Los indicios de una bajada en la sensibilidad política de los mexicanos se venían conociendo desde finales del siglo pasado. Pero a pesar de gravísimas crisis políticas y económicas y de tentaciones autoritarias, la relación sociedad-sistema político priísta se había mantenido funcionando.
El repudio social a los políticos durante las primeras horas posteriores a los terremotos del 7 y 19 de septiembre pasados fue más significativo: ya no las frases hirientes, sino el insulto, la agresión física y sobre todo las maldiciones a la política. Los focos rojos se han prendido en el sistema -que involucra por cierto a la oposición legal- porque ese repudio a los políticos se ha extendido a la política.
El proceso de despolitización -por llamarle de algún modo- tiene que ver con las expectativas. Desde mediados de los sesenta la bandera de la democracia fue la central en la agenda de la sociedad, pero la democracia llegó… y las cosas siguen… peor. México pasó por la alternancia del PRI al PAN en la presidencia de la república, pero el desencantó llevó a una nueva alternancia del PAN al PRI.
Los primeros indicios sobre las elecciones presidenciales del primero de julio del 2018 confirman las estimaciones pesimistas: cuando menos un 40% de votantes indecisos, cuando en elecciones anteriores llegar a cerca de 20 era demasiado. Y los candidatos independientes -sin partido- carecen de tendencia electoral, pero han dominado el discurso político por su repudio al sistema político institucional.
El sistema mexicano de partidos se movía en organizaciones de militantes; el PRI como partido dominante llegó a afirmar la militancia de 20 millones de personas, pero más por su organización corporativa donde todos los trabajadores, campesinos y organizaciones populares que tenían algún tipo de relación con el gobierno tenían que afiliarse al PRI, aunque al final no votaran o lo hicieran en contra. En el 2012 el PRI entregó a las autoridades electorales un listado de militantes de 10 millones de personas, pero la revisión exhaustiva -con documentos probatorios de existencia- bajó esa cifra a la mitad. En términos generales, los nueve partidos con registro legal acreditan una militancia total de 10 millones de personas, en un listado electoral de 85 millones.
Toda esta introducción sirve para subrayar un hecho inédito en la política mexicana: la baja simpatía social por la política. En la última encuesta de Latinobarómetro el 80% de los mexicanos declaró estar desencantado con la democracia. La votación promedio en las últimas elecciones ha sido de 55%-60%. El PRI gobernó de 1988 al 2000, el PAN del 2000 al 2012 y el PRI de nuevo desde 2012 con menos de la mayoría absoluta, en un sistema de gobierno de mayoría simple. Sólo por el PRI el presidente Peña Nieto acreditó el 32% de votos en el 2012 y subió a 38% por los sufragios aportados por su aliado Partido Verde.
La llamada de atención ahí está: las primeras encuestas electorales sobre el 2018 mexicano señalan una votación promedio de 55%, con el dato de que el ganador podría gobernar con menos de un tercio de votos -debajo de 34%-. Al PRI le ha ayudado el sistema legislativo donde, por ejemplo, acreditó en el 2015 el 29% de votos en votos distritales, pero por el reparto de diputados plurinominales por lista subió a 42%, en un ejemplo claro de sobrerrepresentación.
Lo que se encuentra detrás de estas cifras es el repudio social a la política, aunque al final la mayoría de los mexicanos logre beneficios de este tipo de política. Pero los últimos indicios de 2012 a los terremotos del pasado septiembre de 2017 revelan ya un sentimiento de repudio social hacia los políticos y hacia la política. En este sentido, algunos dirigentes sociales están encontrando las condiciones de una elección anti sistema/política/gobierno.
Las experiencias de independientes en cargos públicos también han prendido los focos de alarma: el gobernador de Nuevo León, el estado más rico y empresarial de México, era del PRI, ahí le negaron la candidatura, se presentó como independiente, enarboló la bandera de repudio a la política que lo prohijó y… ganó. Y aunque ha gobernado al estilo priísta, sus discursos siguen respondiendo a la política y se centran en la ciudadanización. Un joven estudiante en el estado de Jalisco, también de alta presencia empresarial, se ha dedicado a denostar a los políticos y ha ido ganando espacios electorales y simpatías nacionales.
Lo malo es que la política contra la política y contra el sistema está sentando las bases de una berlusconización de México. Algunos grupos miran con simpatía a Donald Trump no por sus desplantes disparatados, sino por su discurso anti sistema, anti Estado, anti gobierno. Y hay muchas simpatías entre sectores medios desclasados por el ejemplo bonapartista -habrá que re-releer El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Marx, para fundamentar el neopopulismo- de Hugo Chávez, hundido como farsa -de nuevo Marx- por Nicolás Maduro. En México los simpatizantes de López Obrador adoran a Maduro y defienden a Kim Jon-un.
Lo malo de estos escenarios es que hasta ahora la ciencia política no ha podido inventar un régimen de gobierno que funcione sin el modelo de la participación/representación política, a menos que miremos hacia los sistemas religiosos musulmanes o lo que recordamos de los sistemas comunistas pro soviéticos. Las nuevas de democracia más ciudadana no cuajan en sociedades acostumbradas a recibir beneficios a cambio de votos. Pero el gobierno sin política es el camino a la pérdida de identidad de lo ciudadano.
Los terremotos en México aumentaron el discurso social anti política/gobierno/Estado. Y en lugar de reivindicar la política, todos los partidos quieren subirse a la ola para sacar ventajas. Pero hay que mirar a Italia, donde los arrepentimientos tardíos tardarán una generación en lograr el regreso a la normalidad política.
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