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TRIBUNA

La yenka

domingo 03 de septiembre de 2017, 21:03h

Los rostros del separatismo catalán son a la vida española lo que las caras de Bélmez a la fenomenología paranormal: la farsa de unos caraduras. Como aquellos fantasmagóricos semblantes que aparecían y desaparecían en las paredes y fogones de una casa andaluza, también el espectro del independentismo en Cataluña lleva cuarenta años manifestándose y ocultándose en la casa de todos, metiendo y quitando miedo, con la matraca de su descarada manipulación. Retorcer una manifestación en contra del terrorismo y a favor de las víctimas exhibiendo complejos y veleidades de política de campanario es de miserables. El bochornoso espectáculo que desde el día de la masacre continúan dando los separatistas resulta una afrenta al sentido común. No les importa mostrar al mundo su mayor distancia del orden constitucional que del terror yihadista. Han adulterado los momentos de dolor gritando: tenemos las urnas. Merecerían el título de demócratas del año de tanto exhibir su querencia por ellas. Amantes de la democracia a su manera, llevan tiempo amagando con la desconexión pero sin pegar, como el púgil que baila sobre el ring sin atreverse acercarse al rival. Durante las últimas décadas, la trayectoria del separatismo en Cataluña se asemeja al baile de la yenka: izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un, dos tres. Desde Jordi Pujol a Artur Mas pasando por socialistas y tripartitos, los dirigentes de la Generalitat han bailado con el Gobierno central tensando la cuerda pero sin atreverse a romperla proclamando aquél Estado Catalán como hiciera el golpista Luis Company contra la II República. Amenazan ahora con que van en serio. O sea, antes no. La seriedad les viene por las urnas, ese raro objeto de deseo del secesionismo.

Pedro Castro, el que fuera alcalde de Getafe, sermoneó una vez diciendo que quienes votan a la derecha son tontos de los c… Con su finura dialéctica ¿qué diría hoy de los votantes de esos partidos independentistas que en Barcelona han estado más lejos de las víctimas que de los terroristas, más agresivos contra el Estado español que mantiene presupuestariamente la bancarrota catalana, que contra el Estado islámico que pretende aniquilarlos? No es digno ni razonable tanta tolerancia y apaciguamiento hacia una religión y tanta beligerancia y escarnio contra otra. Si todas las religiones son iguales ¿a qué viene esa doble vara de medir permisiva de asaltos solo a capillas y burlas únicamente de monjas y sacerdotes? Si la creencia en el más allá constituye un derecho fundamental, ¿por qué algunos se empeñan en propinar mamporros a la fe católica y hacer carantoñas al Islam? Si como sociedad no nos planteamos el motivo de esa inasumible discriminación, es que vamos resbalándonos por una inquietante pendiente de sectarismo y mentira hacia la cobardía y, quizás, hacia la tragedia, porque cuando ni la tragedia nos une como españoles, es que estamos próximos a ella. Eso sí, para bailar la yenka, todos a una.

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