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TRIBUNA

La muerte del campesino

Estos días del verano traen siempre a mi memoria un tiempo asombrosamente próximo en que uno podía viajar de una gran ciudad española a la Edad Media, en poco más de un par de horas. Abandonaba con mi familia la gran ciudad y en un tiempo breve me encontraba entre hombres cuyo gesto, cuya forma de caminar, la riqueza de cuyo habla, cuya rancia vestimenta parecían llegadas de un mundo remoto. Sus manos ennegrecidas y sarmentosas, poco aptas para modos delicados, escondían un amor profundo por lo más cercano. De hecho ignoraban todo lo que pudiera suceder más allá de su comarca y, aunque ya había radio y televisión, mantenían hacia esos aparatos un escepticismo saludable o una distancia infinita. Había quienes contemplaban a estos paisanos –poco presentes para el poder político y encerrados en su economía de subsistencia– con el desdén de cierto cosmopolitismo impostado, aprendido en la escuela o en los medios de comunicación.

Cuando viajamos ahora a esos mismos lugares, arruinados o explotados por una agricultura intensiva –si hay en este caso alguna diferencia entre ruina y explotación– no encontramos aquel viejo paisanaje en un paisaje profundamente transformado. Uno de los signos más terribles del proceso de desarrollo industrial es la desaparición del campesinado. El gran historiador que fue E. J. Hobsbawm señalaba lo que es, por otra parte, un lugar común: “El cambio social y de mayor alcance de la segunda mitad de este siglo (XX) y el que nos separa para siempre del mundo del pasado, es la muerte del campesinado. Y es que, desde el Neolítico, la mayoría de los seres humanos había vivido de la tierra y de los animales domésticos o había recogido los frutos del mar pescando”.

En España los nacidos en el segundo tercio del siglo veinte han visto con sus propios ojos el ocaso de esa forma de vida más próxima al neolítico que a la actual sociedad universal de la globalización comercial y el movimiento acelerado. Hemos perdido de vista el trillo, la hoz o la albarda… para reencontrarlos unos años más tarde como elementos en un mueble de diseño rústico, o en el anaquel iluminado de un salón modernista: como piezas de museo, fuera de uso y sólo aptas para su admiración. Estos enseres de la vieja labor son hoy tan remotos como las manos que los usaron pero que son las manos que vigilaron mi infancia y que, de algún modo, todavía me vigilan como signo vivo de un saber milenario.

Aquellos campesinos de los años sesenta a los ochenta, vivían en un país en proceso de revolución. Tras la guerra civil las élites gobernantes inician un proceso de desarrollo científico, tecnológico o industrial cuyo ritmo inicial –dadas las circunstancias– hubo de ser necesariamente lento pero cuya velocidad ha sido constantemente creciente, salvando discontinuidades que, al menos a este respecto, han de juzgarse aparentes. Lino Camprubí ha detallado el proceso en un libro reciente e importante (Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y guerra fría en el Estado franquista). El fenómeno es común al proceso de modernización en toda sociedad, pero los ritmos y accidentes son característicos de cada país o de cada área.

Las rebeliones campesinas contra el mundo moderno fueron poderosas en el siglo XIX, desde la Vendée a las partidas del capitán Swing. En el siglo XX los campesinos, cada vez más
trabajadores de la industria agrícola, se constituyen en unidades o bloques de obreros y campesinos. Pero esa síntesis nunca ha sido fácil. Así como el signo de las rebeliones campesinas (jacqueries) es reaccionario, el signo de las revoluciones obreras se quiere progresivo. La contradicción caracteriza a toda sociedad en el curso de su modernización, pero –como decía– hay importantes diferencias relativas no sólo al ritmo, sino a sectores industriales, áreas geográficas y, en suma, a los posibles modos de coexistencia entre formas de vida heredadas y las actitudes y valores modernos o revolucionarios. El curso parece llevar a una laminación completa de las viejas formas de producción y relación en nombre de la íntegra mercantilización de la vida. Hoy como siempre una oposición radical resiste a este proceso, pero en esa oposición no deja de alentar una profunda contradicción entre reacción y progreso. A mi juicio esa contradicción, propia de toda modernización, alcanza en la historia de España una dimensión esencial y constitutiva, no lejana de la raíz última de nuestra anómala naturaleza.
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    Últimos comentarios de los lectores (3)

    5667 | Miguel Emilio Ponferrada Urbano - 15/07/2017 @ 20:01:01 (GMT+1)
    Siempre muy interesante tu análisis profundo de la realidad.
    5660 | Fernando Muñoz Martí - 15/07/2017 @ 01:27:36 (GMT+1)
    Muchas gracias por su lectura. Simplemente, no es nostalgia por pasados bucólicos. Es conciencia de lo que se pierde, siempre que se gana algo. No hay nunca progreso neto o no hay ganancia sin pérdida.

    Un saludo
    5654 | Alvar - 14/07/2017 @ 10:49:38 (GMT+1)
    Hoy he leído con interés su artículo.
    Efectivamente la nostalgia del pasado nos hace rememorar esa cultura bucólica de los pueblos del siglo pasado.
    Afortunadamente la evolución y el progreso han sacado de aquella miseria al campesinado de éste país, aun queda algunas reminiscencias, pero hay que buscarlas.
    La realidad es que el sector primario no ha hecho más que ponerse al nivel de los países de la comunidad.
    El paisanaje sigue, o ha estado peregrinando, por sectores laborales que no siempre han reconocido esa dedicación incondicional al trabajo encomendado.
    La integración en la comunidad, ha cambiado el panorama del campo español, pero su paisanaje sigue con las mismas heridas.
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