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RUMBOS EN LA CARTA

La primera constitución y el catolicismo

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 26 de octubre de 2017, 22:03h

Jueves 26, a última hora de la tarde la tragicomedia de Puigdemont no ha finalizado. Siento un alivio que no convoque elecciones. Dejar Cataluña durante los meses de campaña electoral en manos de los independentistas sería apostar por la catástrofe económica y social de una de las regiones más dinámicas de España. Y si el resultado de esas elecciones fuese igual o más desestabilizador que la actual mayoría parlamentaria, entonces, el 155 sería insuficiente, y estaríamos hablando de palabras mayores. En la próximo artículo desarrollaré mi opinión.

Hoy seguiré comentando la vida y obra de Diego Muñoz Torrero, el padre de la Constitución de Cádiz.

Existe una prueba de la sinceridad y autenticidad del catolicismo de Diego Muñoz Torrero, el diputado liberal. Y la prueba se llama Luigi Chiaramonti, el papa Pío VII (1742-1823), el pontífice católico que padeció a Napoleón y que sin embargo pensaba que se entraba en una nueva época histórica, presidida por las ideas democráticas, más que nada favorables a la igualdad de todos los seres humanos.

Pío VII se hizo famoso, antes de convertirse en papa -lo que sucedió el año 1800- , cuando en 1797 pronunció una homilía en la que afirmó: “la virtud cristiana hace de los hombres buenos demócratas”. En el mismo texto, Luigi Chiaramonti escribió: “La igualdad no es idea de los filósofos, sino de Cristo…y no creo que la religión católica esté en contra de la democracia”.

Napoleón Bonaparte, que ese año andaba por Italia modificando a cañonazos las fronteras de sus Estados, dijo que Luigi Chiaramonti era un “jacobino”.

No era un jacobino, ni un revolucionario, como tampoco lo era Diego Muñoz Torrero que pensaba y decía parecidas cosas. Ambos participaban de una tradición cristiana, no solo católica, que se remontaba a los primeros siglos del cristianismo, cuando una corriente comunitarista surgió dentro del cristianismo como reacción al derrumbamiento y caída de la Roma Imperial.

Peter Brown ha estudiado esta corriente, cuya expresión fueron san Agustín, el monacato y la conciencia generalizada de la decadencia de Roma y del surgimiento de una era nueva, que iba a sustituir a la de la Ciudad clásica: la época de Iglesia y su consecuencia, lo que con el pasar de los siglos se denominó Europa.

Cuando en 1800 Luigi Chiaramonti es elegido papa, en un cónclave celebrado en Venecia, porque los Estados Pontificios han sido ocupados por Napoleón, su personalidad y su significado moral no pudo pasar desapercibido para el entonces inquieto chantre de Villafranca del Bierzo, Muñoz Torrero.

Diego Muñoz Torrero pudo perfectamente pensar, o sentir, que los avatares del papa Pío VII eran la justificación de su propia vocación política, puesto que no era difícil encontrar en sus biografías como clérigos y en su compromiso con la Iglesia y con sus respectivos Estados una versión más de las vidas paralelas de Plutarco.

Pío VII fue elegido papa en Venecia, ya que este pequeño Estado italiano estaba protegido por el emperador austriaco, Francisco I.

A pesar de beneficiarse de esa protección, el nuevo papa se negó terminantemente a obedecer al emperador austriaco, cuando éste quiso cobrarse en dinero y concesiones su apoyo.

Las relaciones entre el papa y el poder imperial nunca fueron buenas, incluso peores que con el propio Bonaparte, y en eso se parecía mucho a Muñoz Torrero, pues el clérigo español desconfiaba, y a veces, abominaba, de los deseos y designios de todos los déspotas, ilustrados o no de aquella época.

Esa convicción se encuentra en los discursos de Muñoz Torrero.

Papa y clérigo español coincidieron vitalmente en una gran dedicación al estudio, ambos estudiaron teología, con la particularidad de que estuvieron intelectualmente abiertos a las nuevas tendencias filosóficas. Del futuro papa se decía que leía en francés La Enciclopedia, y en inglés, a los ilustrados escoceses.

Muñoz Torrero manifiesta en sus discursos que estaba al tanto de las mismas fuentes.

En uno y en otro encontramos la misma pulsión reformadora, y en los dos casos, reformar consiste en volver a los orígenes.

El papa intentó reducir el poder feudal de los cardenales y la prepotencia de la Curia. Quiso introducir controles, y así hizo que se aprobara una constitución para los Estados de la Iglesia, constitución en minúscula, pero constitución al fin y al cabo.

Pío VII, a pesar de los dramáticos acontecimientos que Napoleón desencadena en los Estados Pontificios y en los demás territorios italianos, actúa con optimismo, un optimismo que sacaba de quicio a su Curia: él cree que el despotismo, incluso el despotismo de Napoleón, será pronto cosa del pasado.

Antes de ser detenido y trasladado al palacio de Fontainebleau, en el norte de Francia, el 20 de junio de 1812, estará presente en la coronación de Napoleón como emperador en 1804, y a sus críticos en la Curia, les responde que Francia se está recristianizando. Una nota más de su pensamiento: el papa estaba radicalmente en contra de la trata de esclavos.

El optimismo del papa no es el optimismo de la Ilustración. El terror revolucionario y las guerras napoleónicas han echado por tierra la confianza en la razón de las Luces.

Diego Muñoz Torrero debió tener las mismas creencias.

Hubo un paralelismo en los destinos del papado y de España: primero, en las fechas: en 1808 es el comienzo de la ocupación francesa de España y también de los Estados de la Iglesia, y en 1812, se aprueba la Constitución y el papa será deportado a Francia, donde se encuentra Fernando VII en parecida situación.

Y segundo, en las personas: sobre todo, Napoleón Bonaparte, y su hermano José Bonaparte, rey de España, después de haber sido nombrado (también por su hermano) rey de Nápoles, que para humillar al papa, se proclamó rey de Roma.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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