Discriminación negativa
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 07 de julio de 2008, 22:17h
En los días en que, muy puestas en razón, las sociedades más avanzadas abogan y favorecen sin complejos la discriminación positiva, resulta singularmente esclarecedora la consideración de la discriminación negativa, de ejercicio casi tan intenso como la primera, aunque llevada a cabo, a menudo, de forma subrepticia y, con más frecuencia aún, de occultis.
Así resulta ser espectáculo cuotidiano en la vida política e intelectual española la ahincada elusión de personalidades y autores no fácilmente encasillables en las cuadrículas ideológicas al uso cuando sus palabras o escritos no se atienen al discurso vigente. Muchos de entre ellos, por la riqueza y hondura de su obra o quehaceres, son mencionados, con mayor o menor reluctancia, para acendrar con su prestigio ideas y opiniones de gran circulación en las esferas de los diversos poderes mediáticos y públicos, pero, a la vez, implacablemente condenados al ostracismo más completo si muestran señal alguna de desviacionismo o heterodoxia. Nada hay nuevo bajo el sol, y quizá el fenómeno no contenga demasiada relevancia ni insolitez al observarse en épocas muy diferentes a la nuestra. Pero, en todo caso, en la presente ofrece un carácter casi teratológico.
Atenidos a ésta, en un país crecientemente parcelado en autonomías de todo tipo y en que toda corriente general se refracta intensamente en los distintos ámbitos comunitarios, se descubre muy expresivo que escritoras y escritores muy descollantes sean objeto, cuando su obra se halla oreada por el viento de la pluralidad e independencia, de una selección meticulosa a la hora de convertirlos en referentes de cualquier tendencia u opinión. Aunque el hecho es, como acaba de decirse, general, tal vez el País Vasco, Catalunya y Andalucía se alineen en su cabeza. En la última, por ejemplo, el benemérito e inolvidable D. Antonio Domínguez Ortiz, cuya memoria, por fortuna, se enaltece con calles, organismos y premios consagrados a su recuerdo, es implacablemente condenado a las tinieblas exteriores en temas y cuestiones en los que, con indiscutible autoridad, sostuvo tesis y planteamientos sin carta de naturaleza alguna en el establishment político y cultural, no obstante, muchas veces, su indudable trascendencia ciudadana e histórica. Bien es verdad que no se encuentra solo en tal marginalidad y, en ocasiones, alevosa exclusión. En su misma tierra, a figuras cimeras como A. Machado o D. Francisco Giner de los Ríos citados ex abundantia a propósito de mil y un temas “vanguardistas”, se las silencia ominosamente cuando manifiestan su fuerte prevención si no repulsa a la manipulación “folklórica” del pasado de su solar natal. Y otro tanto acontece en el Principado Catalán con Pla, Sagarra o Vicens Vives y en Euskadi con Unamuno, Pío Baroja y Julio Caro Baroja o en Galicia con Cunqueiro y el mismo Otero y Pedrayo.
Ninguna región o comunidad -importará repetir- permanece extra muros del fenómeno apuntado. La misma Asturias, adelantada siempre en la vivencia de lo español, ofrece una muestra especialmente significativa en las fechas en que los afrancesados josefinos son objeto no sólo de reivindicación sino también de apología. Una de las muy escasas figuras que mantuvieron a través de los desgarros y odios del país en los dos últimos siglos un carácter nacional y suprapartidista, Jovellanos, se ve en su tierra y fuera de ella sometido al más riguroso secuestro por los medios de comunicación y aun de la propia Academia al enjuiciar aquel terebrante episodio de nuestra historia contemporánea así como al analizar la génesis del proceso de “construcción nacional” gaditano. En todos estos avatares, la posición del gran liberal gijonés fue un modelo de honestidad, clarividencia y límpido patriotismo que en manera alguna debiera de acrecer la ya muy abultada discriminación negativa que tan pesarosa y nocivamente se adueña del clima cultural y la convivencia del país.