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TRIBUNA

El legado de Pedro Henríquez Ureña

miércoles 12 de julio de 2017, 18:13h
Actualizado el: 07/12/2017 20:09h

¡Ah, con la Argentina! País complejo si los hay; acaso como todos, pero con particularidades y agravantes que le otorgan una categoría menos imprevisible que asombrosa, difícil de entender, que en nada, o en casi nada, nos prestigia. Sobre todo porque contamos con una excelente riqueza natural, diseminada en un vasto territorio y con calidad humana sobresaliente en todos los aspectos, pero nos exhibimos ante el mundo con más de un 30 por ciento de pobreza y una dirigencia corrupta y vergonzante, organizada en nefastas corporaciones, cómplices entre sí, e incapaces de establecer un rumbo que nos ofrezca la esperanza de ser un país normal; derecho que exigimos como modestos ciudadanos de a pie sin organismo estatal que nos represente como a los de la movilidad en bicicleta que ahora son directorio.

Esta ardua, inexplicable Argentina -que en algunos casos convendría tomarla un poco en broma si no fuera por la gente que de verdad la está pasa mal- país sobresaliente en relaciones de amistad y actos de solidaridad, que, hasta ya entrado el siglo XX, se autoproclamaba “granero del mundo” y Buenos Aires, la capital de la república federal, como “el centro de mayor atracción cultural” del vasto continente hispano parlante; el otro era México. Aquí se dio, hacia fines del siglo XIX una pléyade de escritores y humanistas bajo el enfático nombre de “Generación del Ochenta”, descendientes del gran Sarmiento, que marcó, con su cosmopolitismo progresista, un rumbo en la cultura de toda la región. Eso hizo que muchísimos artistas, literatos y sabios de todo el mundo antepusieran las intenciones de establecerse y desarrollar sus actividades en este adelantado país, más europeo que hispanoamericano. Demás está decir que emigraron hacia estas latitudes creadores y profesionales con aportes debidamente reconocidos en casi todas las materias. Nuestra generosa Argentina, abierta al mundo, fue la primera en educación con una Reforma Universitaria precursora, que se dio en la provincia de Córdoba e inmediatamente se diseminó por el mundo.

Así, esta adelantada nación, tantas veces mezquina con sus propios hijos, fue crisol de razas, como se denomina a esa forma de integración y convivencia entre seres de diversas etnias (recordemos que la mitad de la población procede de Italia, la otra mitad de España, de Francia, de Irlanda, de Inglaterra y de otras naciones europeas; contamos ya con más de doscientos mil chinos, coreanos y japonés, que por lo general se dedican al comercio, al arte de teñir ropa y a la horticultura, oficios del color y de la forma; también abundan los árabes, que ya han dado un presidente al país y también armenios y turcos que están en lista de espera). Azarosamente nos falta el color local, pues los gauchos, que no brindaron a la historia un solo caudillo, pueden encontrarse quizá en el Brasil, donde, sin duda, escasean o buscarlos disfrazados en los arrabales del interior. El tango, “ese reptil de lupanar”, como lo definió don Leopoldo Lugones, poco interesa hoy a los jóvenes que prefieren ser aturdidos por el llamado “rock argentino”, que es más o menos como decir el “chamamé ruso”, la “cueca polaca” o la “zamba holandesa”. El “lunfardo” no es otra cosa que una pequeña reliquia, venerada por sus temerarios académicos. Los folkloristas no han logrado que la gente del pueblo conozca al lobizón de los antiguos radioteatros o al feroz tigre capiango. El llamado “color local” es apenas una clasificación que damos a la escasa diferencia que separa a una región o a una época de otra. Creo que nadie en este despropósito que es hoy nuestra Argentina pueda definir el color local de este deshilachado 2017, que parece perpetuar nuestra decadencia.

Repito, si algún mérito podemos destacar de nosotros, los argentinos, es que desde un tiempo, que ya se mide en siglos, hemos contribuido de manera muy efectiva (y afectiva) a hacer de esta tierra lo que hoy es un espacio abierto al mundo.

Si en cualquier territorio hoy resulta una necedad hablar de sociedades pulquérrimas; es decir, prolijas, no mezcladas, lo es todavía más en esta querida patria donde la flexibilidad de su sistema ha concedido y concede oportunidades a todos quienes quieren y saben trabajar. Nuestra sociedad se ha ido renovando sin tregua, asimilando e integrando a inmigrantes procedentes de los cuatro puntos cardinales. Hoy, en los lugares más remotos de este extendido suelo uno encuentra gente de todos los rincones que ha prosperado en sus diversas actividades. En esa dirección, la Argentina es una de las sociedades que hace punta en nuestro tiempo, y acaso el ejemplo que tarde o temprano deberán seguir todos abriendo sus fronteras hacia los países que quieran llegar a ser (o seguir siendo) modernos, en un mundo marcado por la globalización sin fronteras, alejado de los odiosos nacionalismos tan nocivos y condenables.

Sobran los ejemplos de ese cosmopolitismo nuestro. Aquí llegó Rubén Darío para hacer florecer su estética modernista -y con éxito, en base a lo mencionado-. Aquí llegaron de España músicos, poetas, dramaturgo, pintores y profesionales entre los que se destaca el aporte de “los Alberti” (Rafael y María Teresa León), don Manuel de Falla, Ramón Gómez de la Serna, José Ortega y Gasset, los pintor Colmeiro y Seoane, don Claudio Sánchez Albornoz y el jurista Jiménez de Asúa, para citar unos pocos.

Y aquí llegó, en 1924, un viajero infatigable, que vino para afincarse. Procedía de un sitio en ese entonces bastante remoto para nosotros; me refiero a la República Dominicana. En esta Buenos Aires, capital de cultura, “Pedro” (“así prefería que lo llamáramos sus amigos”, señala Borges que lo trató y lo admiró y lo quiso entrañablemente) se afincó y desde aquí, la mañana del 11 de mayo de 1946, emprendió su viaje eterno, en rumbo a su cátedra, al subir a un tren que lo hubiera llevado a la ciudad de La Plata, donde impartía sus clases de literatura y humanidades a un heterogéneo grupo de alumnos, que luego serían debidamente famosos y venerarían al maestro. Obviamente nos referimos al ínclito Maestro de América don Pedro Henríquez Ureña, que nos honró y nos sigue honrando a los argentinos.

Los generoso dioses, el destino o ese azar que llamamos destino, acaso siguiendo los pasos de Rubén Darío, le depararon a Pedro Henríquez Ureña esta tierra, este país incrédulo e indiferente en demasiados aspectos sociales, aunque esperanzado y generoso en sus valores individuales. Desde aquí, más allá de la historia de la literatura, tan afín a las modas o extravagancias de corrientes profesorales o editoriales, a través de sus amigos y discípulos, empezó a perdurar en la propia literatura como Maestro de América. Hoy, para nosotros, para algunos de nosotros, ese ilustre dominicano universal, nos sigue honrando tanto como a su propio país.

Nacido en la ciudad de Santo Domingo el 26 de junio de 1884, hijo de la poeta Salomé Ureña de Henríquez y de Francisco Henríquez y Carvajal, dotado de un gran talento, inquieto y curioso desde su niñez, ese joven, acaso como presentía su madre, que le dedicara el poema “Mi Pedro”, llegaría a ser el humanista más preclaro de la extendida Hispanoamérica.

Desde niño, Pedro Henríquez Ureña recibió una especial educación ya que su familia pertenecía a la tradición cultural de Santo Domingo y su hogar fue centro de intensa actividad intelectual, pues doña Salomé Ureña reunía en su salón a importantes figuras artísticas, políticas e intelectuales, como José Martí, Fabio Fiallo o Eugenio María de Hostos.

La gigantesca obra de este reconocido dominicano abarca todos los géneros literarios: poesía, filosofía, historia, filología, ensayo, novela, cuento, crítica, conferencias; pero, antes que nada y por sobre todo fue el enorme maestro, reconocido por Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Ezequiel Martínez Estrada, Octavio Paz, Ernesto Sabato, José Luis Romero, Raimundo Lida, Enrique Anderson Imbert y el cardiocirujano René Favaloro, y tantos otros literatos y profesionales de nuestra América. Don Pedro, fue un maestro que se prodigó no sólo en la cátedra, sino también en las tertulias y en los variados y múltiples volúmenes que publicó a lo largo de su no demasiada larga vida, pues falleció a los 61 años.

Viajero empecinado, Henríquez Ureña estuvo en Cuba, los Estados Unidos, París, México y la Argentina. Agreguemos que en México se graduó de abogado y es en el país azteca, que esta cumbre del pensamiento dominicano, encuentra el amor, un amor tierno y puro, el cual, debido a su peregrinaje e incesante labor literaria, no había aflorado todavía.

Agreguemos también que llega a México, con una bien ganada fama de respetado intelectual, respondiendo al llamado de su amigo y compañero José Vasconcelos, escritor y político, quien ocupaba la posición de Ministro de Educación. Vasconcelos lo convoca para que lo ayude en el programa educativo y en la campaña contra el analfabetismo, donde nuestro humanista asume grandes responsabilidades.

Pero volvamos a esos años de juventud, a su formación. Unos años antes, cuando contaba 17, fue enviado a Nueva York para radicarse por un largo tiempo. Allí aprendió el idioma y empezó a cultivarse literariamente. Fue también la época en que tomó contacto con las importantes bibliotecas y los más grandes valores musicales y teatrales del país del norte; lo que le permitió, entre otras cosas, conocer la genuina vida americana, aprendiendo a estimarla en su verdadera dimensión.

Vendría luego la segunda etapa norteamericana (esta vez fue desde noviembre de 1914 hasta 1920), cuando alcanzó una sólida formación profesional y docente y obtuvo la Maestría en Arte y el grado de Doctor en Letras. En esa oportunidad se vinculó con el Centro de Estudios Históricos de Madrid e impartió sus cursos en elDepartamento de Lenguas Romances de la Universidad de Minnesota, bajo el título de Vidas y costumbres en Hispanoamérica. Allí estuvo, además, a cargo de la Cátedra Charles Eliot Norton, siendo el primer latinoamericano en ocuparla.

De regreso a su país, en una reunión de amigos y escritores, Pedro se reencuentra con su alumno Vicente Lombardo Toledano. Luego, en una cena que le ofrece su discípulo, lo flecha la belleza de Isabel, hermana de Vicente. Pedro e Isabel son presentados, y -¡oh milagro!- nace entre ellos la mágica llamarada del amor, que se enciende de manera irreversible entre ambos.

Ya casados, Isabel y Pedro regresan a México, pero entre los propósitos del matrimonio Henríquez Ureña, estaba viajar a la Argentina. Y así lo hicieron en 1924, con la pequeña hija Natacha. Se alojaron en una pensión de la calle Bernardo de Irigoyen, a pocas cuadras de la estación de trenes de Constitución y aquí nació Sonia, su otra hija, a quien tengo el gusto de conocer, casada después con el querido amigo, el pintor Alfredo Hlito.

En Buenos Aires, don Pedro Henríquez Ureña integró el Consejo de Redacción de la legendaria revista Sur de Victoria Ocampo. Allí estuvo junto a Jorge Luis Borges; Alfonso Reyes, Jules Supervielle, José Ortega y Gasset, Drieu La Rochelle y Eduardo Mallea, entre otros afamados escritores. En esa revista publicó veintidós artículos.

Pero uno de sus discípulos fue Jorge Luis Borges, al que tempranamente reconoció como un hombre de genio. Con el autor de Fervor de Buenos Aires escribieron la Antología clásica de la literatura argentina. Recuerdo que alguna vez Borges, haciendo referencia a ese volumen, me comentó con su consabida modestia: “Usted sabe, Alifano, que yo soy muy haragán y naturalmente ineficaz; de manera que cuando trabajábamos juntos con Henríquez Ureña, fue él quien hizo todo el trabajo. Yo agregué breves comentarios y lo ayude a corregir. Sin embargo, el insistió en que yo cobrara lo que me tocaba de la venta del libro, lo cual era evidentemente injusto, y yo se lo dije, pero él no me respondió, me miró con indulgencia y con una sonrisa quizá aprobatoria, cargada de picardía, lo dijo todo”.

En los años sucesivos, Henríquez Ureña concurrirá diariamente a la estación de trenes de Constitución para viajar a la ciudad de La Plata (a 55 km. de la ciudad de Buenos Aires) donde ofrecía sus clases. En esa misma estación, en un vagón del tren, como ya señalamos, súbitamente se desplomaría para morir aquella infausta y melancólica mañana de invierno.

He hablado de ingratitud y de mezquindad, acaso productos de la inferioridad que provoca la envidia. Ezequiel Martínez Estrada, a quien Henríquez Ureña admiraba como escritor y que fuera su colega en el Colegio Nacional, escribió en el ensayo Evocación iconomántica estrictamente personal: “La frialdad que había encontrado en el ámbito docente no se templó. La presentación al cuerpo de profesores definió el status que habría de mantenerse hasta el fin: los que lo recibieron con reservas y los que con simpatías. Muchos aquellos y pocos estos. Hasta en los últimos tiempos, llegaba a la sala de profesores, colgaba su sombrero en la percha, después de saludar con leve reverencia, y se sentaba a proseguir la lectura de algún libro. El alumno a su vez lo acogió con igual prevención y puedo aseverar con hostilidad. Fue muy tarde cuando obtuvo el respeto del alumnado, aunque no la simpatía de los profesores, siempre hostiles”.

No obstante, si hay algo que debe enorgullecernos a los argentinos es que llegó a estas tierras y se encantó con su gente, su cultura y sus valores individuales, y decidió quedarse para siempre en la que sería la última etapa de su viajera existencia, la más prolífica, aquí, en nuestro país donde, como sucede tan a menudo –y sigue sucediendo- no fue, como hemos visto, debidamente reconocido sino por unos pocos elegidos que para él fueron más que suficientes. Sin embargo, según coincidieron Sabato y el doctor René Favaloro, lo que más lo enorgullecía era el vínculo con la revista Sur, de Victoria Ocampo, y reunirse semanalmente en una mesa con los poetas Borges y Mastronardi, Ricardo Molinari y Silvina Ocampo, y con los narradores Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato, Ezequiel Martínez Estrada y Silvetti Paz, que lo consideraban maestro de todos ellos. Esa época, como sin duda todas las de su existencia, fue de intenso trabajo intelectual, una de las características primordiales y su meta esencial.

Para completar esta reseña, detengámonos otro poco en esa fundamental etapa argentina. Entre nosotros no fue sólo un admirable educador y descubridor de vocaciones, sino que impartió clases, enriquecidas con sus conferencias y la publicación de un libro de gramática. En esos años fundó también la Universidad Popular Alejandro Korn, participó en congresos, prologó la colección Cien Obras Maestras, concibió la Colección Grandes Escritores de América y organizó la Biblioteca Americana.

Alfonso Reyes, otro de sus amigos más cercanos, escribió: “Enseñaba a ver, a oír y a pensar, y suscitó una verdadera reforma de la cultura de nuestro tiempo”.

¡Qué triste, que descuido, o que mezquindad, se cumplieron en 2016 los setenta años del fallecimiento de don Pedro Henríquez Ureña y, que yo sepa, nadie, ni académicos ni profesores, o muy pocos recordaron que el ilustre dominicano nos honró con su excelsa presencia! Claro, en parte se justifica, la Argentina ha echado en saco roto a la cultura, todo pasa hoy por programas de televisión frívolos, dedicados a la danza y al divertimento, donde son pocos los políticos o funcionarios que han leído o leen un libro y, estoy casi seguro, casi nadie oyó hablar de ese enorme Maestro de América que fue don Pedro Henríquez Ureña. También un gran argentino.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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