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El dilema del golpista

sábado 07 de octubre de 2017, 11:05h
Puigdemont ha retrasado un día, hasta el próximo martes, su comparecencia en el Parlament. El mazazo reputacional que ha recibido con el traslado de sus sedes fuera de Cataluña de empresas catalanas tan emblemáticas e importantes como el Banco Sabadell y CaixaBank, escoltadas por otras, también de gran peso, ha destruido de un plumazo de realidad la mitología secesionista. "Nadie abandonará Cataluña", aseguraba no hace tanto Artur Mas. Pero ha ocurrido -está ocurriendo- lo contrario. Los empresarios están cumpliendo con su obligación: asegurar los activos de sus accionistas, los depósitos de los ahorradores e inversores y el futuro de sus trabajadores, poniendo sus sedes a cubierto en las zonas de seguridad protegidas por la Unión y el Banco Central Europeo. Otro mito que cae: los empresarios saben que la salida de España, también lo es de la Unión Europea.
La crispación desesperada de Oriol Junqueras ha resultado patética: "es sólo temporal" (y, en efecto, el abandono de Cataluña durará mientras dure la aventura golpista y secesionista); es "una venganza" del Estado español (por lo visto, el señor Rajoy tiene control sobre las decisiones que toman grandes grupos de fondos de inversión y de pensiones internacionales). No merece la pena seguir. Pero, si la merece reseñar que, con toda probabilidad, el Govern está dividido, porque algunos tiemblan ante el abismo, y les gustaría parar la deriva que lleva al precipicio. Sin embargo, la marcha atrás o el parón no es fácil. Porque la CUP exigirá una inmediata declaración de independencia o provocará la caída del Govern, lo cual llevaría a unas elecciones y un fin político patético para unos golpistas que quedarían a disposición de los Tribunales. Por eso, tratándose de sujetos iluminados y presa de un fanatismo nacionalista arrebatado, deberíamos apostar que lo más probable es que los golpistas opten por inmolarse en el altar de la patria irredenta, exponiéndose a la intervención de la Autonomía, su cese y probable detención.
Con todo, ganar horas y días con el señor Rajoy es siempre una apuesta inteligente: porque es lo que a él le gusta, que sea el tiempo quien resuelva todo. Da, además, espacio para intermediaciones, reuniones, diálogos y negociaciones. Tradúzcase al peculiar lenguaje de estos tiempos confusos: intermediaciones, entre cumplir y pisotear la ley; reuniones y diálogos fuera del Parlamento, que se inventó para eso,(para parler ensamble); y negociaciones con los golpistas. Todo un programa...de desastre. Por eso, cuanto antes intervenga el Gobierno Central y desaloje del Govern a los dirigentes y promotores del golpe de estado, menos riesgos se corren.
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