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NOVELA

Joseph Roth: Fresas

domingo 01 de octubre de 2017, 18:13h
Joseph Roth: Fresas

Traducción de Berta Vias Mahou. Acantilado. Barcelona, 2017. 64 páginas. 10,58 €.

Por Ángela Pérez

Joseph Roth es un nombre insustituible de esa brillante literatura centroeuropea del pasado siglo. Autor de magistrales novelas como, entre otras, La leyenda del santo bebedor, La cripta de los capuchinos, y La marcha Radetzky, da cuenta de primera mano del desplome del imperio austrohúngaro, de sus consecuencias, y del término de un mundo que nunca volverá. Roth había nacido en 1894 en la ciudad de Brody, en la región de Galitzia, en un momento en el que esta formaba parte de ese imperio. Miembro de una familia judía, su vida no fue ciertamente fácil. No conoció a su padre, quien abandonó a su mujer antes de nacer él, lo que motivó el periplo del pequeño Joseph por el domicilio de distintos parientes. Combatió en la Primera Guerra Mundial, y a partir de los años veinte del siglo XX se estableció en Berlín, donde trabajó como periodista. La llegada al poder del nazismo le lanza al exilio, donde malvivió con escasos recursos, recalando finalmente en París. En la capital francesa murió el 27 de mayo de 1939, a los 46 años, tras largo tiempo internado en la autodestrucción alcohólica.

Felizmente, la editorial Acantilado está poniendo al alcance de los lectores la producción de Roth en excelentes traducciones. Últimamente, se publicó Ser amigo mío es funesto, correspondencia entre Roth y Stefan Zweig -otro grande recuperado por Acantilado-, y Abril. Historia de un amor, una deliciosa nouvelle, escrita por Roth en 1925, al comienzo de su carrera. Ahora nos brinda Fresas, manuscrito inconcluso, pero merecedor de atención. En su brevedad, muestra las indudables dotes narrativas de Roth y su capacidad descriptiva que nos sumerge en logradas atmósferas.

En Fresas en la de su Brody natal -hoy de Ucrania-, poblado por singulares personajes, que nos presenta la voz narradora del relato, Naphali Kroj, no menos singular, y misterioso: “Soy una especie de impostor. Así se llama en Europa a las personas que se hacen pasar por algo distinto de lo que son”. Aunque nos da alguna pista reveladora: “Apenas conocí a mi padre. Era un borracho. Venía a casa sólo una vez a la semana, se tumbaba en la cama, roncaba y hablaba en sueños. Nos maldecía. A sus hijos”. Tal como nos ha llegado Fresas, podríamos decir que estamos ante una nouvelle, no exenta de ironía: “En mi ciudad de origen vivían unas diez mil personas. De ellas, tres mil estaban locas, aunque no suponían ningún peligro público”. Un retrato de un paisaje -y un paisanaje-, presidido por un bosque donde “crecían las fresas más hermosas”. Esas fresas -“Todo el mundo recogía fresas”-, que quizá servían para unir a la variopinta población de la comarca

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