¡Con la igualdad ganamos todos! Es una frase para la publicidad y, desde que la política es comunicación -lo dicen en la tele- también para la política. Quizá sea más verdad -la verdad, siempre tan lejana al aplauso- que con la igualdad unos ganan más que otros. Ahora hay que ver quiénes son los unos y quienes son los otros. La igualdad es un problema porque no somos iguales. La igualdad se consigue a base de posturas incómodas. Esas alzas en los zapatos. Ese caminar agachado.
Desde que entró en la Unión Europea, España ha recibido la igualdad en forma de fondos de cohesión y no conoció el precio hasta que no tuvo que ajustar el déficit. Lógica arturmasiana de primera hora: Cataluña es a España como Alemania es a Europa. El populismo es igual en ambas partes. Da igual que los fondos se destinen a Grecia o a Extremadura.
Ha sorprendido a propios y extraños Jean Claude Juncker, luxemurgués y jefe de los difíciles equilibrios de la Unión Europea, al decir que no quiere la independencia de Cataluña, región privilegiada, porque otros buscarán hacer lo mismo. Cosas de la igualdad, en un Continente plagado de agravios comparativos. Ahí está el norte de Italia, el sur de Alemania, el mordiente nacionalismo del Frente Nacional o de Alternative for Deutschland. Juncker prevé ingobernable una Unión Europea con 98 naciones, porque con 28 -¿restamos ya a Reino Unido?- ya es casi imposible ponerse de acuerdo. Podrían superarse las actuales normas de bandería europea -doce estrellas, "símbolo de perfección y unidad"- y estampar 98 estrellas amarillas iguales sobre el azul de la bandera de la Unión, la superestelada, apoteosis del nacionalismo de torre de Babel.
La Unión Europea se construye sin sentimientos, con una frialdad aséptica de cirujano. Sin seducción. Hasta ahora ha obedecido a un largo correr de capitales, en un mercado común amnésico en el que parece que nadie quiera remontarse a 1714, fecha en la que los catalanes cifran su descontento. Hay muchos más muertos y mucho más recientes, en Europa.
A Grecia, que son los pobres, no le sirvió de mucho el referéndum en el que el pueblo griego rechazó las medidas de austeridad que venían impuestas por la troika para seguir aportando los fondos de rescate de la economía. A Reino Unido, que siempre estuvo con un pie fuera, el referéndum le ha posibilitado una salida que todavía no termina de ver el final. En Cataluña, donde no ha habido referéndum sino intentona, las miras puestas en la comunicación, esa que dicen es la política, y el hermetismo sigue mandando. Estrellarse. Estrellarnos.