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NOVELA

David Trueba: Tierra de campos

domingo 16 de julio de 2017, 16:51h
David Trueba: Tierra de campos

Anagrama. Barcelona, 2017. 408 páginas. 20, 90 €. Libro electrónico: 14, 24 €. El cineasta y escritor nos propone en su última novela un singular viaje interior y exterior al pasado y los orígenes, de la mano de su protagonista, Dani Mosca, personaje que Trueba dibuja certeramente en una sugerente trama.

Por Francisco Estévez

Advertía Borges que el éxito y el fracaso son caras de la misma moneda y así nos lo hace ver el monólogo del protagonista en la última novela de David Trueba. El texto puede ser visto como otro ajuste de cuentas narrativo con el padre que sirve de construcción retrospectiva de la conciencia del personaje, tan en boga hoy día en la novela de lengua española. En el recuerdo laten frescas aún entre muchas otras cercanas La isla del padre, de Fernando Marías (Seix Barral) o Entre culebras y extraños (Destino) de Celso Castro; buena síntesis de la relación paternofilial puso la letanía de Matías Canderia al considerar a su padre como Fiebre y llevarlo al título de su novela (Candaya). Y guinda a semejante festín edípico es la flamante edición en tierras españolas de la estupenda novela corta Saturno (2017) de Eduardo Halfon gracias a la atenta mirada de la editorial Jekyll & Jill, la cual alberga en breve recorrido un catálogo de verdaderas esencias. Sin embargo, Tierra de campos adensa otras latitudes más allá de las estrictamente paternas que serán de agrado al lector veraniego.

La moneda de la envidia paga mal a muchos que jibarizan el talento narrativo de David Trueba. Pero por mucho que los diletantes tiren de la oreja al artesano de Cuatro amigos (1999) no podrán mancillar los geniales arranques que tienen sus textos. La primera página de Tierra de campos vale más que centenares de novelas que se apilan en la mesa de novedades. Lo difícil es mantener esa tensión escritural a lo largo del texto. A eso convenimos en llamar todavía hoy el noble arte de la novela. Nuestro narrador de raza coquetea con ese inicio clásico y desbordante que tiene la Sonata de otoño de Valle-Inclán con cierta similitud en el juego de tiempos (“resonaba”, “despierta”, “dormía”) y de yoes (“Papá, y la palabra resonaba al fondo de la cueva de mis recuerdos. Papá, y era mi voz. Papá, despierta, y luego era la voz de mis hijos. Oto, vamos, despierta”, conviene señalar que “oto” en japonés significa “papá”). El artístico nombre de Dani Mosca, ya que “el nombre de familia funciona para las facturas, no para la escena”, encubre a nuestro protagonista, un músico que tras conocer la muerte de su padre repasa la vida entera hasta aquel momento crucial de la fatídica noticia.

El personaje reflexiona sobre aquella desnortada falacia por la cual los hijos aprenden a ser hijos cuando se convierten en padres. Sabremos de su íntimo amigo Gus, de los compañeros de música como Animal, Foskitos, del despertar sexual con Mariana la colombiana, del primer beso paradójicamente ya trasmisor de la vileza del mundo, de las violentas clases particulares de conducción con su padre y del amor de Oliva, nunca desprendido del todo de la retina. Y la problemática relación con su padre o su oficio de músico visto “como una prolongación del oficio ambulante” de su padre. Del otro lado queda el siempre tramposo éxito y los débitos que éste siempre genera. Primero en grupo musical con amigos, después en falso solitario como telonero de Serrat. La muerte del padre esconde otras a su vez (simbólicas y reales, como la de su amigo Gus) y esa tierra de campos de la que se huye pero que no deja de ser el suelo ideológico que rezuma parte considerable del texto.

No es capricho de este cronista ver en cierta disposición tipográfica (los titulillos y epígrafes, la disposición en versos de parte de las letras de canciones), en la profundización abismada de la psicología del personaje y su discurrir interno una lejana similitud a las construcciones del inmenso António Lobo Antunes. Claro es, salvadas las distancias peninsulares con el luso, es decir, aquí con menos carga y mayor descripción, más suave ésta en la forma, despojada ya de la punzante dureza analítica del psiquiatra portugués. No se afea aquí la prosa de David Trueba, muy al contrario, toda opción estética es legítima y en nuestro escritor y director de cine, además, profundamente eficaz. Muchos son los ejemplos, desde una adjetivación poderosa, como gustaría a Josep Pla, por la cual una explicación es “diabética” hasta una descripción sugerente que arrancará carcajadas a muchos madrileños, como la de aquella calle Bravo Murillo vista como “esa calle de zapaterías para pies feos”. No quedan en breves fogonazos las muchas frases que pueden desbordar al lector: “Los besos después de la pasión dejan en la boca un sabor a trapo viejo. Por eso me visto y me voy. Después de follar, todo son posturas comprometedoras […] Porque las noches les pertenecen a los que se aman. Y yo no amo”.

Muy en contra, aquí la prosa entera queda al servicio de radiografiar certeramente al personaje. El temple de la muñeca en Trueba no descarría por su talento y sabe poner a disposición todo su ingenio en brillantes metáforas ocultas, jugosos diálogos mezclados con monólogo interior o descripciones de una carretera y su paisaje como reflejo de la psicología del personaje, a igual modo que bautizara con acierto Amiel en su Diario íntímo. Poco lastra esta novela, acaso el exceso de algunas páginas finales. Pero, en suma, queda entre líneas subrayada en esta Tierra de campos labrada aquella frase que con su habitual lucidez sentenciara Clarice Lispector: “El corazón necesita descansar para encontrar su hogar”.

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