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TRIBUNA

España trágica o invertebrada

lunes 04 de septiembre de 2017, 20:51h

Ya no valen las quejas. Ya no sirve de nada decir “pudiera haberse hecho tal o cual cosa”. Ya ha quedado atrás la ostentación de los sabihondos. Ahora vivimos el tiempo de las sencillas verdades. O sea reconozcamos que vivimos instalados en el desastre: no se trata de la independencia de Cataluña sino de la destrucción de España. Esto es más que literatura costumbrista. Es la realidad. Esto es más que pasado remoto o próximo. Es un presente humillante para quien busca formas trascendentes de convivencia. Estamos a la puerta de la muerte de la política, de lo común, de España.

Sin embargo, millones de cobardes creen que todo se solucionará con la independencia de Cataluña. Millones de estultos creen todavía que no se ha dado un golpe de Estado en Cataluña. Millones de miserables con DNI español en todo el territorio odian su propia identidad. La España trágica está delante de nosotros. Los historiadores futuros de este período repetirán lo sabido: este pueblo no tiene solución, ni tiene gente que sepa mandar ni gente que siga dócilmente la inteligencia. Sus grandes problemas carecen de solución. Solo podemos historiarlos y, después, ocultarlos con libros ideológicos. La España trágica persigue a los españoles como si fuera su destino. Los dirigentes políticos e intelectuales de hoy son similares a los de ayer. Mediocres. Y, además, su avidez voluptuosa de posesión es incapaz de moderación. Desprecian la inteligencia y quieren más poder del que pueden abrazar. La España trágica se impone en este final de la democracia del 78.

Llegados a este punto solo los estultos despreciarán el consejo de Baltasar Gracián: ante malicia, milicia. Se presiente la violencia, la sangre y la muerte por toda Cataluña. Por España. El Gobierno de la nación guarda un ominoso silencio y el mesogobierno de Cataluña prepara la ocupación salvaje de calles y plazas. No es un enfrentamiento de legitimidades sino el fracaso total de un sistema democrático. Los separatistas catalanes, junto a los vascos, han conseguido imponer su “agenda” intelectual, política y económica a toda España, y ahora llevarán a cabo una gran movilización el 1-O no tanto para simbolizar su poderío como para seguir destruyendo España. La declaración de independencia, la ocupación de los espacios públicos, la expulsión del discrepante no son juegos sino realidades. No insultemos a la inteligencia llamándoles locos, nazis y cosas así. Solo son españoles que no soportan serlo. Enfrente, tampoco nos engañemos, no hay demasiado qué rescatar, porque el Gobierno, por un lado, ha huido de la política como si se tratara de la peste y, por otro, la Oposición se ha entregado al particularismo del partido o de los separatistas. ¡De los medios de comunicación para qué hablar! O dependen de unos o de otros.

El discurso democrático y, sobre todo, las bondades que nos ha traído la “política”, incluida la Constitución del 78, fueron solo un recurso retórico para decir que lo importante es que “crezca la economía”. A la “agenda” separatista nunca se la combatió con los principios de la Política. Ahí está contenido todo nuestro drama. La carencia de un quehacer colectivo, o peor, la falta de ilusión por un proyecto sugerente de vida en común nos persigue como si fuera nuestra propia sombra. Nuestro problema es, pues, político, ¿o existe alguna otra fórmula mejor para definir la política como “un quehacer común”? El particularismo sigue siendo nuestra enfermedad. Es el cáncer de la política española, por eso, precisamente, Ortega y Gasset planteó el “separatismo” catalán y vasco como una forma más de particularismo. El mal antipolítico tenía múltiples manifestaciones, o mejor, estaba a un tiempo en todas partes. El particularismo al que se refería Ortega no sólo era el de las regiones sino también el de los grupos y clases sociales, incluso las instituciones más altas y representativas, como la Iglesia, la Monarquía, el Parlamento, el Gobierno, el Ejército, tenían igualmente un alma “particularista”. Nuestro particularismo de ayer como el de hoy es ubicuo. Ahí reside la genialidad del planteamiento que hizo Ortega en su España invertebrada, un libro que aún no ha sido, perdón por la expresión, digerido por la Academia española.

Más que un lamento sobre nuestro pasado, esa obra es aún un proyecto de vida en común a partir de nuestras miserias individuales y colectivas. Es un libro Político para aquí y ahora. Hagan una sencilla prueba para probar mi afirmación: ábranlo al azar, lean por cualquiera de sus páginas, y no dejarán de asombrarse de la contundencia y atractivo de su expresión para nuestro presente. Es lo que hago yo ahora a modo de “ejemplo”, o sea, abro el libro, leo y transcribo: “Pues bien: la vida social española ofrece en nuestros días un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimientos estancos. Se dice que los políticos no se preocupan del resto del país. Esto, que es verdad, es, sin embargo, injusto, porque parece atribuir exclusivamente a los políticos pareja despreocupación. La verdad es que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto del país existen mucho menos los políticos.”

Casi un siglo ha pasado desde que escribiera Ortega esas líneas; llamaban la atención en la España del año 21 del siglo pasado, pero podrían valer para la España de 2017. ¿Significa eso que el filósofo se adelantó a nuestra época? Sin duda, pero lo más relevante no es la propia profecía sino su fundamentación en el estudio de nuestra historia. Esa falta de sintonía entre dirigentes y dirigidos, entre “políticos” y el “resto del país”, en fin, entre minorías y masas no es algo propio de una determinada época sino que es parte constitutiva de la historia de España. Tragedia sobre tragedia.

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