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TRIBUNA

A la espera de lo peor

Natalia K. Denisova
sábado 30 de septiembre de 2017, 19:54h

Una vez más hay que citar la clásica frase: El sueño de la razón produce monstruos. El problema es que el monstruo es real. El separatismo lleva a España al despeñadero. Rajoy es un político presto a desaparecer. Representa la quintaesencia de la cobardía de la casta política. Un país próspero, a pesar de lo que digan los quejumbrosos, y en crecimiento constante está cavando su fosa. El estancamiento económico seguirá a la ruina política y moral. Lo más grave es que nadie se salva: ni los que se han embarcado en los proyectos de regionalismos estrambóticos, ni los que con tibieza pasan de todo. Los pocos que levantan su voz para denunciar los crímenes políticos ya han recibido su castigo. Ir a contracorriente del buenismo pseudodemocrático y de los radicalismos totalitarios es equivalente al aislamiento voluntario. Admiramos a los valientes desde el sofá de nuestra casa, sin atreverse a hacer algo por la supervivencia del país que habitamos.

Una ocasión perdida fue el mediodía de ayer, sábado. La concentración voluntaria, convocada por pocos y acallada por muchos, logró que miles de personas saliesen a la calle con las banderas de España y con el texto de la Constitución. Nadie de los grupos parlamentarios quiso estar entre los manifestantes. Normal. Son cobardes. ¿Por qué ningún político quiso acompañarles? Todos, insisto, todos los partidos se sumaron a las manifestaciones de los “orgullosos” LGTBeistas, pero nadie se ha atrevido a sumarse a la manifestación de los españoles que no entienden España sin Cataluña, ni Cataluña sin España. Allá ellos, sobre todo, los que al principio se proclamaban defensores de la integridad de España, pero ahora se achicaron y se amarraron al sillón parlamentario como lo único valioso que les queda por defender. Dicho sea de paso, este acto libre y democrático no fue acogido suficientemente por los telediarios y los medios de comunicación.

El problema catalán es sólo una de las manifestaciones del regionalismo que confunde las particularidades de cualquier región con sus pretensiones de soberanía. Todos los partidos han confundido la nación con las autonomías, muchos cargos de relieve, tanto políticos como eclesiásticos, han regresado a una terminología del Renacimiento, vieja, anticuada y cutre; se refieren a las regiones como “pueblos”. Es la vuelta al tribalismo. El paso siguiente será utilizar el termino “naciones” para las comarcas, como sucedió con el Descubrimiento de América, cuando a cada tribu de 20-30 individuos se llamaban “naciones”, porque aquellas tenían su dialecto particular y fueron regidas cada una por su cacique.

En fin, la sedición no es de Cataluña sino de un Parlamento español que trata de vivir de lo que mata: España. Quedamos, pues, a la espera de que el fulano de Cataluña declare la independencia y el de Madrid tartamudeará: "todo está bajo control”. La indolencia del Gobierno de España y la violencia del separatismo catalán no sólo produce monstruos sino catástrofes.

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