Pocas semanas después de los atentados del 11-S, se difundió un mensaje grabado por Osama Bin Laden en que celebraba los atentados terroristas. Entre las muchas acusaciones que lanzaba contra los Estados Unidos -y, por extensión, contra Occidente- deslizó una referencia temporal que no debería pasarnos desapercibida. El líder terrorista decía: “Nuestra nación (el mundo islámico) ha estado probando esta humillación y esta ignominia durante más de 80 años”.
¿Por qué 80 años? Bernard Lewis lo advirtió con precisión académica: se refería a la derrota y descomposición en 1918 del sultanato otomano, el fin del imperio, la captura del sultán y la división de buena parte de sus territorios entre los vencedores de la I Guerra Mundial. Desde entonces, nadie ha reemplazado la autoridad del sultán entre los musulmanes ni ha surgido una potencia internacional que desempeñe el papel que tuvo el Imperio Otomano. En efecto, como sigue advirtiendo Lewis, el sultán no solo era la cabeza de un Estado determinado, sino que era reconocido como califa, es decir, como máximo dirigente de todo el islam sunní. En marzo de 1924, también el califato fue abolido. Terminaba así una institución de más de mil años cuyo primer dignatario fue Abu Bakr, que se había autodesignado “jalifat rusul allah”, es decir, “vicario del enviado de Dios”.
Así, lo que vino tras el Imperio Otomano supuso un terremoto para buena parte del mundo islámico -y en especial, para los países árabes y Turquía- que aún deja sentir sus efectos. Desde los regímenes laicos según el modelo de Atatürk o los partidos Baaz de Irak y Siria hasta las monarquías del Golfo, el mundo árabe desde Marruecos hasta Irak sigue buscando una alternativa a la Sublime Puerta desaparecida. Algunos han intentado ocupar su lugar como sultanato y califato, pero nadie lo ha logrado.
Así, cuando Bin Laden, Ayman al-Zawahiri, Abu-Yasir Rifa'i Ahmad Taha, Shaykh Mir Hamzah y Fazlur Rahman, líderes de distintas organizaciones terroristas, proclamaron la “Yihad contra judíos y cruzados” el 23 de febrero de 1998, la aspiración que latía bajo el llamamiento a la guerra era la reinstauración del califato perdido. La doctrina de la llamada “resistencia islámica global” que formuló el sirio nacionalizado español Mustafa Setmarian dio forma a este terrorismo yihadista internacional de pequeñas células que operan de forma independiente con líder o sin él.
La irrupción del DAESH y el control de territorio tanto en Siria como en Irak llevó a la combinación de distintas tácticas terroristas. Así, el ISIS emplea, por una parte, el combate en campo abierto como si se tratase de un ejército convencional -aunque sin respetar el Derecho de los conflictos armados- y, por otro lado, el terrorismo de células independientes y “lobos solitarios” que, a menudo, no lo son tanto. El poderosísimo aparato de reclutamiento y propaganda a través de redes sociales y foros en internet ha ampliado las filas de la organización de Al Baghdadi que, al igual que antes Bin Laden, ha aspirado a resucitar el califato hasta el punto de ser proclamado califa el 23 de junio de 2014. La serie de derrotas que el DAESH viene sufriendo en Irak y su retroceso en Siria han socavado la autoridad que pretendía ejercer y el liderazgo que llegó a tener entre las organizaciones yihadistas de todo el mundo. Sin embargo, esto no ha disminuido la aspiración de restaurar el califato, sino que ha subrayado su necesidad como forma de organizar un Estado islámico “puro” que consideran necesario.
Este ideal de retorno a un islam del pasado -que evoca el que vivieron el Profeta Muhammad y sus primeros compañeros- no forma parte sólo del discurso yihadista. También las organizaciones islamistas, que no necesariamente son violentas, aunque sí aspiran a implantar el islam como forma de organización política, comparten esta nostalgia de un gobierno según su interpretación religiosa. Desde esta perspectiva, el mensaje del Profeta impone el establecimiento de un Estado islámico cuyas instituciones y normas estén basadas en la sharia como sistema político-jurídico.
Así, el choque entre las organizaciones yihadistas e islamistas y las democracias occidentales -entre las que se cuentan los Estados Unidos desde su propia fundación- tiene un fondo histórico mucho más profundo que las zonas de conflicto que Bin Laden y sus aliados enumeraban en sus mensajes de vídeo o sus proclamas. Esta nostalgia de un pretendido Estado islámico auténtico -lo que implicaría la acusación de que los existentes no lo son- y el deseo consiguiente de restaurar el califato perdido hace casi cien años han inspirado una ideología de terror y muerte cuyos terribles efectos vio todo el planeta hace ahora 16 años.