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POESÍA

Concha de Marco: Y es noche siempre. (Antología poética, 1966-1977)

domingo 29 de octubre de 2017, 19:35h
Concha de Marco: Y es noche siempre. (Antología poética, 1966-1977)

Edición de Hilario Jiménez Gómez. Renacimiento. Sevilla, 2017. 270 páginas. 11,90 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Por veces que ocurra, no deja de desconcertar el olvido que han sufrido algunas poetas, como es el caso de la soriana Concepción Gutiérrez de Marco, literariamente conocida por Concha de Marco (1916-1989), cuyo nombre ha vuelto a las librerías por la publicación, primero, de Concha de Marco en carne y verso, biografía divulgativa que José María Martínez Laseca escribió con motivo del centenario de su nacimiento; y, ahora, de esta completa y valiosa antología de su obra: Y es noche siempre. (Antología poética, 1966-1977), preparada por Hilario Jiménez Gómez y editada por Renacimiento, que recoge una amplia muestra de todos sus poemarios, los publicados en vida o póstumamente y los aún inéditos, además de algunos poemas sueltos igualmente inéditos.

La originalidad -en el lenguaje expresivo y, sobre todo, en la variada, singular y trabajada estructura de sus libros-, altura poética y fuerza emotiva de sus versos revelan una madurez que va paralela a la edad con la que se dedicó con mayor ahínco a escribir poesía y a publicar de forma continuada -Hora 0,5 (1966), Diario de la mañana (1967), Acta de identificación (1969), Congreso de Maldoror (1970),Tarot (1972), Las hilanderas (1973), Una noche de invierno (1974)-, hasta la muerte en 1976 de su compañero de vida («el árbol / a cuyo tronco se abraza esta yedra», dice en uno de sus poemas), el historiador y crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño, tras la cual ya no volvió a publicar, dejando inéditos varios títulos: Celda de castigo (escrito en 1974 y publicado en 2016), El Urbión (1976) y Cantos del compañero muerto (1976-77), al que pertenecen estos versos: «Convertido en cenizas, éstas siguen gritando, y su recuerdo vivo que llevo a flor de piel y en mis hondos adentros cada vez grita más, grita, desesperadamente, su silencio». Con anterioridad había dado a conocer una colección de cuentos y se había dedicado a la traducción (del inglés y del francés libros de historia del arte) y al ensayo (La mujer española en el Romanticismo, 1969). Pero es en la poesía donde encuentra, como advierte Jiménez Gómez en el prólogo, «el vehículo perfecto donde volcar su mundo interior, donde confesar sus verdaderas angustias».

La poesía de Concha de Marco es brutalmente desolada («Cuánto me cansa la música / aún no escuchada, / el libro que aún no he leído»), dolorida («Mi alma / no es un paisaje exquisito / con músicas al modo menor / ni amor vencedor, / ni vida oportuna, / oh Verlaine, / es un muro cerrado / es una vieja puerta / con grises velos / de telarañas / que alguien / nutre de clavos por fuera»), y desesperanzada («odio la luz que me despierta por las rendijas de la aurora / cada mañana / y hasta los cantos de los pájaros / que me desvelan de la muerte. / Todos los días me levanto con el problema de vivir»). Las circunstancias que le tocó pasar no fueron las más propicias; afines su marido y ella a la República, él fue encarcelado durante un periodo de tiempo y quedó señalado siempre por el Régimen por haberse negado a jurar los Principios del Movimiento; y ambos tuvieron que asumir, como otros muchos, lo que se llamó el «exilio interior». En «La luna 2», de Tarot, escribe: «En esta costa / el marinero ya no enciende fuego. / Las últimas cenizas / se dispersaron con el viento. / En esta costa no se encienden flores, / después no sé qué hacer con tantas hojas secas / que invaden los rincones / cuando, siempre el viento, / se adentra profundo, avasalla / con su potencia y polo sobre las cosas».

A este «cautiverio» intelectual había que sumar el de ser mujer, pues el franquismo asumió la trilogía nazi «niños, hogar, iglesia», volviendo a los papeles tradicionales que se habían comenzado a resquebrajar a finales del XIX. En la revista de la Sección Femenina Consigna, en 1941, se remarcaba que «El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar»; y el ideario femenino de la Falange será omnipresente en los centros educativos. De este modo -conviene no olvidarlo-, en libros de Bachillerato de la década de los 60 podemos leer los preceptos a seguir por la mujer casada para con su esposo: «Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos»; «los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres»; «demuéstrale tu deseo por complacerle»; «Habla en tono bajo, relajado y placentero»; «No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones»; «A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir»…, y un largo etcétera. Qué difícil para tantas, qué difícil y trágico para ella («A veces me traiciona el dolor de mi pelo, / el hielo de mis palabras silenciosas. / Y sonrío para no asustar. / Que nadie vea en mi rostro / la huella que dejarán los visajes de la agonía»), qué tremenda impotencia: «Y ahora, / que tengo el porvenir ya puesto, / vuelvo la vista atrás / y me asombro / de que el intenso bloque de la vida / haya pasado / y sólo sepa que lo mejor de mí / fue todo lo que no fue».

Al menos, con Y es noche siempre. (Antología poética, 1966-1977) podremos cumplir su propia premonición: «pronunciarán mis versos cuando yo no posea / labios para decirlos».

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