Me ha conmocionado enormemente el ver a esos padres que, aun habiendo perdido a su hijo de tres años de edad en el reciente atentado de Barcelona, abrazaron al imán musulmán. Ha sido lo más increíble y duro que he podido observar de unas personas que han perdido al ser más querido de su vida. Deben tener un corazón inmenso, pues no valen para ello simples promesas de perdón, ni prédicas de religión alguna, ni tratamientos psicológicos. Mientras, muchos lanzaban mensajes de repulsa contra los atentados ocurridos en distintos puntos de Cataluña e infinidad de comunicados a través de los medios sociales, hasta llegar incluso a la condena explícita para los familiares de los terroristas, solicitando la expulsión de todos ellos así como del colectivo de musulmanes; volviendo a la pena del castigo general a la familia, como ocurría en la Edad Antigua, que no sólo se condenaba a los autores y cómplices sino a todos los integrantes de la familia.
No sé si yo tendría el valor de poder hacer un gesto de paz y perdón tan inmenso como han hecho esos padres, doloridos eternamente, tras haberles arrebatado la vida de su hijo. Tal hecho constituye un ejemplo de tal magnitud, que no tiene parangón. Ni todas las medallas, habidas y por haber, pueden otorgar el reconocimiento social y público a esos padres por algo tan sencillo, pero tan duro y difícil, como dar un abrazo al representante de un colectivo al que muchos consideran un objetivo a abatir mediante la pena y el castigo, sin distinción de terroristas y no terroristas, simplemente por pertenecer al colectivo de musulmanes como contrarios a nuestra cultura. Cierto es que el Estado y las autoridades tienen la obligación de vigilar y hacer cumplir las leyes, empezando por erradicar la violencia y el terrorismo, sea cual sea la forma de su perpetración; pero no podemos llevar nuestra actual situación al punto de generar hasta el extremo el odio de unos contra otros, hasta matarnos y aniquilarnos mutuamente. Debe imponerse la cordura, la paz, el amor y el perdón, no sólo por cuestiones de tipo ético religioso sino aunque sea por el hecho de conseguir la utopía social de una convivencia lo más pacífica posible, evitando el mal, el dolor, el terrorismo y la guerra que no conducen a ninguna parte.
España puede superar esa situación de impasse, pues ha sufrido a lo largo de su historia muchísimas otras situaciones peores con años de guerra y ha sido invadida por multitud de razas formando un conglomerado de mezclas humanas a lo largo de los siglos. Dejando los primeros habitantes, que pocos restos históricos nos han dejado, ya en los siglos anteriores a nuestra era llegaron a nuestras tierras los fenicios, los griegos, los cartagineses y los romanos, que se establecieron en la península ibérica durante más de cinco siglos; luego los vándalos, suevos y visigodos hasta llegar a la invasión de los árabes, que se establecieron en el califato de Córdoba, permaneciendo en España durante los ocho siglos que duró la reconquista por los reinos de Castilla, Navarra y Aragón, con continuas batallas entre moros y cristianos, cuyas correrías de Almanzor y el Cid Campeador, todavía se recuerdan en nuestras fiestas populares con otros tantos héroes locales. En definitiva, ya no hablemos de otras épocas desde la Edad Moderna hasta nuestros días, para no cansar al lector.
Lo que quiero indicar con ello es que durante toda la existencia de la humanidad han habido guerras, matanzas, odios y siglos de aniquilación de unos contra otros (también en España), incluso en nombre de Dios y de las distintas religiones que, en teoría predican la paz y el amor fraterno; si bien muchas veces han dado un mal ejemplo, al actuar los propios jerarcas como jefes militares. No hace falta recordar que los nobles, junto con los obispos y abades, amparaban las fuerzas militares ayudando a reyes y emperadores, como colaboradores de cruzadas y de conquistas bajo el signo de la cruz y la evangelización. Pero, cada cosa a su tiempo. No conviene mezclar unas épocas y unas civilizaciones con otras. El vasallaje feudal nada tiene que ver con el Estado democrático y parlamentario actual. Dicho lo cual, conviene advertir que, si bien es cierto que todos esos hechos lamentables, ocurridos esos días en Cataluña con los terroristas que han asesinado a muchas personas, -todas ellas inocentes- (al igual que ha sucedido en otras ciudades europeas), no pueden ser dejados sin castigo, debiendo aplicarse con todo el rigor la ley; no debe olvidarse tampoco el gesto impresionante y admirable de dichos padres que han abrazado al imán de Rubí, reconociendo que no debe generalizarse la postura de unos cuantos descerebrados terroristas con todo un colectivo de gente que desea convivir en paz.
De otro lado, deben tener en cuenta tales terroristas que sus acciones criminales no conducen a ninguna parte, pues unos cuantos desalmados no pueden doblegar la voluntad firme de la mayoría de un pueblo que desea la paz y la convivencia bajo el amparo de la ley. En definitiva: Castigo a los autores y cómplices, sí; odio, persecución y violencia generalizada contra los demás inocentes, no. No podemos perseguir de forma generalizada a toda una raza, a todos los seguidores de una religión, a todo un pueblo, simplemente por venganza y odio. Ello constituye otro delito castigado en el Código Penal, cuyas consecuencias ya se han visto en otras ocasiones, como ocurrió en el holocausto o los castigos inquisitoriales de la Edad Media.
No obstante, conviene recordar también eso a tales terroristas, pues llevan a término grandes masacres mediante el odio que ellos no quieren sufrir en sí mismos y lo aplican a los demás en los lugares donde precisamente son acogidos por una sociedad donde pretenden obtener unos derechos que no tienen en sus países de origen, tales como educación y sanidad gratis, e incluso defensa jurídica gratuita, si no tienen medios económicos suficientes para ello; pues es un derecho reconocido en nuestra Constitución, que cualquier investigado o juzgado penalmente pueda tener su abogado defensor, aunque sea un terrorista. Sólo por esas ventajas, ya tendrían que estar agradecidos, en lugar de acometer tales atropellos terroristas.
En fin, aun con el sentimiento de condena a flor de piel, el pueblo debe estar unido y manifestar su rechazo a tales actos criminales que no tienen justificación alguna. Pero, más que palabras de condena general y de vindicación, como la manifestación multitudinaria en Cataluña con el lema “no tinc por”, admiro y no puedo dejar de pensar sobre la actitud de paz, perdón y amor, demostrada por esos padres que han perdido a su hijo. Un abrazo muy fuerte para ellos pues, si de verdad existe el paraíso, seguro que lo tienen bien ganado.