En México, quien sabe si en España, ahora tan ocupada en otros asuntos de secesión y desgarramientos fallidos, lo sepan todos, pero el principio básico del, gobierno, producido hace muchos años, por una centenaria y olvidada revolución, es la no reelección presidencial. Un presidente, Álvaro Obregón lo quiso olvidar y acabo muerto a tiros en un banquete infeliz.
Y en estos días una intentona de lograr la prolongación del Poder Ejecutivo no en una persona, sino en su esposa, ha fracasado. Esta es parte de una historia no escrita, la cual muchos se rehúsan a comprender así. Prefieren creer el cuento de hadas del ama de casa indómita y aguerrida. Allá ellos.
La renuncia de Margarita Zavala de Calderón al PAN (al no lograr la nominación presidencial del más antiguo partido del país y chocar con su actual presidente, Ricardo Anaya), tendrá dentro de ese partido muchos efectos, algunos de ellos temporalmente provechosos para Ricardo Anaya quien se ha quedado solo en el puente de mando del navío azul, pero con el riesgo de un motín a bordo.
Si la pendencia fue por la desmesura de forzar desde la presidencia del Partido su candidatura presidencial, al dejarlo sólo le han allanado el camino, le han quitado los obstáculos (uno a uno) y le han permitido llevarse –como dicen en los pueblos--, el santo y la limosna. Después de eso le pueden decir cualquier cosa.
En la política sólo cuenta la realidad, no las buenas intenciones o las malas ideas disfrazadas con la piel de la oveja. Pero también en la política lo único seguro es la inseguridad.
Cualquier estratega militar sabe los riesgos de abandonar no sólo el campo de batalla sino la plaza misma, como ha hecho la señora de Calderón, cuya buena fama y recatado estilo fueron sobrealimentados con los esteroides de la cursilería política y las encuestas “cuchareadas” hasta la saciedad, desde hace varios años, para presentarla como una lideresa redentora en el futuro de México, de manera tan alambicada y mediática, como para encubrir la verdadera intención del grupo político: la reelección de Felipe de Jesús del Sagrado Corazón Calderón Hinojosa.
Ese proyecto solamente podía lograr su prolongación mediante la candidatura de Margarita Zavala y la tolerancia de quienes debieron ser sus opositores.
Como no es posible, de acuerdo con la ley, la reelección presidencial, construyeron juntos, con frescura de rebozo y de tinaja, la reelección matrimonial. Contra ella no hay leyes ni previsiones. Una linda forma de pasarse de listo.
Pero la renuncia misma es un juego de espejos. La verdad es más sencilla: en el pleito de los calderonistas contra Anaya, los felipistas quisieron vencer por la emocionalidad y perdieron por la política.
Acusaron, con su ambición por delante, a Ricardo Anaya de ser un ambicioso, como si ellos y ella misma no lo fueran en grado superlativo, tanto como para albergar sueños de continuidad dinástica.
¡Ah!, como las enfermedades secretas, la ambición política ahora se contagia por los carnales caminos del amor.