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NOVELA

Elizabeth Strout: Amy e Isabelle

domingo 09 de julio de 2017, 18:17h
Elizabeth Strout: Amy e Isabelle

Traducción de Juan Tafur. Seix Barral. Barcelona, 2017. 432. 19 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Esperanza Castro

No hace falta tener mucha experiencia ni en divanes ni en consultas de psicología para saber que las relaciones personales son “el gran caballo de batalla” de cualquier persona. Y de entre todas ellas destacan las materno (o paterno)-filiales.

Este es el eje sobre el que gira el tema central de Amy e Isabelle, la primera novela de Elizabeth Strout que, después del éxito literario que supuso Me llamo Lucy Barton (2016), edita ahora Seix Barral (obra que ya había sido editada en castellano con la misma traducción de Juan Tafur en 2001 por Muchnik, y posteriormente por El Aleph).

La novela transcurre a lo largo de un verano, podríamos decir, clave (especial, definitivo) para sus protagonistas: “El verano en que el señor Robertson se fue del pueblo hacía un calor terrible, y durante largo tiempo el río pareció muerto…”; un verano en que Amy sufrirá la a menudo dolorosa transformación de niña a mujer; en el que Isabelle se dará de bruces con su propio pasado; un verano en el que ambas tendrán que reinventar su relación.

Elizabeth Strout (Maine, EEUU-1956) demuestra desde el inicio de su producción literaria una especial habilidad para plasmar con suma delicadeza la complejidad de las relaciones humanas (y más concretamente el universo femenino). Con un lenguaje claro, sin intrincados recursos expresivos, es capaz de elevar lo más sencillo a universal. Ese creo que es, sin dudarlo, su mayor éxito. Y lo logra porque la materia prima, los mimbres con los que construye la narración, son el mismo barro del que estamos todos hechos, que además la autora maneja con maestría.

Amy e Isabelle transcurre en Shirley Falls, un pequeño pueblo al sur de Boston, en una época en la que aún no existían los móviles ni las redes sociales, y sí los primeros ordenadores comenzaban a balbucear; pero bien podría ser la Nueva York (o un Madrid cualquiera) del siglo XXI porque, como digo, pese a los avances de la tecnología, nada luce (ni lucirá) nuevo bajo el sol de las relaciones madre-hija.

Pero la novela no se queda ahí, va más allá mostrándonos un caleidoscopio: la amistad sincera entre las dos adolescentes Amy y Stacy; la complicidad, la camaradería y el apoyo que surgirá entre Isabelle y sus compañeras de trabajo Fat Bev y Dottie; el amor platónico y posterior desengaño que sufrirán, cada una por su lado y a su propia manera, las dos principales protagonistas. Raro será el lector que no empatice por momentos con alguno de los personajes, pues todos ellos rezuman humanidad de manera apabullante. Delante estarán los patrones que heredamos, lo que nos hace iguales, pero también lo que nos hace diferentes; esa combinación de ingredientes, tan vulgares, que nos convierte en seres únicos e irrepetibles.

Elizabeth Strout conoce bien la condición humana, sabe quiénes somos e intuye al cotilla que llevamos dentro. Deja que nos asomemos a la ventana para ver qué se cuece dentro de la cocina, que espiemos más allá de la puerta cerrada tras la cual se filtra el susurro de una conversación. Lo sabe y nos permite hacerlo, con la certeza de que seguiremos ahí, con la nariz y la oreja pegadas hasta más allá del final.

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