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ENSAYO

Andrew Nagorski: Cazadores de nazis

domingo 15 de octubre de 2017, 18:22h
Andrew Nagorski: Cazadores de nazis

Turner. Madrid, 2017. 474 páginas. 26,60 euros. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Andrew Nagorski nos presenta una obra excelente, producto de un laborioso trabajo periodístico y de investigación que nos acerca el rol jugado por una serie de personajes de carne y hueso que no aceptaron el nazismo y sus repercusiones como una simple fatalidad de la historia. En efecto, los “cazadores de nazis” llevaron a cabo una acción orientada a presentar ante la justicia a numerosos lacayos de Hitler, responsables de la muerte de millones de inocentes judíos.

Al inicio, el autor enumera a esos “cazadores de nazis” y los principales resultados de sus misiones. No obstante, algunos de ellos, como Simon Wiesenthal, permean a lo largo de varios capítulos como consecuencia de su significación y legado. La finalidad de estos hombres y mujeres no era la venganza sino hacer justicia y educar a las futuras generaciones para evitar que hechos como el Holocausto o los campos de concentración volvieran a ocurrir. En íntima relación con esta idea, todos ellos respetaban de forma escrupulosa los patrones del Estado de Derecho: “Eichmann no entiende por qué nos portamos así con él, él creía que le daríamos palizas y lo trataríamos con crueldad. Estamos tratándolo según las leyes del Estado de Israel” (p. 202).

Asimismo, también se desprende un tono crítico en la obra ya que, si bien al término de la Segunda Guerra Mundial las potencias democráticas occidentales se esmeraron en juzgar a los principales criminales nazis, conforme se consolidaron los imperativos de la “guerra fría”, la finalidad señalada quedó relegada a un lugar marginal. Esta dinámica espoleó a los “cazadores de nazis” aunque no formaban un grupo homogéneo (de hecho, los celos y la lucha de egos caracterizaron en muchas ocasiones su relaciones), ni diseñaron una estrategia común. Sin embargo, sí que pueden apreciarse algunos patrones de comportamiento usuales, susceptibles en resumirse en la pregunta de “¿qué es lo que convierte a uno más entre tantos hombres en un monstruo?”

La actitud crítica también se observa en el análisis de la conducta mostrada por los alemanes a partir de 1945, ya que la mayoría de la población germana optó por guardar un silencio interesado con respecto a lo que había ocurrido durante las dos décadas previas. De hecho, la desnazificación de la sociedad no fue total y muchos de los que habían colaborado con el III Reich ocuparon puestos de relevancia en la RFA así como en el bloque occidental y en el comunista. En este sentido, nazismo y comunismo presentan más analogías que diferencias como bien supo exponer Hannah Arendt al señalar que se trata de sistemas totalitarios que niegan los valores humanos mediante el recurso al binomio formado por el terror y la propaganda.

Igualmente, el lector observará un desplazamiento de responsabilidad en las reacciones de aquellos que fueron capturados por los “cazadores de nazis”. Dicho con otras palabras: todos buscaron legitimar su comportamiento recurriendo a la excusa de cumplir órdenes. Además, ninguno se arrepintió del mal causado. A modo de ejemplo, cuando el alemán Erich Priebke fue juzgado en Italia por haber ordenado el asesinato de más de 300 inocentes, afirmó lo siguiente: A nosotros nos tocó vivir en 1933 […] Toda Alemania era… nazi. No cometimos ningún delito. Hicimos lo que nos ordenaron. Eso no es delito” (p. 369).

No obstante, el paradigma de esta actitud lo hallamos en Adolf Eichmann, cuya captura en Argentina, juicio en Israel y la polémica suscitada durante el mismo (en particular, por el choque entre las tesis defendidas por Hannah Arendt frente a las de Isaiah Berlin o Erich Fromm), Nagorsky describe y analiza de forma sobresaliente. Con sus mismas palabras: Eichmann tenía mucho de lo que tanto Arendt como sus críticos le atribuían. Eran versiones, hasta cierto punto, compatibles. Por un lado, era un arribista en un sistema totalitario, […], y por otro lado era un antisemita convencido que disfrutaba de su poder para enviar a sus víctimas a la muerte” (p. 222).

En definitiva, una obra mayúscula que refleja la importancia de no pasar página frente a aquellos sucesos que eliminan la normal convivencia en las sociedades democráticas y niegan el disfrute de los derechos fundamentales a sectores de las mismas. Los “cazadores de nazis” no siempre lograron sus objetivos pero sí sentaron las bases para la existencia de una justicia universal.

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