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ORIENT EXPRESS

Una mirada sobre Europa

miércoles 16 de agosto de 2017, 20:21h

Todo en la vida de Czesław Miłosz (1911-2004) lo llevó a ser un hombre de frontera y encrucijada. Nacido en Lituania de familia polaca, se sentía más próximo a la identidad de la antigua Mancomunidad Polaco-lituana -y dentro de ella, al Gran Ducado- que a la del Impero de los Zares y las repúblicas polacas posteriores a las dos guerras mundiales. La propia separación de Polonia y Lituania después de la Gran Guerra le produjo una especie de desgarro que lo llevó a descreer de todos los nacionalismos. Del mismo modo, su obra poética y ensayística puede entenderse como una oposición a los totalitarismos del siglo XX.

La editorial Galaxia Gutenberg ha publicado hace algunos meses “Mi Europa”, un libro a caballo entre el ensayo y las memorias. Miłosz lo define así: “era tanto el sermón de un misionero en medio de salvajes como un intento de responder a la pregunta de quién soy. […] En este libro hablo de mí mismo, pero no son unas confesiones. […] De entrada, declaro que busco una distancia de mi propia persona y que uso ésta como si actuara de ejemplo, como un objeto histórico o generacional. Y eso significa que hay más un trabajo de desbastar desde fuera que de inmiscuirse en el interior”.

Así, a lo largo de sus 281 páginas, Miłosz evoca la historia y la cultura de esa parte de Europa que, por desgracia, a menudo padece la ignorancia y el olvido de la parte occidental del continente. La vida del autor actúa como el hilo conductor del devenir de las sociedades que padecieron dos guerras mundiales y dos regímenes totalitarios de forma sucesiva: el nazismo y el comunismo. Quien tenga interés en esa sucesión, puede bucear en la extraordinaria narración de Margarete Buber-Neuman “Prisionera de Stalin y Hitler” (Galaxia Gutenberg.

Círculo de Lectores, 2005). Por supuesto, los aspectos biográficos son ineludibles, pero el autor es fiel a su compromiso de no caer en la autobiografía. Condesciende, no obstante, a alguna confesión: “aplicaba la pureza maniquea a través de relaciones amorosas que eran tan solo un intercambio de servicios fisiológicos, buscando mujeres que se veían como yo, desdobladas, dispuestas a revolcarse conmigo en la cama o en la hierba y después volver a una conversación interrumpida como si aquel intermedio no significara nada”.

Sin embargo, el peso del libro lo ocupa la reflexión sobre la identidad de Europa, es decir, de esa que Miłosz reivindica, con sus luces y sus sombras, con su tradición filosófica y sus querellas religiosas, y esa otra a la que él viaja tanto a Oriente -Rusia- como a Occidente, simbolizado en París. Destaca especialmente el capítulo dedicado al Gobierno General, que fue el nombre que recibió el territorio polaco ocupado por los nazis en 1939 y no incorporado al Reich: “Como tema de estudio sobre la locura humana, la historia de la cuenca del Vístula cuando llevaba el extraño nombre de General Gouvernement, es algo muy valioso. Pero la dimensión excesiva de los crímenes cometidos paraliza la imaginación y por eso seguramente en las crónicas de la Europa conquistada por los nazis se recuerda con más frecuencia las matanzas en la ciudad checa de Lídice o de la ciudad francesa de Oradour que la extensión donde había cientos de Lídices y de Oradours”.

En nuestros días, el tema de la identidad inquieta y conmueve a nuestro continente. Ya hace más de diez años, Acantilado publicó dos libros que complementan la lectura de este de Miłosz: “Mi Europa”, de Yuri Andrujovich y Andrzej Stasiuk -no debe sorprendernos que el título sea idéntico al que ahora nos ocupa- y “Dos ciudades”, de Adam Zagajewski. En las dos obras se vislumbra esa misma identidad diversa pero inconfundible de una Polonia dividida pero jamás borrada. Especialmente sugerente me ha parecido la relectura de los pasajes sobre Lvov y Cracovia, la ciudad donde fallecería Miłosz, a la luz de esa memoria de los polacos de Lituania para quienes su identidad era mucho más rica que la de la Polonia nacionalista de entreguerras.

Hay otro libro que enriquece la lectura de “Mi Europa” del Premio Nobel polaco y en el que, además, él participó como entrevistador del autor. Estoy refiriéndome a “Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo”, de Aleksander Wat (Acantilado, 2009), cuyo prefacio escribió el propio Miłosz y cuyo autor mantuvo larguísimas entrevistas con el poeta que, después, se ordenaron y editaron como libro. Así, el diálogo entre Wat y Miłosz da mayor perspectiva al ensayo de este último. Como ejemplo, cabría citar sus consideraciones acerca de la burocracia y las sociedades comunistas.

De este modo, si el verano es un tiempo propicio para los viajes, “Mi Europa” de Miłosz nos acompaña en un periplo por el tiempo y el espacio de un continente diverso y sorprendente. Su lectura nos abre la puerta a otros viajes, a otros libros, a otras miradas que se enriquecen mutuamente.

Es una magnífica lectura para el estío.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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