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TRIBUNA

Et campos ubi Troyat fuit (donde hubo campos Troya fue)

martes 08 de agosto de 2017, 19:33h

Es creencia universal, o prácticamente universal en nuestros días, que no hay pecado más grave que la superficialidad. Triste asunto cuando a ese mal se suma la perversidad, que tiende a descalificar toda forma de bien intencionado emprendimiento. El avance de esos dos flagelos castiga, en estos momentos, a la Argentina, un país que supo ser pionero de muchas cosas positivas en el Continente. Claro que en el mundo no somos los únicos; algo parecido sucede en otros sitios. Si para mostrar la fatuidad nos basta con un ejemplo, quizá no está de más hacer referencia a la reciente reunión del G-20, celebrada en Hamburgo hace pocos días y en cuya agenda se trataba el enojoso asunto de “La pobreza en el Planeta”. Los organizadores no tuvieron mejor idea que poner música a la reunión y convocaron a la celebrada cantante Shakira, que acompañada por Coldplay, dieron la nota frívola al encuentro. Todo bien, pero sucedió que el diablo metió la cola y alguien filtró la información de que los animadores de la fiesta cobraron un honorario de 1.200.000 euros. Hecho que explica en parte la ira de los que manifestaron en contra de la publicitada cumbre de presidentes. Por supuesto, la vida también es una suma de malos entendidos y debemos comprender que todo forma parte de este juego superficial y perverso que alientan los mismos pueblos al elegir a sus representantes.

Según recomienda la vieja sabiduría, a la ley que más atención debemos prestar y la que mejor debemos asimilar (ya que es de ella de donde van a desprenderse las demás leyes y casi toda nuestra vida) es “la causa y el efecto”. Esta ley nos señala que toda causa tiene su efecto o, viceversa, que todo efecto tiene su causa, y también se la conoce como “acción – reacción”. ¿A qué viene todo esto? Pues a que en la Argentina, donde el tango, su canción ciudadana, que goza de una melodía exquisita, celebrada hasta en el remoto Oriente, se viene desbarrancado por esa pendiente, también funcional a la decadencia. Veamos la causa y el efecto.

Salvando su calidad musical (y no ajeno a lo que sucede con casi todas las letras populares), el tango, desde mediados del siglo pasado, cuando era crónica de época, se desbarrancó hacia un grotesco donde los autores, en sus letras, empezaron a hablar de “troikas” y “gitanas rusas” (con ridículos apodos, tales como “Petruschka”, a la que alguien pide que le sirva sobre la nieve roja (¿?) otra copa para embriagarse: “¡Ay, Petruschka, vodka, vodka para mí…!”, clama el desesperado moscovita. No es todo, esos corsarios del mal gusto cabalgan sobre el Volga nevado y se matan risueños dramatizando sus ridículos amores. Otros tangos hablan de quejas indianas, de mulatitas rechazadas por niñas blancas, de obreras que vuelan como palomitas en bandadas, de infieles percantas, de una japonesita bailarina (“gheisa gentil, hija del sol sigue danzando…”) que enloquece a un turista, o de un espantoso asesino que se entrega en una comisaría con un cadáver descuartizado (y de manera respetuosa, eso sí, aunque con voz amarga), hace su confesión ante el representante de la ley: “Me da su permiso, señor comisario. / Disculpe si vengo tan mal entrasao… / Las pruebas de la infamia las traigo en la maleta: / las trenzas de mi china y el corazón de él…”. En fin, temas debidamente adecuados al incisivo escalpelo de mi amigo Espina Rawson, autor del imperdible libro Los cien peores tangos.

Pero la canción de Buenos Aires tuvo su pasado feliz, qué duda cabe. Carlos Gardel en primer lugar y las celebradas orquestas le dieron un prestigio internacional indiscutido; también sus poetas: Discépolo, Manzi y Cadícamo, por citar algunos de los más representativos, se expresaron con una estética no menos convincente que profética, anunciando desde idénticas posiciones una visión de la decadencia social que hoy sufrimos a mansalva. Los vibrantes versos de Yira, yira, el tango de Discépolo, dicen: “Cuando la suerte qu’es grela / fallando y fallando / Te largue parao / Cuando estés bien en la vía / Sin rumbo, desesperao / No esperes nunca una ayuda / Ni una mano ni un favor” -y prosigue con un énfasis desesperado y escéptico ante toda forma de solidaridad- “Verás que todo es mentira / Verás que nada es amor / Que al mundo nada le importa / Yira, yira…”

Bien, si de Enrique Santos Discépolo hablamos, no se pueden obviar los demasiados famosos versos del tango Cambalache, un clásico himno de la metafísica porteña, cuya protesta estremece: “Que el mundo fue y será / una porquería, ya lo sé. / En el quinientos seis / y en el dos mil, también. / Que siempre ha habido chorros, / maquiavelos y estafaos, / contentos y amargaos, / valores y dublés. / Pero que el siglo veinte / es un despliegue / de maldá insolente, / ya no hay quien lo niegue. / Vivimos revolcaos en un merengue / y en el mismo lodo / todos manoseaos…”. ¡Qué gran verdad aplicable a lo que vivimos, por supuesto; “todos manoseados” por políticos, por jueces, por sindicalistas, por empresarios, por policías, etcétera, etcétera…! Y el pueblo de rehén, claro.

El poeta Homero Manzi, menos critico que nostálgico, nos habla de vivencias pasadas que el tiempo va disolviendo, sobre todo en un país sin horizontes, donde nada se respeta: “Nostalgias de las cosas que han pasado, / Arena que la vida se llevó. / Pesadumbre de barrios que han cambiado / Y amargura del sueño que murió…” ¡Ah, del castigado territorio nuestro, tan alejado de la mano de los funcionarios de todos los gobiernos, con un riachuelo sucio y definitivamente contaminado y asentamientos de emergencias que ya son permanentes!

El otro vate, Enrique Cadícamo, bohemio y sufriente hombre del arrabal, se queja -de manera explícita- de las penurias que pasan los pobres; y lo hace con todas las palabras lunfardas: “Si habrá crisis, bronca y hambre, / que el que compra diez de fiambre / hoy se morfa hasta el piolín. / Hoy no hay guita ni de asalto / y el puchero está tan alto / que hay que usar el trampolín…” ¡Ah, desgarramiento y sensibilidad popular como prueba de amor al prójimo! El tango se titula Al mundo le falta un tornillo. Y, “que venga un mecánico a ver si lo puede arreglar…”

Ese lamento, sin embargo, no es exclusivo de este profundo y melancólico Sur que nos ha correspondido con todos los contratiempos del caso; también ha inspirado a los del extremo Norte. Carl Sandburg, el poeta de Chicago, más o menos por la misma época, con sentido anticipatorio, acaso imaginando al canario Trump, canta con énfasis y una suerte de self pity; es decir, de autoconmiseración, las miserias y la caída de ese imperio que es América.

Si escarbamos veremos que el enojoso asunto no es privativo de los de este lado del Océano, sino que viene desde el tan rutilante como melancólico Siglo de Oro Español. Un desalentado Francisco de Quevedo, se desgarra al decir:

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía…

Quizá todo viene desde cuando el escandinavo anónimo, que dejó la Visión de la Sibila, imagina el crepúsculo de los dioses y la partida de la última nave, que se construye con uñas de muertos. Aunque si nos atenemos a las Escrituras, comprobamos que el Espíritu Santo no es menos destructivo y se complace en aniquilaciones y catástrofes. Poco después del Caos y de la Creación asistimos al Diluvio; luego vienen el Apocalipsis y el terremoto de Jerusalem.

Como todo se repite y siempre nos deslizamos por la misma pendiente, que está al borde del abismo, la Argentina sigue exhibiendo sus agobiantes flaquezas (con otros actores, por supuesto). Para referir el momento actual, podemos usar aquellos versos amonedados por Virgilio en el libro tercero de La Eneida, dedicados a la destrucción de Troya: Et campos ubi Troyat fuit (donde hubo campos Troya fue).

Nos duele en el alma aplicar este acerado verso del poeta mantuano, pero la realidad y los hechos que se imponen, nos arrinconan de una manera extrema; por otro lado, creemos que los historiadores y sociólogos tienen el desafío de analizar el pasado que duele y separarlo de las querellas presentes. Cosa brava si las hay, que no es sencilla, sobre todo en un país donde los tránsfugas son premiados y aspiran a ser votados para usufructuar con la aprobación de todos de las prebendas que prodiga el Estado.

Somos muchos los que ahora creemos que uno de los principales errores del actual gobierno es no haber llamado a una gran concertación política de unidad nacional, primero para poner en claro las cuentas, y, luego, para meter presos a los ladrones y fijar políticas de Estado, exigiendo a la ley el juzgamiento de los que fueron responsables de tamaña debacle en los últimos doce años. Somos muchos los que creemos que este Gobierno se equivocó al no explicitar, apenas asumió, que este barco a la deriva que es la Argentina estaba a punto de chocar contra un iceberg tan grande como el que hundió al Titanic. Y que el levantamiento del cepo, por ejemplo, o el pago a los llamados fondos buitre, lejos de constituir acciones decisivas, apenas lograron evitar un impacto de consecuencias menores.

Ahora, quizá es tarde para hablar de lo que se recibió del kirchnerismo. Sin embargo, nunca será suficientemente tarde para decir la dolorosa verdad. La Argentina está, literalmente, destruida y desintegrada. Podríamos empezar por lo básico: no tiene la infraestructura mínima suficiente. No hay rutas en condiciones de ser usadas. Ni trenes. Por consiguiente, el transporte terrestre es uno de los menos eficientes del mundo, y de los más caros, obviamente; todos sabemos, además, que esa forma de movilidad está en manos de una corporación conducida por un pope del sindicalismo y su familia. La pobreza, que ya es estructural, va a pasar por lo menos una década para que descienda de manera considerable; eso, es claro, si se hacen algunas cosas como corresponde y en la dirección adecuada. Por el momento, los convenios colectivos de trabajo son expulsivos; sólo sirven para que los anacrónicos dirigentes sindicales con sus mafiosas corporaciones se sigan enriqueciendo y para que las pequeñas y medianas empresas elijan entre cerrar o tomar personal en negro.

Es patético, pero ya no sabemos si definir a la Argentina como un país en crisis o colocarlo en la categoría de país extravagante, cuyas autoridades hacen cosas inexplicables, distintas a las de otros gobiernos del mundo, y esperan resultados exitosos, como si sembrando ortigas se pudieran cosechar tomates. Todos los datos son confusos y los precios, manejados por cinco cadenas de supermercados son manipulados a criterio propio sin tener en cuenta al consumidor. El sistema comercial, antojadizo y volátil, vive frenando la escala de transacciones y el volumen de negocios se ve manipulado por un Banco Central indiferente que favorece la llamada “bicicleta financiera”. Desde hace tiempo batimos récords que confirman hasta qué punto estamos en el subsuelo. Somos así una de las cinco naciones con más alta presión impositiva, muy cerca del nivel de Suecia o Dinamarca, pero con un Estado que no presta a sus habitantes, ni remotamente, los servicios de esos países desarrollados.

Para volver a ser viable, la Argentina tendría que contar con un presidente dispuesto a asumir grandes riesgos y a hacer acuerdos con la ciudadanía y los pocos dirigentes bien intencionados, tan alejados de las coimas como de las tranzas politiqueras. Un presidente capaz de explicar con claridad los problemas que se deben enfrentar, un presidente menos pendiente de las próximas encuestas de opinión; incluso dispuesto a perder estas próximas elecciones, pero con la suficiente fuerza moral y determinación como para empezar a dar vuelta este desastre que viene desde muy atrás como lo señala el tango. La Argentina es un caballo empantanado que con cada corcovo se hunde más en el barro. Hay solamente un modo para sacarlo, unirnos y empujar todos juntos. Esa convocatoria no se ha hecho y es casi seguro que no se hará.

Es un dolor resignarnos a repetir aquellas dos palabras, que lo dicen todo, del histórico verso de Virgilio: Troyat fuit, más aún, traducirlo como Argentina fuit. Que los dioses nos ayuden.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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