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TRIBUNA

España: ocasión o disolución

jueves 12 de octubre de 2017, 18:54h

A la hora de escribir estas líneas está todo dicho. El Sr. C. Puigdemont ha hablado para decir una cosa y la contraria, en indudable signo de debilidad. Su casi-declaración se limita a apelar a una mediación que se quisiera relativa a la rearticulación de las relaciones de la nueva Cataluña con la España restante. De hecho, apenas podría servir para mediar en la negociación de su propio futuro. Poco importan realmente sus palabras, como tampoco la silenciosa decepción, con signos de alivio, de la muchedumbre que rodeó el parlamento catalán. Esperábamos que se iniciara una tragedia que agradecemos que no se produzca. En su lugar se abre paso un vodevil, no exento de algún riesgo. Se repite mucho estos días el paso marxista que alude a las repeticiones históricas que se ofrecen primero como tragedia y después como farsa. Pero no olvidemos que en la comedia también hay enfrentamientos, llanto y muerte. Irrisorio sufrimiento, sin embargo, y muertos ridículos. Me temo que en esta segunda aparición del drama catalán resultaría irrisorio cualquier sufrimiento, ridícula cualquier muerte, lo que no significa que no fuera un sufrimiento real.

Pero ante esta farsa hemos perdido de vista la ocasión determinante que se nos ha ofrecido. Un gobernante audaz e inteligente sabría medir con precisión la oportunidad y el momento. Pero al mando se encuentra el Sr. Rajoy, ciego al kairós pero dueño de una astucia asombrosa, eficazmente movida por el miedo. Enredado en sus corruptelas y envejecido en las pugnas sin gloria del partido, su picardía de superviviente victorioso le ha permitido nuevamente alcanzar su objetivo con una pasmosa economía de medios. Su objetivo no es otro que sostenerse, manteniendo las condiciones en que puede conservar su presidencia.

En su cálculo pudo dar por perdida la batalla de la propaganda y la ideología, un terreno en el que la victoria es muy difícil desde que, abandonada la educación y la comunicación en todo el país, se produjera la honda desnacionalización de España que padecemos. Por el contrario, la pugna económica ha caído del lado del parsimonioso presidente, sin que haya tenido que hacer gran cosa. Simplemente se encuentra en el gobierno de un Estado realmente existente, implicado en la morfología económica vigente en una Europa de estados clásicos o canónicos. Las empresas y los bancos han iniciado tarde su movimiento de huida pero lo han hecho, finalmente, con evidencia suficiente.

Los movimientos del Sr. Rajoy se han limitado a acoger silenciosamente sanciones económicas, a administrar el cansancio de una población que quiere vivir en paz y asumir la imprescindible pena que recaerá, fundamentalmente, sobre los actores secundarios de la farsa. Experto en lentitud, no hay en sus gestos inacción, sino acción mínima. La independencia suspendida es, fundamentalmente, una amenaza de independencia o una independencia aplazada. Pero el amago deja ver un temor incalculable, acaso correspondiente al miedo que padece el astuto habitante de La Moncloa. Pero éste tiene ahora todas las bazas en su mano para persistir en su política inercial, de manera que, salvando las apariencias, se entregará a un diálogo que no es otra cosa que un arreglo discreto que permita prolongar la existencia actual de España.

Se habrá perdido la ocasión para la profunda reforma – no limitada a la estructura constitucional – que el país precisa. La estrategia dilatoria que ha seguido el secesionismo podría dar paso a un proceso negociador que no revertirá, sino que profundizará la aporía política en que estamos envueltos. La solución que se ofrece es mantener la disolución. Volver al mismo orden que fija una distancia creciente entre las comunidades, paliada por algún protocolo de solidaridad, según la idea vacía y ornamental de solidaridad que tan bien conoce el gentío sentimental. La radicalidad de las fuerzas secesionistas habría sido la única esperanza de una solución, no reducida a la triste prolongación de una tediosa y agónica di-solución. Frente a la radicalidad secesionista un audaz e inteligente gobernante vería ocasión para un cambio de rumbo. Rajoy – de una astucia adaptativa fuera de duda – convendrá un arreglo. Evitará un enfrentamiento que pudiera ser irrisoriamente doloroso y, salvaguardando siempre su posición, veremos pronto que – para bien o para mal – nada ha cambiado.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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