Después de tres mil años Troya fue destruida en dos ocasiones. La democracia en Cataluña también. En el Museo de Prehistoria de Berlín se conservaban los tesoros descubiertos a fines del siglo XIX en el emplazamiento de la antigua Ilión por el famoso arqueólogo alemán Heinrich Schliemann. Dichos preciadísimos tesoros, embalados en cajones cuando la amenaza de los grandes bombardeos sobre Berlín durante la II Guerra Mundial, fueron depositados en los sótanos de un castillo de Lebus, en los alrededores de Francfort del Oder. Terminada la guerra, el Museo pretendió recuperar aquellas riquezas, encontrándose con la prohibición de las autoridades soviéticas, que habían nacionalizado rápidamente el castillo como toda propiedad perteneciente a la aristocracia prusiana. Entonces se produjo la segunda destrucción de Troya. Abandonado el castillo, sus muros fueron pronto utilizados por los campesinos de la comarca, que aprovechando las piedras de la antigua mansión feudal, reconstruían las paredes de sus granjas. Por fin, sobrevino lo más trágico. Con ocasión de una boda, ceremonia que los aldeanos de aquella región suelen festejar entre otros juegos, rompiendo cuantos objetos de vajilla sea posible a la riqueza de los contrayentes e invitados, alguien recordó haber visto en los subterráneos de un castillo grandes cantidades de platos, figuras y otros objetos inservibles apropiadísimos para el caso. En efecto, aquella boda fue celebrada con esplendor que ninguno de los asistentes sospecharía. Muchos mosaicos que todavía sobraron fueron a parar al enlosado de algunas cocinas y habitaciones rústicas. Muy poco pudo ser recuperado.
No se trata de ninguna fantasía. La democracia en Cataluña ha sido destrozada dos veces como Troya con sendos golpes de Estado: el de Compayns en 1934 y el de Puigdemont en 2017. Más de ochenta años después de la proclamación del Estat Catalá por los golpistas contra la II República, los secesionistas catalanes han vuelto a saltarse la ley y la Constitución, humillando la democracia. Convocaron un referéndum ilegal y han intentado celebrarlo con urnas translúcidas, no transparentes, para ocultar el aluvión de votos que ya contenían antes de comenzar la votación. En la pantomima no ha funcionado ni el censo ni la identificación de los votantes. Menos garantías que aquellas votaciones a la búlgara, propias de los soviets. Aún los autores se empeñan en dar validez a la charlotada. Es como hacerse trampas al solitario. Un escándalo a la vista de todos. Los independentistas catalanes han perdido toda credibilidad siendo hoy el hazmerreír del mundo al querer construir un Estado con la misma alegría y confianza que si jugaran al monopoly. Frente a este desafío, a la sociedad española y a sus gobernantes le son admisibles toda suerte de actitudes; todas menos la indiferencia. No cabe solución a base de pacifismo blandengue y consenso fofo, acostados en claudicaciones, pues en el fondo late el desorden y la injusticia, nunca la verdadera libertad. Esa libertad que ha de ponerse bajo la protección de la Constitución. Y una defensa así exige voluntades firmes y decisiones fuertes.