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TRIBUNA

México y la gestión del terremoto

viernes 29 de septiembre de 2017, 20:36h

Como todo sabemos en este paÍs se desataron los demonios del terremoto. Cinco estados, por lo menos, tienen daños graves. Han muerto casi 400 personas. Hay desolación y un poco de mitología sobre el desempeño de los voluntarios, quienes, todo mundo lo sabe, surgen siempre cuando hay una emergencia.

Se ha planteado una división entre los defensores del empeño ciudadano y los denostadores del trabajo gubernamental. Al final el gobierno arreglará, o no, todo el tiradero. La sociedad Civil se fatiga a la semana. Los partidos políticos se tironean la bandera redentora y dicen cómo van a colaborar mediante el rechazo del subsidio público a sus actividades.

Y mientras los partidos se meten al torneo de la generosidad (¿quién da más?, nos dice el hombre del atril y el martillo), las ocurrencias se apilan como en su momento se amontonó la piedra rota en los edificios partidos y desvencijados por los sismos, aquí y en otras tristes partes del más triste país; y por encima de ella, después, la cordillera, la avalancha de ayuda solidaria.

Los miles y miles de cajas y alimentos y botellones de agua y todo cuanto Dios sabe cómo ha ido llegando en la infatigable marcha de los hombres y las mujeres convertidos en hormigas tercas cuyos túneles, laberintos y galerías bajo la tierra no pueden ser destruidos del todo, porque ellos mismos los van reconstruyendo cuando ni siquiera se acaban de caer por completo.

Todos anhelan encontrar personas vivas a las cuales se pueda rescatar en condiciones de esperanza para una vida futura. Pero mientras más tiempo pasa menos vale la paciencia. Es un poco aguardar sin esperanza, pero nadie lo quiere decir y la noción íntima se vuelve reclamo político: No a la maquinaria, no a la remoción, no al mínimo riesgo, como si alguien hubiera dicho lo contrario.

Así gritaban muchos meses después quienes pedían el rescate de los mineros de Pasta de Conchos, Coahuila a sabiendas de su --para entonces-- ya lejana muerte.

--Queremos los cuerpos. Queremos algo sobre lo cual llorar, así sea un puño de tierra impregnada con sangre. Así somos los humanos. Pero también otras especies.

Leo a Mauricio Maeterlinck:

“…Las antenas, que suplen a los ojos entre las hormigas, pues muchas de ellas ven tan poco que puede decirse que muchas de ellas son ciegas, suplen también a la palabra (cualquier semejanza con los humanos y los medios, las antenas y la ceguera social, es asunto de cada lector). Todos las hemos visto ir y venir por los senderos que rodean al nido. Casi siempre que se encuentran unas con otras, se detienen un momento y se dan golpecitos con el flagelo, como si tuvieran algo que decirse. ¿Acaso no tienen otro medios de comunicarse, entre sí?

“Lo cierto es que en un hormiguero atacado o molestado nada más, se propaga la alarma con una rapidez tan fulminante que no se puede explicar, sino a merced de un haz de reacciones celulares, instantáneas y unánimes, nerviosas o síquicas, como las que se realizan en nuestro cuerpo cuando se ve seriamente amenazado o gravemente herido…”

Maeternich nos explica este sistema de comunicación cuya velocidad es fulgurante y en un mismo sentido. Pero no dice si después de movilizarse ante una emergencia o un desastre, las hormigas celebran entre sí, dichosas, su condición solidaria o si elevan su nido a condición de hormiguero ejemplar entre todas las naciones, como hacemos los mexicanos dados a la auto celebración ante nuestra actitud , como si nos quisiéramos sentir merecedores de una palmada la espalda, con nuestra propia mano y en nuestro propio lomo.

A fin de cuentas los humanos siempre reaccionamos así. Y si hay ladrones cuya vesanía le roba en la playa el manto desgarrado a Palinuro tras el naufragio, también hay quien se retira de la boca el pan para ayudar a un caído. Los humanos somos así. Unos mejores, otros peores.

Este país de cincuenta millones de miserables no requeriría una intensa actividad sísmica para hacernos ver su pobre condición. ¿O sí? ¿Lo acabamos de descubrir?

La reconstrucción toma a este gobierno en un punto casi final. Las instituciones han respondido con atingencia y con errores propios de la circunstancia. Coordinar los trabajos en cinco estado en condiciones tan distintas y tan diversas no es tarea sencilla.

Las Fuerzas Armadas han probado su lealtad con México de manera sobrada. Los ciudadanos han probado su fraternidad militante.

Pero el tiempo ha probado sus designios inexorables.

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