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DESDE ULTRAMAR

México cimbrado: números y redes sociales

Marcos Marín Amezcua
jueves 28 de septiembre de 2017, 20:33h

10 mil millones de dólares y el 1% del PIB. En eso cifra de forma conservadora Enki Research, división de Enki Holdings de los Estados Unidos, el costo de la reconstrucción que provocó el terremoto de 7.1 grados que azoló México el 19 de septiembre de 2017.

Junto con lo provocado por el terremoto del 7 de septiembre anterior, se alcanzaría el probable 2% del PIB afectado. Pero esto apenas empieza. No es lo mismo pegarle a dos provincias que aportan proporcionalmente poco al crecimiento nacional –Oaxaca y Chiapas– muy afetadas desde luego, que golpear a la fuente generadora de más del 25% de aportación de riqueza que suponen ser la capital de la República y las provincias circunvecinas, en donde empresas colapsaron y otras deberán afrontar severos daños de sucursales con la consiguiente posible pérdida de empleos, clientes, ventas e isumos.

En la entrega pasada cerré mi columna diciendo que me preocupaban de inmediato los índices de la economía y solo a cuentagotas vamos sabiendo los terríficos números que pergeñan un panorama sombrío, complejo, que nos dejan profundas dudas acerca de si los fondos disponibles alcanzarán y en paralelo nos preguntamos cómo se administrarán los ingentes donativos recibidos. Si tan solo el PRI y sus funcionarios corruptos, e impunes muchos de ellos, no se hubieran robado enormes cantidades de dinero público, dispondríamos de mejores condiciones.

Por supuesto que son más importantes las cifras de muertos y heridos. 331 muertos arrojó hasta hoy el terremoto del 19 de septiembre. Y 430 sumados los que generaron los tres sismos registrados en menos de 15 días.

La encomiable movilización de la sociedad, la capacidad de respuesta, la ayuda internacional, donde España ha jugado un papel primordial y ha estado solidaria desde el primer momento con los mensajes de condolencias del rey Felipe VI y del gobierno español, son sumamente valorados y nos animan mucho. La presencia japonesa ha causado profunda impresión. Yo solo puedo externar un sentido “muchas gracias a todos”.

Para mí ha sido el terrremoto que más me ha puesto en la tesitura de sentirme en verdadero riesgo. Una chica rescatada ha testimoniado su experiencia finalizando preguntándose porqué ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Esa pregunta nos la hacemos muchos, tal y como se la formulan quienes ayudaron, quienes prestaron su invaluable apoyo. Lo acontecido nos obliga a valorar la oportunidad de vivir y de aquilatar lo que realmente es importante en nuestra existencia. Planteárnoslo no sobra, pues.

El terremoto no ha dejado títere con cabeza. Las afecfectaciones a edificaciones emblemáticas o estratégicas de la Ciudad de México, desde su aeropuerto o su primer rascacielos hasta iglesias del periodo virreinal –en 600 se cifran los inmuebles históricos afectados como resultado de los sismos recientes– incluyendo al arrasado patrimonio cultural en localidades apartadas o en sitios que tenían por atractivo sus construcciones coloniales, ahora arrasadas, anticipan pérdidas multimillonarias. Muchas de ellas datan del inicio de la colonización española. De estas últimas, su reconstrucción se antoja ni rápida ni prioritaria. Sus números son de vértigo. Resulta muy penosa la pérdida del patrimonio histórico.

Reconstruir por igual viviendas (de 16 a 20 mil tan solo en Morelos, una entidad cercana a Ciudad de México) o centros de trabajo, edificios religiosos y edificios públicos dañados, de muy diversa índole, de los murales de gran valía del palacio del gobernador de Tlaxcala hasta los tribunales de la capital –que esta vez con daños estructurales que no pueden minimizarse y ponen contra la espada y la pared al poder judicial capitalino, los está inutilizando irremediablemente y no hay dinero para edificar otros– suman casos e incrementan la cuantía de las pérdidas. Dibujan una realidad complicada.

La ayuda nacional e internacional absolutamente inconmemsurables, nos han dejado perplejos y nos han motivado a continuar tareas de rescate, pero también a exigir el debido manejo y destino de los fondos donados, de los dineros públicos existentes, de una necesaria recomposición del presupuesto público anual de 2018 –que ya se había presentado y debe de rehacerse– y a justipreciar el golpe seco a la economía que significa estos movimientos telúricos.

Los edificios derrumbados en el momento o en los días inmediatos, en Ciudad de México, suman 80, que ya los afectados de multiples maneras, son más de 3 mil y algunos, no todos, en condición de ser derribados y con muchos más quedará la duda tal y como sucedió en los sismos de 1985, de saber hasta dónde son peligrosos o si convendría dejar de utilizarlos. Si fueramos estrictos y rigurosos serían cientos y una ruina total. Esa es la cruda realidad del porqué no se puede impedir el uso de todo lo estrictamente afectado. Así de sencillo.

Mi experiencia ha sido proactiva. Es la primera vez que he utilizado las redes sociales para contribuir en la medida de lo posible a enlazar ayudas y apoyos, a contactar auxilios, a difundir información necesaria y oportuna para facilitar la colaboración. Me he sumado a miles que han hecho lo mismo. Y ello me ha permitido medir a una sociedad impactada que ha pasado del normal caos a una organización y a una capacidad de reacción notabilísimas, que contrasta con una clase política rebasada. Ese caos que refiero nada diferente al de Manhattan en 2001 y de Madrid en 2004. Las redes sociales han permitido enfrentar también a los falsos protagonismos de usuarios tontos.

El terremoto de 2017 es aleccionador. Se marcha un septiembre negro en el que México afrontó en este orden, un huracán, dos tormentas tropicales, un terremoto, otro huracán y otra tormenta tropical y un sismo más con sus respectivas réplicas.

México está de pie, pero está de luto.

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