Como la brisa, como la tímida presencia de la luna, que ilumina sin jactancia, la poesía de Rainer María Rilke es amable y sutil, deliciosa y enamorada. Fue el artista puro, genuino y emotivo que expresó con un estilo invisible la grandeza de su alma. Y lo fue, a pesar de que su infancia transcurrió en un medio familiar lleno de conflictos. Eso no modificó su sensibilidad, que nunca dejó de expresarse en la belleza de sus versos y en sus más genuinos sentimientos.
Haz que algo nos ocurra. Mira
cómo hacia la vida temblamos.
Y queremos elevarnos como
un resplandor o una canción…
Y fue también el poeta andarín que dejó a su paso un rastro de amores novelescos y suntuosos, que aún perduran más allá de sus versos. “El eterno poeta enamorado”, lo definió mi amigo Norberto Silvetti Paz. Cierto. Vivió enamorado y enamorando a princesas y duquesas, marquesas y baronesas del imperio austro-húngaro, siendo huésped y protegido en sus castillos y residencias, donde sembró como recompensa la inspiración que le motivaron esas dignas y nobles anfitrionas.
Cuando inició la carrera militar en Sankt Pölten, que abandonaría pronto por razones de salud,conoció a la condesa Franziska von Reventlow, una criatura bellísima que vagaba sin rumbo en medio de la soledad. Rilke ensayó con ella su forma particular de conquista. Una primera aproximación a través de la ternura, unos versos incandescentes y cuando ella ya estaba entregada, el poeta partió sin dejar de ofrendarle bellos recuerdos y mensajes con regresos imaginarios.
Fue su primer amor. Poco después, estando en Múnich, hacia fines del siglo XIX, cuando tenía poco más de 20 años, en una reunión social, le presentaron a la bella Lou Andreas-Salomé, la otrora amiga de Friedrich Nietzsche, casada y catorce años mayor que él, con la que inició un apasionado romance, que duraría hasta bien entrado el siglo XX. Esa mujer sería la inspiradora de muchos de sus versos y la principal confidente de Rilke, hasta su muerte.
Se dice que cuando se conocieron por la ternura de la seductora Lou habían pasado no sólo Nietzsche, sino también Freud y Mahler. Perdidamente enamorados, viajaron por Italia y se deslumbraron con la ciudad de Florencia, donde vivieron una larga temporada. Durante esa permanencia escribió sus famosas Cartas a un joven poeta.
“Muy estimado señor Kappus: Ha pasado mucho tiempo desde que recibí su última carta. No lo tome usted a mal: primero fue el trabajo, luego los contratiempos, y por último mis dolencias las que estuvieron retrayéndome una vez y otra de darle esta respuesta. Ya ve, amigo, he copiado su soneto por hallarlo bello y sencillo, y porque está compuesto con recatado primor (…). También es bueno amar, pues el amor es cosa difícil. El amor de un ser humano hacia otro es, quizás, lo más difícil que nos ha sido encomendado. Lo último, la prueba suprema, la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son sino preparación.”
Luego de ese recorrido por Italia, Rilke partió hacia Rusia para conocer a León Tolstói (die grobe universelle russisch, el gran ruso universal, como lo definiera). De regreso a Múnich convenció a Lou para que lo acompañara en un segundo viaje para visitar San Petersburgo. Durante esos años trabajó en El libro de horas (Das Stundenbuch), que se publicaría en la primera década del siglo XX.
Pero Rilke se empeñó tanto en escribir como en acumular amantes que siempre venían con un apellido largo y una fortuna cuantiosa, aunque de todas ellas fue Lou Andreas-Salomé la mejor afianzada a su existencia. Quizá porque esas dos soledades combinaban bien, prometiéndose ambos ese “jamás concretar nada”. Lou entendió que Rainer llegaba, enamoraba y huía dejando unos versos, unas cartas o un algo que mantenía la llama viva: “El amor vive en la palabra y muere en las acciones”, llegó a confesar con menos desconsuelo que tristeza.
Ya avanzado el siglo XX, Rilke fijó su residencia en la colonia de artistas de Worpswede, cerca de Bremen, donde conoció a la pintora Paula Modersohn-Becker, destinataria de muchos de sus poemas, autora de un conocido retrato del poeta. También por esa época se cruzó en su vida la escultora Clara Westhoff, con la que se casó, al quedar ella embarazada. De ese matrimonio nacería su hija Ruth. La unión con Clara duraría lo que tardó en nacer aquella única hija. El artista tenía que seguir viajando (o huyendo en favor de la belleza, como manifiesta en una carta), acaso perseguido por el espanto.
Otro acontecimiento de su vida, que lo marcó hondamente, fue haber conocido a Auguste Rodin. El genio de ese artista, asociado a una excepcional capacidad de trabajo y a una originalidad instintiva, lo fascinó hasta el punto de convertirlo en su mentor. Desde entonces trató de traducir en palabras las formas escultóricas concebidas por Rodin. Se trasladó a París con la intención de escribir una biografía sobre el maestro, de quien se convirtió en secretario; tarea que duró pocos meses y lo llevó a soportar, con admirada resignación, todo tipo de humillaciones. Sin embargo, siguió sintiendo apego por la obra del escultor y su inteligente admiración lo empujó a admitir, con indulgencia, que todo se trató de un lamentable malentendido.
“No fue sólo para escribir un estudio que fui hacia su encuentro, querido maestro –le escribió después del incidente-. Yo llegué para preguntarle: ¿Cómo se debe vivir? Y usted me respondió: trabajando. Lo comprendo, de usted aprendí que trabajar y crear es vivir sin morir…”
Pero sigamos con la presencia del amor en nuestro poeta. A su nómina de amantes, también se suma la princesa Marie von Thurn und Taxis, que le acogió en su castillo de Duino, cerca de Trieste, donde empezó a escribir sus famosas Elegías. Su protectora y amante, lo ayudo también a superar una crisis creativa que lo llevó a dudar de su literatura.
Hacia 1912, Rilke viajó a España, donde conoció al pintor Ignacio Zuluaga, mencionado en una de sus cartas. Visitó varias ciudades; entre ellas Toledo, Córdoba y Sevilla, permaneciendo durante más de dos meses en la ciudad malagueña de Ronda, donde trabajó en la Sexta de las Elegías de Duino. Allí menciona una relación amorosa sin demasiadas precisiones.
El estallido de la Primera Guerra Mundial sorprendió a Rilke en Alemania. No pudo regresar a París, donde había conseguido una pequeña renta inmobiliaria; sus propiedades fueron confiscadas y subastadas por ser súbdito de un país enemigo. Pasó la mayor parte de la guerra en Múnich. No demasiado tiempo después, entre 1914 y 1916 mantuvo un turbulento romance con la pintora Lou Albert-Lasard, del que ha quedado una nutrida correspondencia. Su vida tenía ya la épica urgente y prematura de los hombres andan a contrapelo, de los seres tocados por el inapelable destino de la aventura sentimental y la poesía. También por la muerte.
El 1919 Rilke emprendió un viaje desde Múnich a Suiza. El motivo aparente fue una invitación para realizar una conferencia en Zúrich, pero la verdadera razón era el deseo de escapar al caos de la posguerra y continuar su corrección de las Elegías de Duino. Le resultó difícil encontrar un lugar adecuado donde instalarse, y residió sucesivamente en varias localidades suizas, como Soglio, Locarno y Berg am Irchel. Por fin estableció su residencia permanente en el castillo de Muzot, cerca de Sierre, en Valais, que fue comprado por su protector Werner Reinhart, para evitarle el pago del alquiler. Allí, en un período intensamente creativo, completó su precioso poemario en el plazo de pocas semanas, fechadas en febrero de 1922. Antes y después de esa época trabajó en Los sonetos a Orfeo, otra de sus obras maestras.
A partir de 1923 el poeta tuvo que afrontar un serio problema de salud que necesitó una prolongada estancia en el sanatorio de Schöneck y luego en el de Val-Mont. Su viaje a París, donde residió entre enero y agosto de 1925, fue también un intento de escapar a la enfermedad, considerando que un cambio de residencia y de hábitos podría serle beneficioso. No fue tan así. Aunque debilitado, durante esos años tuvo una relación con la artista Elisabeth Dorothea Spiro, cuyo hijo llegó a ser con los años el conocido pintor Balthus (Balthasar Klossowski).
Para mí, su devoto y permanente lector, fue con Hugo von Hofmannthal y Stefan Georges, el más grande poeta en lengua alemana durante la primera mitad del siglo XX. Pero de los tres, sin duda, Rilke es el más iluminado, el más misterioso y profundo, el entrañable y enorme poeta del amor y de la muerte. Las Elegías de Duino es uno de mis libros de cabecera.
¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. ¡Ah, todo ángel es terrible!…
Murió de leucemia dos días antes de finalizar el año de 1926 en Val-Mont. Tenía 51 años. Poco antes había escrito:
La muerte es grande.
Somos los suyos, sus alcanzables.
Cuando nos creemos en el centro de la vida
ella se atreve a llorar y todo es nada
en nuestro centro.
En 1994, estando yo de paso por Suiza, para depositar una rosa en su tumba, decidí viajar a Raron, el solitario y paradisíaco pueblito de la comuna Suiza del cantón Valais, elegido por el poeta para dormir su sueño eterno. Me costó bastante ascender con un destartalado automóvil, que se me atoraba entre las altas montañas, pero llegué hasta ese lugar de “atmósfera salvaje y mágica”, como él describió a la cima de la colina.
En esa región, me informaron los lugareños con orgullo, se cultivan las más bellas rosas del planeta. Según es leyenda, nuestro poeta las estaba cortando para obsequiar un ramo a una amiga y lo lastimó una espina, que aceleró su muerte. Es verdad que Rainer tenía leucemia, pero es más digno en un poeta enamorado morir por una espina de rosa, cortada para una dama, que caer derrotado por la cruenta enfermedad.
Allí se destaca, sobre una placa de bronce, el epitafio que él mismo se dedicó:
Rose, oh reiner Widerspruch, Lust,
Niemandes Schlaf zu sein unter soviel
lidern.
Rosa, oh contradicción pura, deleite
de ser el sueño de nadie bajo tantos
párpados.