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TRIBUNA

Eduardo Punset: progresa adecuadamente

jueves 27 de julio de 2017, 20:07h
Actualizado el: 27/07/2017 20:21h

El Sr. Punset remitió una carta al presidente de la Generalidad, Sr. Puigdemont, en la que manifiesta su hondo agradecimiento por la posibilidad de ejercitar la sublime ceremonia democrática. Nada diré de la estima que el parsimonioso divulgador guarda hacia esa ceremonia del voto, pero si revisa las condiciones en que habitualmente se ejecuta creo que el valor que le atribuye se verá pronto mermado. Y no me refiero a las condiciones concretas del plebiscito secesionista, porque en este caso la llamada “consulta” es una simple pantomima – Punset preferirá performance – que simplemente sanciona un acto de secesión.

El Sr. Punset dice que rema en dirección democrática, aunque lo cierto es que no ofrece coordenadas que nos permitan determinar objetivo alguno. Habrá que entender que la democracia es una dirección y no un objetivo determinado, de manera que podemos avanzar indefinidamente en dirección democrática sin llegar nunca a ninguna parte. Pero acaso podamos vislumbrar, entre líneas, el fantasmagórico destino al que conduce la nave el Sr. Punset con su esforzado remar.

El viejo político, liberal y progresista, a la vez que muestra su desdén hacia toros y procesiones – vestigios de la vieja España –disfruta en la sociedad española de una prestigiosa imagen pública entre gentes de cultura fina: ese público enredado en los sofismas más profundos de las neurociencias. Pero no hay contradicción entre la España torera y religiosa y la España que admira al ilustrado Punset porque son dos Españas o, más exactamente, dos fases de la sociedad española. Fases ubicadas en tramos distintos del curso del progreso que Punset concibe como netamente luminoso, según se desprende de sus palabras. En efecto, el progreso está inscrito – según confiesa Punset – en “la propia naturaleza del cambio, tan inherente al ser humano”. Este cambio es siempre y necesariamente positivo, es decir, arroja ganancias netas, mereciendo el título altisonante de progreso: “Contrariamente a lo que había creído hasta entonces, me di cuenta de que las cosas mejoraban con el paso del tiempo”

Bajo la vana concepción sociologista del “cambio de paradigma” alude a lo que llama primera transición, de la que formó parte en virtud de su fe en la bondad intrínseca de la historia. Pero en nombre de esa misma fe no debiera hablar de primera o segunda transiciones, porque la transición – infinita y constante – se le antoja la bendita naturaleza de la historia en su incesante progreso. Pero Punset, que no puede definir la meta de una transición que es incesante, encuentra, sin embargo, un hito especialmente luminoso en el curso del progreso: el día 1 de octubre, fecha en que podrá ejecutar el mágico acto de votar en esa Cataluña emancipada. Y, como hombre de bien que es, agradece al hacedor de ese gran momento la posibilidad de participar del mismo. La almibarada misiva acaba en agradecimientos a tanto remero y al soberbio timonel que nos lleva por la vía dulce de la democracia.

Siguiendo los dictados de su fe progresista Punset interpreta una nueva variación del viejo tema moderno de la luz y las sombras. La vieja crítica ilustrada se pretendía situada en una posición superior desde la que el objeto de su crítica aparecía siempre como la sombra del mal, la superstición y el prejuicio, frente a la luz del bien y la plena razón expresada en las ciencias. De cada avance de esa razón – de cada nueva “transición” – sólo podía derivarse una ganancia neta que nos aproximaría un paso más a la realización interminable del paraíso en la tierra. Pero ese paraíso sólo se concibe negativamente contra un presente siempre juzgado insuficiente. Y los réditos del progreso fueron a menudo aterradores.

El presente goza – frente al futuro – del privilegio de lo real, porque el futuro simplemente no es y, se quiera o no, se construye con materiales del pasado. La huida al futuro es un síntoma de debilidad, es optar por el principio del placer, diría un freudiano. Frente a esta actitud G. Chesterton escribió:

“Puedo hacer el futuro tan estrecho como yo mismo; el pasado está obligado a ser tan ancho y turbulento como la humanidad. Y el resultado de esta moderna actitud es realmente el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica viejos ideales. Miran hacia delante con entusiasmo porque les da miedo mirar hacia atrás”

Frente a ese progresismo pánfilo es preciso saber que “no hay ganancia sin pérdida” de manera que todo progreso esconde siempre un regreso, que cada adquisición supone un coste que acaso nos incline a desconfiar de un futuro de luz sin matices, en nombre de un pasado cuya imperfección conocemos. Avanzamos, pues, en la misma dirección democrática que el Sr. Punset aunque, diríamos, en sentido contrario.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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