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TRIBUNA

Las donaciones

lunes 03 de julio de 2017, 21:29h

Un libro dedicado a mano deja un rastro inquietante. Hoy encontré un ejemplar en la biblioteca pública. Estaba en el mostrador de recomendaciones, a la entrada. A veces, me paro a mirar ese lugar. Busco una lógica en la selección, algo que relacione un volumen de ensayos de T.S. Eliot con lo último de Dan Brown. En una librería, esas mesas están llenas de novedades. Pero, ¿qué orden hay detrás de la mesa de recomendaciones de la biblioteca pública de una ciudad de provincias a principios de julio de 2017? ¿Por qué nos prescriben estos libros y no otros? ¿Quién que haya leído las opiniones de Eliot sobre los poetas metafísicos ingleses, se pone luego a leer Inferno de Brown para nosotros?

¿Qué bibliotecario genial, lo digo en serio y sin segundas, consigue cada semana esa síntesis de la vida misma en un tablero de madera?

Hoy habían puesto el libro de Vila-Matas sobre su experimento de escritura en la Documenta de Kassel, junto a una novela de María Dueñas. Y luego estás tú, el lector, dialogando en secreto con la mente retorcida del bibliotecario y aplazando lo que has venido a hacer a la biblioteca.

Total, que allí me entretuve con un ejemplar de un libro de poemas de 1993 o 1994, dedicado a mano por su autor.

No voy a ponerme a criticar aquí su poesía. Solo tengo un maldito carnet de biblioteca. Simplemente diré, a modo de resumen, que el yo poético va por barrancos en busca del mar (pudiendo ir por la autopista) y sufre de insolación:

oh mediodía mediodía

baje con luz reciente la palabra

suba la flor al aire

aquí por este aire

por esta claridad

vi la flor

La dedicatoria del ejemplar sí que me dio que pensar. ¿Sabe su autor que el libro que dedicó un día de noviembre de 1994 a mano, probablemente con una pluma Montblanc Meisterstuck nacarada, ha acabado en el mostrador de la biblioteca pública? ¿Está al corriente de que la beneficiaria de su amistad de puño y letra, se ha desprendido de ese tesoro por puro altruismo, donándolo a la ciudad?

Hace poco estaba estudiando sobre Cairasco y Silvestre de Balboa en una biblioteca universitaria. Manejé durante varios días un ejemplar de la edición que Alejandro Cioranescu hizo de la Jerusalén liberada de Tasso traducida por Cairasco, en la que este interpola unas tronchantes estrofas de su propio magín, al modo genial en que Borges profanaría con sus propias invenciones un texto sagrado. El ejemplar iba dedicado por el gran Cioranescu a Fernando Lázaro Carreter, quien, a su vez, lo había donado a la biblioteca de la Complutense.

No sé si estas cosas significan algo, ni para quién. Creo que prefiero no más libros dedicados, o bajármelos todos por Internet.

Última hora: hay un tipo leyendo a Edmond Jabes en el ambulatorio. Hay un par de yonkis esperando en el dispensario de la metadona. Hay niños tosiendo, hombres y mujeres mirando el teléfono móvil o hablando de la enfermedad. Yo mismo he venido a por las medicinas de mi madre. Todos hechos polvo en la sala de espera del médico, y un hombre leyendo poesía del mayor místico judío contemporáneo. No es El Libro de las preguntas –“Por la lengua que hablamos Dios nos hablará…”–, sino otro con un título que no alcanzo a ver. Me da corte preguntarle, hablar de Edmond Jabes con un desconocido en el ambulatorio.

Maravilloso tablero por todas partes, genial el bibliotecario del mundo. Un sí enorme como el de Molly Bloom. Sí a todo, sí a todo.

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