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TRIBUNA

Mamás sin compasión

miércoles 06 de septiembre de 2017, 20:17h

Comienza un nuevo curso escolar y las familias o sus restos se disponen en la línea de salida. Tiene poco de metafórica esa imagen competitiva. Padres y madres acuden al primer día de escuela con la mejor sonrisa y un bronceado espectacular. El encuentro me ha recordado a menudo la entrada de un teatro en día de estreno. Así como en el teatro los privados e íntimos del artista cortan el traje al otro, así también los grupos de madres y padres acuden a sus íntimos para declarar sus impresiones. Es el murmullo de un repugnante comadreo que no pasaría de ridículo, de no ser por el enorme riesgo que encierra para la salud espiritual de las criaturas que asisten al espectáculo, como llevados por sus “representantes”.

De entre los “revolucionarios principios” de la moderna pedagogía acaso sea el primero que los niños reproducen los modos y maneras de los padres. Ser padre es situarse bajo el foco de una incesante e intensa contemplación que comienza siendo un asombroso embeleso. Mirar a los ojos al hijo recién nacido es un ejercicio de mística espiritualidad y de efectos indudables. Esos ojos te vigilan absortos en los primeros años y a menudo devuelven una imagen que no nos agrada. Semejante desagrado hiere profundamente, porque es índice de nuestros límites y de nuestros errores, es la imagen veraz de nuestro feo rostro. Pero es también la ocasión propicia para corregir el gesto, haciendo verdadero propósito de enmienda. Por más que ese propósito de enmienda sea compatible con la certeza de incurrir mañana en el mismo error del que ahora nos arrepentimos.

En un colegio de la Argentina ha sucedido que el murmullo de los íntimos ha llegado a oídos de todos. Se ha roto el silencio en torno a esas declaraciones privadas y se ha evacuado la podre que encerraba su conversación (la palabra “íntimo”, procede de la misma raíz que “tumor”). Las mamás, que así se citan en la noticia, celebraron impúdicamente en su cerrado grupo de WhatsApp la expulsión de un alumno diagnosticado de síndrome de Asperger. Sus hijos se libran, por fin, de esa indeseable compañía. No juzgo si el sistema educativo ha de promover o rechazar el programa de una perfecta integración de toda la población, lo que parece significar una homogeneización forzada según los parámetros de una pedagogía política que es, cuando menos, discutible. Lo que produce alarma en esta noticia aparentemente insignificante es el modo egoísta y gregario de la celebración, el olvido sin matices o la perfecta despreocupación con que se celebra la salida de un compañero, cuya personalidad no tolera o, al menos, dificulta seriamente su integración. El grupo de los homogéneos se deshace con alegría del extraño.

En España se expresa a menudo una gran preocupación por las habilidades sociales de nuestros jóvenes. El afán por socializar es casi una manía: el silencio, el juego solitario, la distancia del grupo se conciben indefectiblemente como indicadores de una disfunción psicosocial. Pero esa llamada socialización es una farsa que se limita a una relación superficial, orientada por el beneficio individual que pueda obtenerse de la misma. El prójimo se convierte en instrumento del propio éxito, al margen del cual de nada nos vale. Aislarse en este medio social competitivo, rechazar las alianzas en la guerra de todos contra todos, significa situarse en una posición de riesgo. El solitario se convierte pronto en víctima.

Pero esa soledad llega indefectiblemente en la sociedad del contacto efímero y la relación instrumental. Llega cuando uno deja de ser una magnitud mínimamente apreciable en la pugna por el éxito, cuando deja de ser alguien significativo en la agenda de contactos de los demás. En el régimen de la socialización infantil y del constante aprendizaje de habilidades sociales los viejos mueren solos. En breve podrán optar, como sucede ya en sociedades avanzadas, por una higiénica eutanasia.

Quizás sea éste el aspecto más inquietante de la honda crisis del llamado Occidente. Indica una pérdida de la compasión que sólo puede proceder de un auténtico colapso de la vieja forma tradicional de comunicación. Indicio del mismo colapso es el hecho de que hoy resulte políticamente incorrecto señalar que esa idea tradicional de comunicación es de naturaleza estrictamente religiosa.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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