El suicidio de Blesa, la exhumación de los restos de Dalí y hasta las vacaciones… Supongo que estoy muy cansado, porque todo el debate social de la última semana me parece que alude a un mismo asunto: el descanso. Hubo una cierta polémica de baja intensidad, pero de gran repercusión mediática sobre el derecho a descansar: la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, declaró orgullosa que este verano se queda trabajando en Madrid, y saltaron en su contra resortes automáticos. ¡Tocado!, diríamos si estuviéramos jugando a ‘hundir la flota’. Los partidarios de Cifuentes argumentan que nadie puede obligar a nadie a tomarse vacaciones, mientras que los críticos ponen el énfasis en la salud y en la productividad. Además, los trabajadores, que en muchas ocasiones bromean sobre lo poco que trabajan los políticos, sienten que les están llamando gandules (lo estoy oyendo desde aquí: “¡Claro!, el aire acondicionado, el coche oficial, así también me quedo yo trabajando”).
Recuerdo ahora una broma con un ex compañero de trabajo con el que íbamos a fundar el Partido de la Pereza –el PP-, para reivindicar el derecho a tenerla. Seríamos tan perezosos que nunca nos presentaríamos a las elecciones. Ni siquiera llegaríamos a fundarlo, como de hecho ha sucedido. Mi compañero, por supuesto, se deslomaba trabajando. La gente más currante que he conocido nunca ha presumido de ello. Lo digo porque el trabajo tiene un creciente prestigio social y hay un sector de la gente bien que siempre está liada, la agenda bien llena de ‘proyectos’, en contraste con aquellos nobles del Antiguo Régimen que nunca, nunca consentirían decir que han trabajado.
No estoy utilizando ningún adjetivo como labor, ocupación o tarea. Hace ya mucho que leí sobre la etimología de trabajo. Vendría del latín ‘tripalium’, tres palos, un instrumento de tortura para los esclavos.
De los muertos decimos que descansan. Esta semana, en la que los que no están de vacaciones miden los días y las horas que les quedan de trabajo, los que consumen información han oído y leído sobre Blesa, que con un tiro en el pecho se ha marchado a la región del descanso. Y sobre Dalí, cuyo tenso descanso –su hierático bigote sigue en posición enhiesta, han dicho los testigos de la exhumación de su cadáver embalsamado-, ha sido interrumpido para extraerle el ADN, el ácido desoxirribonucleico al que tanto prestigio concedió. Abierta la tumba, ¿por qué no llevarlo al Castillo de Púbol, junto a Gala? Sed partidarios del buen descanso. Yo lo soy y, a partir de este momento, me declaro oficialmente de vacaciones.