Reclamó ayer en el Congreso con cierto humor el Presidente del Gobierno, glosando una intervención del diputado del PNV, Aitor Esteban, que aludía a que España es un complejo país plurinacional y reclamaba (en obvia alusión a referenda en sus varios territorios) "contar" patatas, como conjuro de la crisis actual en Cataluña y de otras venideras. Al hilo de dicha alusión -y en su respuesta- Mariano Rajoy, ¡por fin!, pidió que se contaran también "las patatas españolas".
Nadie habla de ello y es obvio, a tenor de lo que hemos visto hoy en el desfile del 12 de octubre en Madrid (y en otras ciudades españolas) y el domingo día 8 en la descomunal manifestación en Barcelona. Existe una opinión abrumadamente mayoritaria que cree en eso que se repite en todas las Constituciones democráticas españolas desde 1812; a saber: la soberanía nacional, que corta a través de partidos, divisiones administrativas y territorios, y apela al conjunto de la ciudadanía, como principio democrático fundamental (mal que le pese a Pablo Iglesias, uno de los muchos líderes de la izquierda contaminado de nacionalismo)
No sería mala idea hacer caso del sabio consejo de Alfredo Pérez Rubalcaba y hacer referenda consultivos en los territorios llamados históricos, pero también en el conjunto de la nación. Ignorar los anhelos de una opinión independentista es una imprudencia, pero ignorar el clamor de casi 40 millones de ciudadanos, es una temeridad, sino no queremos que se cumpla la maldición gitana de Felipe González, cuando en días pasados -y con cierto humor macabro- nos advirtió que oía decir a los nacionalistas que el 1 de octubre "enterrarían a Franco", pero que se temía que lo que conseguirían sería "resucitarlo".