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TRIBUNA

Andar y ver

Natalia K. Denisova
sábado 12 de agosto de 2017, 17:00h
Actualizado el: 08/12/2017 17:06h

“Completo”. Otro año esta sentencia de los hoteleros de Benidorm me deja sin veranear. Bueno, sin veranear en aquella costa. ¿Qué lastima? No. Creo, lo contrario, ¡qué suerte! Tengo una excusa para salvarme del aire húmedo, templado del Mediterráneo, de la vista siempre apacible del mar, de la gente ociosa y risueña que llena sus playas. Para las gentes raras y retorcidas, como yo, no hay mejor veraneo que por las tierras del interior, las tierras de Castilla la ancha o la vieja, que se extiende de la Sierra Morena hasta Cantabria y Asturias. Ya apuntaba Ortega y Gasset, en sus escritos de andar y ver, que el paisaje severo de estas tierras mantiene al viajero en alerta, no da a sus nervios ni un instante de descanso. Todo es color, todo es tensión, todo es desamparo.

¡Cuántos tesoros esconde el interior de Castilla! Cualquier pueblo, aunque sea de treinta moradores, cuenta con una iglesia de algún siglo tan lejano como el XI o XII. La realidad de estos pequeños pueblos, especialmente cuando el sol cae implacablemente sobre las eras que los rodean, es desgarradora, hiriente. Soledad verdadera que llegamos a sentir sólo de vez en cuando, ya que mayores dosis podrían ser dañinas. Tabladillo, Pascuales, Pinilla Ambroz… Mas su rudeza, tomada en su justa medida, también es consuelo. Las iglesias mudéjares, sostenidas con los cimientos románicos, siguen erguidas después de unos siete u ocho siglos de olvido y estancamiento.

Trágica debiera ser la vida de los mozárabes. Los cristianos que quedaron en las tierras ocupadas por los moros durante la conquista, pero pronto se desencantaron del nuevo régimen y empezaron a rebelarse estableciendo alianzas con los reyes cristianos del norte. Los mozárabes tuvieron que salvarse en las provincias ya reconquistadas y ser una de las fuerzas que más colaboró en la repoblación de las anchas tierras. La huella más tangible hoy son las iglesias que quedan del estilo
mudéjar, verdaderas obras del arte, algo rústicas, sencillas, dirán algunos, pero sin los cuales es impensable el paisaje segoviano.

Santa María la Real de Nieva es un pueblo apacible, que competía nada menos que con Segovia en la elaboración de los paños. Catalina de Lancaster fue su fundadora en 1392, cuando apareció la Virgen de la Soterraña. La construcción de la Iglesia y del monasterio de los dominicos corrió a cuenta de la Corona y de los vecinos de los pueblos cercanos. El pórtico norte es una joya artística del siglo XIV. La Pasión de Cristo, la Santa Cena, la Resurrección del Cristo y las resurrecciones de otras personas retratadas en su esfuerzo de apartar la lápida del sepulcro. Nadie de los actuales activistas de la igualdad de géneros podría reprochar este pórtico: la segunda archivolta sólo tiene las figuras femeninas de las santas y mártires, 16 en total, y la tercera archivolta tiene 14 figuras masculinas de los dominicos destacados y otros santos. Otra joya es el claustro. Más románico que gótico, se destacan los maravillosos capiteles que muestran la vida cotidiana del pueblo durante la Edad Media. Las ocupaciones del pueblo llano, del clero y de la nobleza aparecen retratados en la piedra. Los campesinos segando el trigo, la vendimia, los caballeros que asisten el torneo en un castillo, participan en batallas o cazan un oso; los religiosos construyendo un monasterio, predicando y administrando los oficios. El Salón de este mismo recinto fue lugar de celebración de las Cortes convocadas por Enrique IV en 1473. La decisión más importante es conocida como ley de Santa María. Fue la primera ley que defendía los derechos de las mujeres casadas, limitando el poder del marido a disponer de los bienes de su esposa, de enajenarlos o y perjudicarla de cualquier otra manera.

Mucho queda por contar del pueblo Santa María la Real de Nieva sobre el sepulcro de la reina Blanca de Navarra, esposa de Juan II, soberana de Navarra y Sicilia, también sobre la predicación de San Vicente Ferrer o sobre el conquistador de Filipinas Alonso de Canto y Ocampo, pero es la hora de seguir el camino. Nos espera Nava de la Asunción. Muchos monumentos merecen atención, pero lo que nos interesa es una casa grande, señorial en su pretérito y arruinada actualmente. La Casa del Caño pertenecía a la familia Gil de Biedma y es en este pueblo donde está sepultado el poeta Jaime Gil de Biedma, nacido en Barcelona. ¿Por qué Jaime Gil de Biedma
escogió esta tierra para el último refugio? No se sabe a ciencia cierta, tampoco importa mucho. Se dice que cada año se entrega el premio Poético Internacional en su honor y aunque la casa esté en ruinas, los versos del poeta no pierden su encanto año tras año:

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.
Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida olvidos
no suelen durar.

¿Es posible asumir y estudiar toda la riqueza e historia que tienen las tierras de España? Me desvivo en el intento y solo aspiro a conseguirlo. Mientras tanto, no puedo pedir más: andar y ver, ver y andar. ¡Hasta la próxima!

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