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TRIBUNA

El poeta de la noche

martes 17 de octubre de 2017, 20:11h

Como tantos poetas, Carlos Mastronardi vivió acaso en una época equivocada. Nació en la provincia de Entre Ríos, en Gualeguay, a orillas del río Paraná. En la nostalgia de sus versos ha dejado constancia de que se sentía un provinciano en la gran ciudad, menos vanguardista que anacrónico; un simbolista, obsesionado por la perfección del lenguaje (dedicó un lúcido estudio a Paul Valery sobre la infinitud del método). Si lo tuviéramos que definir, podemos decir con cierta certeza, que fue el poeta de la noche, el artista que se refugió en Buenos Aires para sentir la nostalgia de su querencia natal. Eligió para vivir la Avenida de Mayo, que mucho se parece a la Gran Vía de Madrid, y alguna vez, en el hotel Castelar, alojó a Federico García Lorca. No era difícil encontrar a Mastronardi a la hora del crepúsculo, con su paso lento caminándola, o en algún café de sus adyacencias.

Recuerdo que después de una cena, durante la década del 70’, a la que yo había asistido acompañando a Jorge Luis Borges y a Ulyses Petit de Murat, mientras cruzábamos bajo una melancólica llovizna la avenida preferida del poeta, Borges comentó que en esa cuadra vivía Carlos Mastronardi. “Para completar la jornada –agregó Petit de Murat- lo que nos faltaría es encontrar a nuestro noctámbulo amigo Carlitos”. Fue como una invocación. Desde el vano de una esquina la figura del entrerriano se hizo presente debajo del paraguas y con la cabeza cubierta por el negro sombrero habitual. Tomamos un lago y ritual café en el tradicional “Tortoni” y yo asistí, deslumbrado, a las preciosas evocaciones de esos artífices insustituibles.

Aún a costas de no haber sido lo suficientemente leído, Carlos Mastronardi es uno de los nombres más destacados creadores de la literatura argentina. Cultivó la discreción y el retraimiento como único refugio posible para ponerse a resguardo de los que ostentaban el poder cultural. Sin embargo, a pesar de ese repliegue nocturno, que lo apartó de distinciones y de brillos, para el mundo diurno nunca dejó de ser el amigo de Borges y el celebrado autor de Luz de provincia, uno de los libros clásicos de la poesía argentina. Imposible escapar a la tentación de citar la primera cuarteta:

Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre;

sus costas están solas y engendran el verano.

Quien mira es influido por un destino suave

cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado…

Heredero de un simbolismo tardío, con su poemario Tierra amanecida (modestísimamente publicado en 1926), Mastronardi expuso su estilo impecable y formal. No dejó nunca de pertenecer a la llamada “corriente criollista” que se vuelca al canto del paisaje y la tierra, con lenguaje directo, pero siempre cuidado y perfeccionista. En toda su obra encontramos un cierto predominio de la imagen sensorial que sin altisonancias se vale de la realidad natural, tan ajena a las metáforas audaces como a los paradigmas insólitos. Su poesía es prístina y clásica en su calidad estética. Con demorada nostalgia y dulce morosidad formal, sus endecasílabos son la resultante de su emoción y de la grandeza de su alma:

Añejas devociones voy cruzando.
Oran por mí las santas arboledas.
Nuevo como quien viene de un cariño
desando mi existencia y mis callejas…

Hacia principios de la década de 1920, Carlos Mastronardi conoce a Jorge Luis Borges en una librería de Buenos Aires. Conversan sobre Evaristo Carriego, otro ilustre entrerriano al que luego el porteño dedicará un libro, y partir de ahí nace una amistad que se prolongará hasta el último día del poeta de Tierra amanecida. Estará al lado de Borges en las revistas Prisma y Proa y publicará artículos y poemas junto a Norah Lange, Eduardo González Lanuza, Conrado Nalé Roxlo, Ricardo Güiraldes y Pablo Neruda. Luego acompaña a su amigo Borges a las revistas Nosotros y Los anales de Buenos Aires, donde publica una serie de sonetos titulados Mañanas Provinciales. Se desempeña también como redactor en el diario Crítica, donde conoce al dramaturgo Francisco Defilippis Novoa, el autor de He visto a Dios, una de las obras de teatro más celebradas de la época.

Con Sixto Pondal Ríos y Ulyses Petit de Murat formará más tarde lo que se llamaría la “Escuela de Belgrano”, nombre que viene de un café donde se reunían para decir poemas, ubicado en el tradicional barrio porteño. En 1925 se une a las actividades literarias, musicales y pictóricas de la revista Martín Fierro.

La poesía, se sabe, casi no cuenta con editores; quizá no se vende en el mercado “porque no se vende”. Gracias al préstamo de un tío, y a instancias de su amigo Borges, hacia finales de la década de 1930, Mastronardi publicará Tierra Amanecida, su primer libro. La Editorial Latina lo da a conocer junto con El juguete rabioso, la revulsiva novela de Roberto Arlt. Ambos libros aparecen en la “Colección de autores noveles”. La edición del poeta no supera los trescientos ejemplares.

También por esa época, junto a Borges y Petit de Murat, como muchos escritores ajenos a cualquier forma de dictadura militar, Mastronardi interviene en actividades políticas, sumándose al Comité Irigoyenista de Intelectuales Jóvenes del Club Radical Enrique Larreta. Luego del golpe del general Uriburu, que será apoyado por Leopoldo Lugones, se retirará decepcionado de la política jurando no mezclarse más en esa contingencia.

Tuve la suerte de frecuentar a Carlos Mastronardi a mi regreso de Chile, en 1973. Dos años después lo acompañé a su ciudad, Gualeguay, donde fue reconocido como ciudadano ilustre. Lo indignó que el acto se hiciera por la mañana, “a pleno sol” y no de noche como hubiera convenido a su empecinada calidad de noctámbulo. “El día y sobre todo el sol no son para mí –se quejó-. Viví con mi mujer unos años en Río de Janeiro y puedo jactarme de no haber ido un solo día a la playa”.

Hijo de Gabino Mastronardi y Clotilde María Negri, ambos nacidos en Italia, recorrió el interior de la provincia acompañando a su padre, quien mensuraba campos y después fue Cónsul de su país en la provincia de Entre Ríos. De él también recibirá lecciones de música, pintura y escultura de los grandes maestros italianos.

Ante la muerte de su padre en 1928, Mastronardi vuelve a Gualeguay, donde trabaja como periodista escribiendo comentarios de interés vecinal y colaborando con revistas literarias de Buenos Aires. Durante ese tiempo, que él caracterizaría en sus Memorias como “un período oscuro, una época sin esperanza ni salida” que duró ocho años, trabajó tenazmente en un poema que más tarde publicaría con el nombre de Luz de Provincia.

En 1937, regresa a Buenos Aires, y ante una invitación del dramaturgo Samuel Eichelbaum, también comprovinciano suyo (“otro prodigioso gaucho judío”, como lo califica), se suma a la redacción de El Diario, de la editorial Láinez. Estará a cargo de las páginas de crónica teatral y de literatura. Ese año publica Conocimiento de la noche, el poemario que incluye Luz de Provincia, y por el que recibe merecidamente el Primer Premio Municipal de Poesía.

Borges, que dedicó muchas páginas a los guapos y compadritos, me confesó que nadie, como su admirado y entrañable Mastronardi, había logrado resumir con tanta belleza la dramaticidad de un duelo criollo y citaba, con el tono adecuado, la cuarteta en alejandrinos:

Una vez se miraron y entendieron dos hombres.

Los vi salir borrosos al camino, y callados,

para explicarse a fierro: se midieron de muerte.

Uno quedó; era dulce la tarde, el tiempo claro…

A su vez Mastronardi, que consideraba a su amigo Borges un hombre de genio, le dedicó un volumen con observaciones asombrosamente brillantes, donde destaca la originalidad del autor de Ficciones; al que no duda en considerar como el escritor más intensamente literario, en cada página, de toda la historia del arte de la literatura. La Academia Argentina de Letras lo publicó, no hace mucho, en una modesta edición tan imprescindible como cuidada.

Poco antes de morir, Carlos Mastronardi se puso a ordenar sus papeles. Pasó muchas horas revisando la correspondencia, los textos inéditos, los recortes guardados. Ese movimiento era la continuación de su rasgo definitorio como escritor. Allí estaba la corrección minuciosa, incesante, de cada uno de sus manuscritos. Pero el texto final de su vida tuvo dos versiones para nada antagónicas, sino complementarias: la de su amigo, el poeta jujeño Jorge Calvetti y la de Elsa Serur de Osman, su dilecta amiga de Gualeguay, que reunió su Obra Completa, merecidamente publicada durante este año.

Carlos Mastronardi, el poeta de la noche, nació el 7 de octubre de 1901 y murió el 5 de junio de 1976, a los 75 años de edad. Con Borges lo visitamos en una clínica dos días antes de que partiera para siempre. Evocarlo impone la necesidad de unirlo a su poesía que lo representa en la grandeza y perfección de cada verso:

Las dádivas menores que el corazón olvida:

Entre muchas, un viaje nocturno, el vago afecto

De una mujer sin magia, quizá un verso dilecto,

Nada fueron en alas a la imperiosa vida.

Perdido en esos bienes callaba mi destino,

Pues solo eran burbujas del hombre venidero

Los instantáneos dones que trajo el tiempo artero.

Mis desligados pasos forman hoy un camino.

En el creciente páramo paran fuerza y sentido

Los mínimos regalos que ayer cedí al olvido,

Las tenues experiencias que hoy son mis alimentos.

Más reales y más vividas las recupero, extintas,

Porque solo de lejos las cosas son distintas,

Y se vuelven, impares, nuestros hondos cimientos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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