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TRIBUNA

Democracia sentimental

jueves 31 de agosto de 2017, 20:24h

Semana tras semana asalta las pantallas una oleada de sentimentalismo plañidero y luctuoso. Sufrientes de toda laya manifiestan su trémulo estado de ánimo, dominado por imágenes a menudo más soñadas que percibidas. Poco importa esa distinción cuando vivimos en una atmósfera estupefaciente en que se funde sueño y realidad. Sólo percibimos lo que se ofrece en el escenario electrónico de la pantalla, llamamos realidad al espectáculo que resulta de un laborioso trabajo de montaje o maquetación. La contención y el pudor hace ya mucho tiempo que han sido olvidados. Al continente y al pudoroso se los contempla hoy como insensibles gentes de corazón endurecido, a los que se puede dirigir cualquier ofensa.

Por supuesto nadie en su sano juicio pretenderá erradicar los sentimientos, que forman parte de la condición humana. Se trata, únicamente, de pedir moderación y pudor. Ayer un joven periodista se dirigía a los manifestantes que apoyaban a las asesoras de Juana Rivas. Uno de estos manifestantes declaró su pertenencia a un partido político y pidió al periodista que se dirigiera a cualquiera de los vecinos sin adscripción política expresa. Sorprendido, el periodista entonó la sagrada monserga de nuestra sociedad. ¿No es uno y el mismo sentimiento el que atraviesa los corazones de todos los presentes? Siendo así, poco importa si el manifestante es alcalde, diputado o juez. El sentimiento nos desnuda y nos iguala. La misma Juana Rivas indicó no sentir que estaba cometiendo un delito, pese a estar cometiéndolo, diríamos, “objetivamente”. También la realidad del delito pareciera depender de nuestra sensibilidad. No cabe más extremo subjetivismo.

Constantemente asomados al abismo sin fondo – perfectamente superficial – de una u otra pantalla, caminamos por la vida con la cabeza gacha y volcados sentimentalmente sobre las imágenes que allí se nos ofrecen. Con la cabeza hundida entre los hombros, a paso de buey, nuestro rostro se agita en sintonía con las imágenes que proyecta la ubicua fábrica de sueños.

En un mundo convertido en supermercado, se nos ofrecen constantemente formas que nos atraen o nos repugnan y cuyo valor depende enteramente de nuestro sentimiento: la reacción del cliente decide el valor de una mercancía cuya realidad se reduce a su publicidad. Somos los clientes soberanos de un mercado espectacular. Y eso que llamamos democracia ajusta su forma a la de ese mismo mercado. También aquí los ciudadanos-consumidores compran con su voto la mercancía que el manojo abundante de líderes políticos nos ofrece. Pero así como pronto nos invade el tedio tras la compra del objeto artificiosamente deseado, también nos toma un aburrimiento irredimible poco después de entregar el voto. Esa insatisfacción y aburrimiento son el revés de nuestra extasiada subjetividad sentimental que pasa pronto de un estado al otro.

La contención es un requisito de la inteligencia, es un escéptico gesto de prevención, imprescindible para reconocer la realidad de lo que se percibe. El pudor nos preserva de una entrega inmediata, nos permite conservar un fondo inalienable en el que nos mantenemos a distancia en el espectáculo que somos unos ante otros. No indican indiferencia sino más bien todo lo contrario. Contención y pudor son signos de una verdadera compasión. Entre la compasión y el sentimentalismo media la misma distancia que hay entre los verdaderos amigos y los seguidores de nuestras redes sociales. La misma distancia que media entre la emoción contenida y profunda y su impostura ofrecida en emoticonos. La distancia, por fin, que media entre la verdad y la mentira, entre la realidad y la apariencia. Pero en nuestra sociedad esa distancia no existe, por eso confundimos el sentimiento con su enfática y teatral expresión.

Hace ya algunos años que una importante cadena de televisión se publicitaba bajo el eslogan “Tú sabes quién te emociona”. La verdad es exactamente la contraria, cuanto más emocionados menos sabemos quién nos mueve. Nuestra sensibilidad deformada consiente que seamos zarandeados. Preguntémonos por los autores de nuestras emociones y por la dirección en que se nos mueve. Es, finalmente, un problema de educación: contengámonos y veremos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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