Ha sido sacar Rajoy del armario el artículo 155, y como setas aparecer toda una legión de leguleyos capitaneados por el jurisconsulto Guardiola. Con el temblor provocado en las turbas independentistas por aplicarse la Constitución, parecía que en Cataluña rodaba un monte por la barranca de otro. Y cada secesionista ha sacado al jurista que llevaba dentro: juez, fiscal, abogado, procurador y hasta un pasante como Rufián. Han dinamitado el Parlament, quebrado la legalidad y adulterado el sufragio, y se llaman demócratas. El picapleitos, que en sus ratos libres se dedica a entrenar al fútbol, hasta ha acuñado un axioma jurídico: La voz del pueblo es más fuerte que cualquier ley. Nada tiene que envidiar a aquellas máximas del ilustre Ulpiano en el Digesto sobre el Ius romano. Con su apabullante sabiduría jurídica, Guardiola ya es doctor en la escuela demagógica hitleriana.
Aunque con el paso de los días todo lo que rodea al independentismo golpista es como una escena de sainete con figurantes de tercera, sin embargo, toda esta madeja en la que parece perderse el hilo, todo este laberinto sin guía, no debe confundirnos sobre el origen: el golpe de Estado cometido por los secesionistas. Bajo falsedades colosales revestidas con vocabularios legalistas sugestivos, los sediciosos toman decisiones peligrosas que repercuten unas sobre otras y que agravan una situación en la que abundan las apologías de la traición en todas sus manifestaciones. El horizonte lleva tiempo cargado de presagios y no hace falta ser muy sagaz para barruntar que algo se avecina, aunque no sea posible predecir con exactitud el qué.
Puigdemont, en su estéril y pueril empeño, es de los que atienden más a las voces que a las palabras. Sordera de la barbarie, según Eugenio D´Ors. Con ese talante, entre bobalicón y pasado de listo, no da razones consistentes sino argumentos huecos e insidiosas sutilezas que se deshacen al menor razonamiento. Para este desquiciado independentista su capricho está por encima de la Constitución y la democracia. Para Rajoy, en cambio, los tiempos están para ir muy despacio y con mucha calma. No quema etapas, sino las cubre todas a su debido tiempo. Su voz pretende ser la de la sensatez y la razón, sabedor de que se encuentra en una curva pronunciada del camino político y evita ser arrollado por el galope de los acontecimientos. Con su sentido de la proporción, indispensable para no desorbitar a la vez los hechos y las palabras, pareciera como si practicara la política de la mano tendida, desatando los más fantásticos rumores a los que somos tan propicios los españoles. Con exceso de precauciones y cautelas, ha tomado, por fin, medidas que demuestran su temple de serena intransigencia contra los rebeldes. Camina con el ritmo firme y acompasado de quien marcha seguro hacia el imperio de la ley y el Estado de Derecho, con el valor de reconocerlos y afirmarse en ellos, sin recompensas ni concesiones de ninguna especie, hasta enredar en sus propias redes a los sublevados y leguleyos.