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TRIBUNA

La oportuna muerte de Diana, 20 años después

sábado 02 de septiembre de 2017, 20:11h

Las lágrimas, cuando son públicas, conllevan siempre algún tipo de reacción en quien las contempla. En un primer y fugaz instante, lo normal es que provoquen empatía, pero esta dura muy poco. Son lágrimas que sirven, demasiadas veces, para acusar de debilidad a quien osa hacer delante de todos lo debería quedar en privado. Decía Marcel Proust que “el pueblo se inquieta al ver llorar, como si un sollozo fuera más grave que una hemorragia”. La tristeza, el desasosiego, la angustia, así como la enfermedad, nunca han gustado tan poco como ahora. Charles Chaplin tenía razón cuando afirmaba convencido: “Ríe y el mundo reirá contigo; llora y el mundo, dándote la espalda, te dejará llorar”. Por supuesto, con las consabidas excepciones sin las que no se podría hacer la regla. A aquellas lejanas lágrimas de Lady Di, por ejemplo, nadie les dio la espalda. Claro, que ella era una joven princesa, glamurosa y popular, madre de un futuro rey, que lloraba a causa de la persistente infidelidad de otro futuro rey, su hasta entonces marido. Sus lágrimas televisadas dieron la vuelta al mundo, dividiendo a la opinión pública. ¿Eran de cocodrilo o traicionaron a la princesa en plena entrevista? Como sólo quien derrama las lágrimas sabe de qué están hechas, es imposible que alguna vez lo sepamos.

Pero si la regla de no querer contemplar lágrimas en ojos ajenos tuvo la excepción, entre otras, de la princesa británica, no hay excepción que valga para la norma que prohíbe rayarse con oscuras conspiraciones. La gente se espanta con inusitado fervor frente a cualquier insinuación de complot, a pesar de que sean muchas las ocasiones en las que, al final, se demuestra que aquello que unos cuantos “chiflados” se empeñaban en llamar conspiración, lo era realmente. En relación a la muerte de Lady Di y Dodi Al Fayed en el túnel parisino hace ahora veinte años, la teoría de la conspiración siempre ha sido vista como el delirio de un puñado de zumbados, liderados por el millonario y dolido padre de Dodi. ¿Agentes del MI6 de incognito en París para activar un chip a distancia que anulaba el sistema de frenado del automóvil de la princesa justo en el momento en que circulara a mayor velocidad, en un punto del recorrido especialmente sinuoso y bajo tierra para impedir imágenes aéreas? ¡Menudo disparate! Sin embargo, ¿por qué no? Y, sobre todo, ¿por qué tanta energía furiosa en negar que puedan ocurrir cosas que sí se creen cuando leen una novela o van al cine? ¡Como si no hubiera quedado ya suficientemente claro que la realidad supera siempre a la ficción!

Diana fue la primera en denunciar la existencia de un complot para deshacerse de ella en un accidente de tráfico. Lo dejó incluso por escrito, diez meses antes de aquel 31 de agosto de 1997, en una carta enviada a su mayordomo, Paul Burrell. Su vida estaba en peligro, le anunciaba, convencida de que se estaba planeando: “un accidente en mi coche, con fallo de frenos y serias heridas en la cabeza para abrir el camino a que Carlos se case con Camilla”. Y, añado yo, para que dejara de tocar las narices a la familia política. Probablemente ni el propio Burrell la creyera en aquel momento, achacando la misiva a delirios de persecución de la frágil princesa. ¿Entonces, qué? ¿Coincidencia? Al menos, concédanme que sorprendente sí es. Más tarde, aunque Burrell sacó a la luz la carta con membrete del Palacio de Kensington – eso le pidió Diana que hiciera si ocurría lo peor – y nadie dijera siquiera que la misma fuera falsa, aquello no pasó de ser una mera anécdota. Como mucho, sirvió para reconocer en la fallecida ciertas dotes adivinatorias. Tampoco nadie quiso hacer caso a un tal Danny Nightingale, francotirador de las SAS (Special Air Services), cuando afirmó que su unidad de élite fue la encargada de llevar a cabo el asesinato con esa consigna universal de “que parezca un accidente”. El tipo ya lo había contado hace años, pero que Nightingale fuera condenado – casualmente cuando empezó a largar más alto - de posesión ilegal de armas le robó cualquier atisbo de credibilidad. La teoría del asesinato la recogió también Guennady Sokolov en su libro “The Kremlin vs The Windsor”. Según sus contactos, a los agentes de la inteligencia rusa en Francia les resultó sospechoso que días antes del accidente llegaran de incognito a París tres agentes del MI6. Por supuesto, para la mayoría se trató de otro chiflado – para colmo, ruso – y nadie quiso dedicar un segundo a reflexionar sobre cuestiones que, en todo caso, eran hechos comprobados y no meras elucubraciones. Por ejemplo, que Diana se encontraba sometida a un seguimiento de 24 horas dirigido por el duque de Edimburgo y los documentos de la red de espionaje por satélites Eckelon prueban que dicha vigilancia estaba activada el mismo día de su muerte. Que la patóloga Dominique Lecomte tomó la extrañísima decisión de embalsamar el cuerpo de la princesa, tras realizar la autopsia en la misma noche de la muerte, quedando comprometidas e incluso anuladas pruebas necesarias de cara a una posterior investigación. O que Trevor Rees-Jones, único superviviente del brutal impacto, después de diez días en coma aseguró no recordar nada. Veinte años después, sigue sin hacerlo. En todo caso, los defensores de las teorías de la conspiración saben de sobra que lo que caracteriza a un complot es, precisamente, su capacidad para seguir oculto durante muchísimo tiempo. Incluso para siempre.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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