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NOVELA

Diego Trelles Paz: La procesión infinita

domingo 03 de septiembre de 2017, 19:24h
Diego Trelles Paz: La procesión infinita

Anagrama. Barcelona, 2017. 224 páginas. 17,90 €.

Por Francisco Estévez

Fuerte la hipnosis producida entre muchos de esas aproximaciones a la escritura en los nuevos medios como el célebre caso hoy, olvido pasado mañana, de Miguel Bartual en twitter que no pasa de ser una variación folletinesca del microrrelato; atienden a una superficie en cuya novedad es sólo el medio pero nunca las técnicas ni el fondo, una vacuidad que transforma la lectura en palabra carente de peso. En sus antípodas y frente a las fruslerías se encuentra, por ejemplo, el experimento literario tan logrado en la exploración del lenguaje que es Conjunto vacío de la mexicana Verónica Gerber recién editado, por fortuna, en España (Pepitas de Calabaza, 2017) y en el que convendrá detenerse por extenso pronto. La férrea pujanza de la literatura hispánica sigue sin desmayo. Entre los contemporáneos con éxito en España se encuentra Diego Trelles Paz, quien practica el noble arte de la novela sin renunciar a contar los asuntos urgentes de su sociedad peruana.

Pudiera ser desafío acercarse de modo crítico a la obra de quien ya exploró el asesinato del crítico literario con éxito en su primera novela, El círculo de los escritores asesinos (2005). Con el estupendo texto de la segunda, Bioy (2012), logró el consenso crítico y cierto éxito de público con el estudio demorado de las formas dictatoriales y la densidad violenta de la sociedad peruana carcomida por los flecos autoritarios. Ahora con La procesión infinita, y desde la cita inaugural de José Emilio Pacheco, se realza que “el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio” y así pueda ser en un país como Perú, donde la presencia de una ausencia, aquella de Fujimori, produce un vértigo constante, una sombra ineluctable con sucia proyección en su actual Congreso. Fin de una trilogía, la presente novela remueve conciencias e incomoda al lector desde su inicio.

La novela se divide en tres secciones con estructura zigzagueante en tiempo y espacio que reproducen la zozobra de la violencia y la degradación individual del sujeto. Aparte queda el rico uso de subgéneros (diario, carta,…), técnicas narrativas, voces y registros lingüísticos con que viste las distintas intrigas a resolver y que exigen una lectura gozosa y atenta. El resumen de intrigas pudiera resumirse en cómo volver a habitar el terreno arrasado por la violencia. Esa violencia creciente que deja minada toda dictadura, y que irá despejando a salto de mata desde el presente ese novel detective que es ya el entrañable personaje de Pochito Tenebroso.

En definitiva, la presente escritura es una posibilidad de cómo ejercer una memoria deshabitada. Por ello se muestra la novela como recuerdo, París como desdibujada posibilidad, el valor de la amistad con el Chato (personaje saltarín entre novela y novela), el vértigo constante de un país diluido y, al fondo, la posibilidad del amor. Para mayor aderezo, además, el texto insufla nueva vida a aquella idea barthesiana del lector como escritor, motivo de alegría para cualquiera de nosotros.

La tendencia de cierta crítica desorientada señala a Trelles Paz con el simplón paralelo de Roberto Bolaño y en la estela de Mario Vargas Llosa. Razones quizá no faltan pero el tópico se impone siempre frente a la urgencia de la reflexión. Si el autor cuela unos sucedáneos de personajes bolañescos en sus novelas, al analizar sus comportamientos es palpable que tienen más de denuncia del cliché y su inmediata superación a través del calco desvaído y sarcástico. Otro tanto ocurre con ciertas similitudes que lo emparentarían con Vargas Llosa. Esas soluciones edípicas son puestas claras sobre el tapete por Pochito Tenebroso en La procesión infinita cuando afirma sentencioso: “Para escribir hay que matar y si no entiendes eso que es sagrado, no pierdas tu tiempo. Nunca vas a ser de verdad”. Si Pochito Tenebroso apuntaba a Trelles Paz, el autor ha tomado unamuniana nota de su propio personaje.

Transmitida con pulso firme hay una voluntad en Diego Trelles Paz por la cual su escritura no acepta lo heredado socialmente sin cuestionarlo desde el lado artístico y al mismo tiempo y de igual valor, es rasgo de su muñeca el continuo cuestionamiento temático y técnico de todo lo heredado artísticamente. Ambas cualidades tan poco comunes le convierten en escritor admirable y novelista de arrestos. Y más allá, con La procesión infinita traza una historia de amor en ese complicado momento de recuperar la libertad en un país lastrado por el gris dictatorial. De un modo u otro, acaso nos apela a todos esta historia de hoy, de siempre.

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