Cabe la posibilidad de hablar sobre Yugoslavia y experimentar la sensación de estar invocando a un pasado lejano. Las generaciones más jóvenes pueden poseer una información relativa otorgada por los libros de texto o por una búsqueda más interesada y particular en novelas y ensayos. Las generaciones menos jóvenes pueden atesorar un recuerdo más vívido y real. Pero, unas y otras, invocan de igual manera un pasado. Sin embargo, el autor serbio Dragan Velikic se revela poseedor de una sensibilidad y una lucidez suficientes para armar una historia de historias que, formando una ruta a través de varios personajes, serpentee por todo aquello que supuso la fragmentación de un país de países sin evocar tiempos pretéritos. Su prosa puede revivirlo todo y transformarlo en presente.
Bonavia es, fuera de la ficción, un antiguo hotel enclavado en Croacia. En las páginas de este libro es el título que recoge un profundo y robusto análisis literario de las consecuencias humanas que puede provocar la disolución de un país. Hay, en la manera de narrar (y por tanto de observar) de este escritor una clara determinación: retratar. Pero, como todos los grandes artistas, sus retratos tienen una pincelada única, capaz de transformar una realidad en algo más. Las herramientas que utiliza son variadas, pero siempre acertadas; pasajes de categoría ensayística, reflexiones en apariencia inocentes cuya esencia es puramente filosófica, una percepción poética que ilumina los sentimientos más lúgubres y melancólicos de cada uno de los protagonistas de esta historia… En Bonavia, las vidas de los personajes se entrecruzan sin que ellos puedan hacer nada por evitarlo o, al más tiempo, por aprovecharlo. Es el azar combinado con la existencia, partes de un mismo todo.
Resulta arriesgado pretender diferenciar en la narrativa de Velikic una parte de cronista y otra de novelista. Aunque este relato vive esencialmente de lo uno y lo otro, su prosa es indivisible. No hay una intención que prevalezca sobre la otra. Todo está tan medido, tan conectado, que la lectura que se pueda hacer de Bonavia ofrecerá distintos puntos de vista (valiéndose de las andanzas de los personajes) que compondrán un único retrato final.
Yugoslavia es un paisaje que se difumina y descubre a lo largo de toda la novela. Pero, ante él, discurren las relaciones humanas, las incertidumbres, la incapacidad de dejar el pasado atrás, la necesidad de huir y el descubrimiento de que es imposible hacerlo sin volver la vista atrás una sola vez. Porque el pasado no es pasado, puede ser eternamente presente. Así lo demuestra el autor mediante las encrucijadas construidas y apostadas en los diferentes estadios de una vida. Vidas en particular enfrentadas a una vida común. Voces distintas cuyo rumor se entremezcla para ofrecer como resultado final una introspección intensa, donde la sucesión de los hechos juega siempre su propio papel determinante. Un laberinto donde se muestra renuncia, salvo en la prosa. La literatura se alza como arma imprescindible para atacar la magnitud de la memoria, la vastedad de los actos y sus consecuencias.