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TRIBUNA

El cambio climático: el alúd de los sinvergüenzas

sábado 12 de agosto de 2017, 16:56h

Es insoportable, como una guerra de la Reconquista, el calor que está haciendo. Estamos sumidos en un volcán que quizá vuelva a cubrir Pompeya. La gente ya no sabe qué hacer, si meterse en la nevera como un danone o quedarse a dormir bajo las aguas de las piscinas. España está sufriendo unas temperaturas que van a provocar el ardimiento de todos los paisajes y todas las playas a las que ya no se puede ni ir. No entiendo a estos turistas y españoles que buscan en las playas un lugar para refrescarse. Lo único que consiguen es, dada las masificaciones, entre la arena que se pega a los cuerpos con la loción contra el sol, el agua que arde, la angustia de no encontrar una sombrilla vacía, la cerveza que se calienta nada más pedirla en el chiringuito, cubrirse de una calentura que ni las peores gripes las superan.

No se puede ir por la calle ni para bajar a por el pan. El asfalto se pega a las suelas de los zapatos como si fuera pegamento para reconstruir una estatuilla de barro rota. En las casas el calor protagoniza el bochorno y la melancolía. Es imposible leer un libro o manejar el ordenador. No hay sitio para el hombre en este país con sobreexceso de extranjeros. A los turistas los radicales les pintan los autobuses o les pinchan las ruedas de las bicicletas. Vivimos en una agonía propia de este terrorismo climático del cual nosotros no somos los responsables. ¿Entonces quiénes lo son?

Desde hace muchos años ya los analistas advirtieron del peligro del cambio climático, de lo que podía suceder si no se tomaban las medidas oportunas en un tiempo en que todavía era posible salvar este planeta. Sin embargo, como siempre pasa en política y la mediocridad de los que nos gobiernan existen algunos países como Estados Unidos, Rusia, China, La India, etc., que han renunciado a firmar todos los tratados que se han abierto en estas últimas décadas para tomar conciencia y hacer uso de todos los avisos contra elcalentamiento global de la tierra.

El negocio es más fuerte que las vidas humanas. La economía semeja una mujer con esmeraldas y abrigos de visón antes que el control social de la humanidad para dejar de sufrir los cambios climáticos que emiten los combustibles fósiles y esas chimeneas cuyo humo rompe el cielo hasta abrir un agujero de ozono más grande que el cuerpo de Donald Trump.

A todos estos sinvergüenzas yo los metía en un microondas durante una semana y después sus cenizas las llevaba a un museo de paleontología, junto a los huesos de los dinosaurios. Los investigadores y el conjunto de la sociedad mundial están pidiendo a gritos el uso de energías renovables limpias, trasparentes, las cuales eviten el desgaste de este planeta. Pero el petróleo para estos canallas es más importante que las generaciones que vienen. El petróleo genera una economía global por la cual se edifican guerras, chantajes, compra y venta, engaños, manipulación, catástrofes y excesivo dinero. El dinero es el causante de este cambio climático en el que en invierno sufrimos inmensas tormentas, inundaciones, tsunamis, desastres ecológicos, muertes y ciudades o barrios arrastrados por las corrientes de las aguas, mientras que en verano padecemos un tórrido calor que de aquí en veinte años todos tendremos que irnos a vivir con los esquimales para dormir en los iglús.

Esta irresponsabilidad por parte de las potencias industrializadas debería abrir un serio debate en el que se actuara con violencia política y cuyas exigencias fueran obligadas mediante argucias diplomáticas y legales a cumplir.

A los políticos y a los lobbies empresariales que niegan que exista el peligro a largo plazo de esta catástrofe planetaria se les debería juzgar en un tribunal internacional por asesinos y por criminales contra la humanidad entera. ¿Qué esperan las naciones que cumplen con los tratados en varear con consecuencias incluso dramáticas a todos estos países que están derritiendo el Ártico y que provocan anualmente la muerte de millones de personas?

O se busca una solución o todos iremos a parar al infierno de Dante.

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