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TRIBUNA

El Rey Felipe y la Reina Isabel

lunes 10 de julio de 2017, 22:07h
Actualizado el: 07/10/2017 23:57h
Con motivo del viaje oficial del Rey Felipe VI al Reino Unido de Gran Bretaña, me ha parecido interesante comparar las dos Coronas de ambos países y observar las diferencias que presentan tales instituciones. Como todos saben en Gran Bretaña no existe una Constitución escrita, sino que las instituciones públicas de ese país se han configurado a lo largo de la historia según los avatares políticos de cada momento, quedando algunos de ellos incorporados en las denominadas Act, como protocolos o normas que dan fe de los acuerdos sucesivos entre la monarquía y el pueblo británico a lo largo de la historia, como una Constitución de tracto sucesivo; sin olvidar ciertos derechos conseguidos, como el habeas corpus sobre la limitación del período de detención policial de cualquier ciudadano, luego adoptado por los demás Estados democráticos.

La monarquía británica es una institución aceptada por todos los ciudadanos del Reino Unido, que nadie pone en duda, pues forma parte del pueblo; sin perjuicio de los momentos de más o menos estima según haya sido el comportamiento del titular de la Corona a lo largo de su historia, pero plenamente aceptada como monarquía constitucional.

Desde la Carta Magna firmada por Juan sin Tierra en 1215, la Corona británica ha sabido aceptar las condiciones del pueblo, pasando de una monarquía absolutista -como era en la época feudal- a ser la primera monarquía parlamentaria de la historia, sin que haya sido necesario establecer una Constitución formal por escrito, pues la propia tradición ha sabido conservar los derechos y libertades conseguidos por el pueblo con el respeto debido a la monarquía y las demás instituciones públicas. Sólo en una ocasión hubo un paréntesis en que se sustituyó a la monarquía por la república de Cromwell en 1649, quedando totalmente inmunizados a partir de entonces. Por el contrario, en España, si bien hemos tenido un sinfín de Constituciones escritas desde 1812, no han servido para mantener una continuidad histórica de la monarquía en paz. Desde el inicio del siglo XIX hasta la instauración del reinado de Juan Carlos I en 1975, han ido sucediéndose innumerables alzamientos, cambios de régimen político, dos Repúblicas fracasadas, guerras civiles y dictaduras.

Por lo que respecta a las instituciones de gobierno y de representación democrática, tres cuartos de lo mismo. En Gran Bretaña, todavía la Reina tiene el privilegio de nombrar, entre los miembros de la Cámara Alta, parlamentarios vitalicios (Lores temporales de origen aristocrático y Lores espirituales u obispos). Existe también la tradición de que en el Gobierno británico (Cabinet of ministers) deben formar parte del mismo tres Lores, además del Lord Canciller, sea cual sea el color del Gobierno. Ya me dirán queridos lectores qué pasaría aquí si tuvieran que formar parte de un Gobierno español tres o cuatro duques nombrados por el Rey, fuera cual fuera su composición, bien de derechas o de izquierdas.

Pero la tradición se respeta en Gran Bretaña y no por eso se rasgan las vestiduras, pues todos los ciudadanos británicos aceptan de buen grado las instituciones públicas, empezando por la monarquía. Nadie se atrevería a silbar contra el himno nacional británico, quemar la bandera de la nación o las fotos de la Reina. Por el contrario, todos cantan con orgullo el God save the Queen! (Dios salve a la Reina). Incluso los miembros de la oposición forman en el Parlamento británico el “gobierno en la sombra”, bajo la denominación de la muy leal oposición de su Majestad, presidido por el Jefe de la oposición. O sea, igualito que en España. No es necesario aquí recordar las pitadas contra el Rey y el himno nacional o la quema de la bandera de la nación, que se han producido reiteradamente en ciertos actos públicos. Dentro de la oposición parlamentaria, el propio Pablo Iglesias se preguntaba recientemente en el acto de homenaje de las Cortes españolas con motivo del aniversario de las primeras elecciones generales en 1977, tras la dictadura franquista, sobre cuál era el papel del Rey de España en la actualidad, reavivando así la polémica entre la pretendida inutilidad de la monarquía y las presumibles bondades de la república. Parece como si, aun habiendo sido profesor de la Facultad de ciencias políticas en la Complutense, no se hubiera leído todavía el título referido a la Corona de nuestra vigente Constitución y no recordara tampoco los años de dictadura que hubo tras la última República en España, aunque sea mediante los libros de historia. Quizás sería bueno observar aquí que tales políticos radicales se sirven de las libertades y de las instituciones democráticas que hay actualmente en nuestro país para luego subirse a la poltrona parlamentaria y predicar las supuestas bondades y ventajas de otros regímenes políticos, como pueden ser para ellos los de Venezuela o Irán, donde mandan los radicales y los fundamentalistas. Allí seguramente no se atreverían a poner en duda las funciones del Jefe del Estado y demás líderes que están en el poder en esos países, quienes mantienen a los miembros de la oposición en la cárcel o les hacen desaparecer del mapa.

Pues bien, tales peculiaridades que diferencian a la Corona de Gran Bretaña pueden derivar de la flema inglesa que no renuncia a sus tradiciones, donde la Reina es, además, la guardiana de la fe como cabeza de la Iglesia anglicana. Por el contrario, nuestros paisanos, a la más mínima, se despistan dejando atrás años de historia y, en nombre de la democracia, cada grupo político, según sus intereses y arrimando el ascua a su sardina, va haciendo y deshaciendo entuertos, aunque sólo sea cambiando el nombre de las calles y moviendo los cuadros de los hijos ilustres en el respectivo consistorio, de un lugar preeminente a otro menos visible, según la afinidad política de los regidores de turno; quitando o arrinconando bustos y cuadros del Rey, banderas de España o crucifijos; etc.

Menos mal que el rey Juan Carlos I tuvo siempre un gran sentido del humor. Como botón de muestra, ante la actitud de un regidor del partido comunista en el Ayuntamiento de Palma, quien lo primero que hizo al tomar posesión de su despacho fue arrinconar el cuadro del Rey; cuando el referido concejal fue de visita oficial a saludar al Rey en su residencia veraniega en dicha ciudad con los demás miembros del Consistorio, el Rey Juan Carlos se acercó a él y le preguntó directamente con sorna para saber dónde había metido o escondido su retrato (el del Rey). Espero que su hijo, Felipe VI, siga el mismo ejemplo y no pierda el buen humor de su padre, aunque comprendo que a veces pueda resultarle difícil dadas las circunstancias. ¡Cuánto desvarío político y cuánta paciencia real! De todas maneras, ya me conformaría y firmaría ahora mismo para que todo ello quedara en eso: meras anécdotas que contar a nuestros nietos.
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