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TRIBUNA

La reforma nacional

Es evidente que el cuerpo del partido socialista está abierto en canal. La peripecia de su secretario general, defenestrado por el aparato y reintroducido por la militancia, las actuaciones de personajes que mudan el gesto sin corregir el ademán, la torsión infinita del lenguaje que hace que el arte de birlibirloque parezca una ciencia exacta o, últimamente, la escisión en el PSC... Son innumerables los signos de su final. Podríamos decir, con fórmula de regusto progresista, que el PSOE es ya un partido de partidos, que pretende reproducir en España su situación inviable, convirtiendo la nación española en esa figura imposible de una nación de naciones. Un imposible político que se esconde tras una fórmula verbal. Como si alguien pretendiera mañana construir el “decaedro regular” dado que el sintagma resulta pronunciable, como decía Gustavo Bueno.

Por su parte el organismo popular mantiene impávido su forma exterior y, siguiendo la naturaleza de su presidente, parece practicar el arte de la inmovilidad. Evoca el gesto impasible de las momias, porque todo el mundo sabe que es un organismo muerto cuyo agusanado interior apesta el aire. Como sostuvieron ilustres teóricos, es posible que un cierto grado de corrupción económica sea funcional a la democracia de partidos, pero parece que la sostenida y sistemática devastación de fondos públicos, y la soberbia impunidad con que se ha ejecutado, superó hace tiempo aquel grado funcional de corrupción. El PP antes que un partido de partidos parece, con fórmula de regusto liberal, un partido de individuos. Forma a la que quieren someter a la nación española reduciéndola a una sociedad de individuos abstractos.

Arruinado el elemento fundamental de la estructura del Estado que son los partidos políticos, herederos de la transición, “este país” parece abocado a una reforma sobre cuya naturaleza y grado crecen las inevitables incertidumbres. La incertidumbre alcanza para muchos al temor de que la reforma arroje al niño con el agua sucia, por el desagüe de la historia. Con su facundia cómica habitual la inteligencia de izquierdas hará mojigangas de alarma al grito de “¡se rompe España!”, pero la burla no modifica la realidad. Se rompe porque su estructura unitaria nunca estuvo afirmada sobre roca, sino sobre el sutilísimo diálogo de la transición. Sin duda han de buscarse acuerdos, la política es un arte de la negociación, una forma de diplomacia que busca encuentros que eviten soluciones trágicas. Pero la negociación y el ajuste de diferencias sólo es posible sobre la base de acuerdos fundamentales y son éstos los que hoy se impugnan. Dicho de otro modo, dos sólo pueden discutir cuando ambos entienden la lengua del adversario o hablan la misma. Eso es algo que ya no puede darse por descontado en “este país”. Y no se entienden ni siquiera cuando hablan la misma lengua porque ha quedado sometida a una torsión extrema. Si ya resultaba inviable la fórmula meramente verbal de la “nación de naciones” hoy hemos de asistir a un grado más de torsión y empezamos a hablar de “nación de naciones de soberanía única”. Podríamos de hecho empezar a hablar de una Cataluña independiente, dotada de un Estado propio... pero integrado en la unidad soberana de la nación política española. Luego podremos reclinamos sonrientes y dormir una siesta beatífica, convencidos, sin duda, de haber dicho algo.

Y junto a los charlatanes los falsarios, la muchedumbre de los que llevan España siempre en la boca, pero nunca en el corazón. Son, de hecho, o bien cosmopolitas de otro mundo posible, porque el mundo real de la globalización económica les resulta inaceptable, o bien se conciben ciudadanos de una Europa sublime definida por una intangible cultura, contenido de un mundo supralunar con el que parecen tener línea directa. Es curioso que esa cultura europea – que de hecho es siempre inglesa, alemana, francesa...– se quiera libre de escoria cristiana, más específicamente católica, dado que la unidad real de Europa sólo se produjo históricamente en la forma de la Cristiandad occidental.

Los que nos atenemos a la historia y nos concebimos españoles y, por tanto, parte de la Europa históricamente existente, sólo podemos contemplar el proceso con melancólica distancia. Ni con los defensores de esa Cosa Nostra que llaman España, ni con los sublimes que la denostan por parcial y provinciana ante la inmensidad del Género Humano o la sutileza de la ciudadanía europea. A veces vemos entre la melancólica bruma una España histórica que, prolongada en Hispano-América, constituye un pequeño género humano.

Por su parte, los continuadores del proceso, flanqueando las ruinas de socialistas y de populares, son los jóvenes-pero-sobradamente-preparados de Podemos y Ciudadanos. Ignorantes unos y otros del marco conceptual en que se mueven están condenados a una reforma incapaz de escapar de ese marco. Y, sin embargo, en esta Europa en descomposición, en la que España es un elemento importante aunque marginal, empiezan a aparecer fallas que exceden dichas coordenadas meramente políticas, simplemente modernas. Basta observar los ya patentes límites ecológicos, pero también antropológicos de una economía basada en el crecimiento constante. Hace tiempo que vemos en Europa la coleta del chino o sentimos el movimiento del magma islámico. A la vista de esta irrupción sísmica la cuestión por la reforma de la constitución o por la estructura política de España adquiere otro relieve.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5620 | Miguel Ponferrada Urbano - 09/07/2017 @ 12:26:57 (GMT+1)
    Me ha encantado su lectura. Me horroriza su contenido... pero es la situación real de esta nación España.

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