, es probable que hubiera estado destinada ser otra cosa. Con un don natural y un sentimiento expresivo, único e indiscutible, Gardel abre una senda que lo convierte en el símbolo de un género. Es el exquisito cantor que con voz melodiosa, sutil, pura de matices inconfundibles, y una densidad menos invisible que precisa, parece acariciar las palabras, celebrando en cada tema la íntima aproximación del tango. A esa afinada entonación inalterable, no se puede ni agregar siquiera el susurro de una brisa y se corona, por fin, en su generosa sonrisa y su figura incomparable de arquetipo del porteño elegante, de puro origen europeo, tan varonil como seductor, que sobrevive a las épocas y ninguno ha podido superar. Luego, aquella muerte, tan trágica como épica, hizo para siempre de este formidable Carlos Gardel el primer mito popular argentino, el único indiscutible y perenne.

Acaso pocos imaginaron que en los años que vivimos, después de aquel horrible vuelo inmortal de Medellín, donde murió en su plenitud creativa, el llamado “zorzal criollo” seguiría vigente; tan es así, que sus canciones nos siguen conmoviendo y las nuevas técnicas de grabación han perfeccionado su pureza interpretativa con una calidad que hubiese asombrado al mismo Gardel.

El tango -que como ya dijimos fue su elemento esencial- no salió del pueblo ni de la aristocracia, sino de un ambiente ambiguo y su expresión musical no fue la guitarra, usada por los payadores y el criollo de la llanura, sino la flauta y el violín, al que se agregaría después el bandoneón, un instrumento nacido en Alemania para suplantar al órgano en las iglesias modestas. Ese ambiente de Buenos Aires y rioplatense, hace codear al niño bien, calavera, con el rufián de los arrabales. Y aquellos primeros tangos sin letra, o con letras obscenas, tocados por un organito en las esquinas, convocaban parejas de hombres para bailarlo ante el escándalo de las familias decentes (de hombres, repito, porque las mujeres no querían participar de un baile cuyo origen era prostibulario). Esto nos recuerda aquella sentencia acuñada por el poeta Leopoldo Lugones: “El tango, ese reptil de lupanar”. En los primeros veinte años del siglo pasado, el tango crece y cruza el Océano para llegar a París, donde es aceptado. Con esa carta de presentación regresa a la Argentina donde es aceptado por toda la sociedad. Su presencia en los salones del centro de la ciudad le otorga brillo en su danza y en su música y lo afianza en sus cantores. Allí despunta Carlos Gardel con su voz y su presencia.

Llegamos así a la conclusión de que el tango y Gardel son inseparables. Ese mito sigue presente hasta en los arabescos de la pintura del polícromo filete de Buenos Aires, en almanaques que celebran los años por nacer, en las paredes de restaurantes de la calle Corrientes, en talleres mecánicos y en el palpitante corazón de todos y cada uno de los que amamos nuestra música, el tango. Y agregamos que, casi milagrosamente, sigue creciendo la fama de este Gardel legendario. Su estampa, la efigie de su sonrisa, se sobreponen a todo sentimentalismo y sigue solo en la cúspide, irrefutable, sin parangón, consagrado sin aventurar ninguna crítica en su contra; digamos, de manera definitiva.

¿Y por qué no vincularlo con la literatura? Demasiado se ha escrito y se escribe sobre nuestro mito. Pongo énfasis en la espléndida novela de Darío Falú, Los papeles de Gardel, que no puede dejar de leerse y autores como Enrique Espina Rawson y Norberto Regueira, que no cesan de sumar con sus investigaciones más elementos probatorios de nuestro mito. Su corta vida terrenal es poética y no tenemos más remedio que contradecir a Borges, que afirmó “que su relación con la literatura era asaz misteriosa”. Casi no hace falta recordarlo; hay millares de ejemplos. Y no solamente de escritores populares, sino hasta de los más refinados estilistas que en gran parte han recurrido a su mención con acierto indiscutible.

Borges, fue crítico y descalificador en muchos aspectos de esta expresión tan afín y representativa de Buenos Aires, escribió, sin embargo, Alguien le dice al tango, un precioso poema musicalizado por Astor Piazzolla, que no dudamos hubiera conmovido a Carlos Gardel y se habría perpetuado con su voz honda y vibrante:

Tango que he visto bailar

contra un ocaso amarillo

por quienes eran capaces

de otro baile, el del cuchillo.

Tango de aquel Maldonado

con menos agua que barro,

tango silbado al pasar

desde el pescante del carro.

Despreocupado y zafado,

siempre mirabas de frente.

Tango que fuiste la dicha

de ser hombre y ser valiente.

Tango que fuiste feliz,

como yo también lo he sido,

según me cuenta el recuerdo;

el recuerdo fue el olvido.

Desde ese ayer, ¡cuántas cosas

a los dos nos han pasado!

Las partidas y el pesar

de amar y no ser amado.

Yo habré muerto y seguirás

orillando nuestra vida.

Buenos Aires no te olvida,

tango que fuiste y serás.

Insistimos, el gran Carlos Gardel es irrefutable. Como todo mito vive en nosotros. No es sólo nuestro más grande cantor, es también un creador de tangos que forman parte de nuestra memoria. La Muerte tuvo la insólita gentileza de ofrecerle un sitio en la plenitud de su vida. Fue a su encuentro y para siempre lo cobija en su gloria.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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