Aplicado el artículo de marras, depuestos de sus cargos los gobernantes desafectos, fugado o no el ya-no-presidente de la Generalidad, que en sus actos todos es un sí-es no-es de difícil definición, intervenido el gobierno hasta la próxima investidura y hasta entonces a cargo de la vicepresidenta del gobierno de la nación… Parece que el acto del ejecutivo, de una parsimonia de paquidermo, ha resultado eficaz. Se habla de la detención del proceso secesionista, se atribuya al rey o al flemático presidente, se celebra una victoria lograda con la menor movilización de recursos, apenas dos cruceros de civiles y policías y un par de gestos ante los gobiernos extranjeros. Esa Europa del bienestar desesperado – alta renta y epidemia de depresión – se pone del lado del Estado.
Se añade que ha sido nuevamente la nación, que los post-comunistas llaman “la gente”, la fuerza real que, presente en Cataluña, ha movido al presidente a alzar la mano ejecutiva. Dejándola caer, digamos, con dulce suavidad. Pese al grito histérico del ya-no-presidente que libremente se expresa dentro y fuera y reclama juicios justos y acusa de una extrema violencia nunca vista. Él, el votante repetido, el heredero del Pujol supremacista, el soñador de una república de virguería: el mismo al que los represores centralistas del gobierno-155 quisieran ver – con agrado – candidato en las próximas elecciones.
Si esa gente, que es nación en las calles de Barcelona, pide para Puigdemont el paredón, o poco menos, los” violentos ejecutores” de la voluntad popular se limitan a suspender de funciones, pero abonando su sustancioso salario, al ya-no-tan-honorable-presidente, manifestando agrado ante su posible candidatura. Pero, acusado el Sr. Puigdemont de delitos de extremada gravedad, se entenderá que ese agrado del gobierno – que contradice la demanda popular – no deja de resultar sospechoso de una llamativa connivencia, pactada o no. El cambalache no puede resultar franco y abierto, su naturaleza turbia esconde sugestiones y alambiques retorcidos y complejos. Pero las elecciones autonómicas que sí-pero-no convocó Puigdemont para el día 20 de diciembre, han sido convocadas por el gobierno para el día 21 del mismo mes. Y algunos recelan de esas coincidencias. ¿Se apañó una salida sin juicio ni prisión para el presidente de la Generalidad a cambio de esa convocatoria? ¿Puede el gobierno garantizar la suspensión de la maquinaria judicial que se dirige contra sediciosos y secesionistas? ¿No arrojaría esto demasiada luz sobre un aparato político de cuya corrupción económica y real apenas se duda?
Pronto parece haber brotado el nuevo hombre en la vieja figura de un exconsejero de la misma Generalidad, pero uno que supo saltar del barco a tiempo. Santiago – ¡tal es el nombre! – Vila Vicente, Santi Vila, que fuera consejero de Cultura y de Empresa se ofrece candidato reorientador del PDeCat. Un hombre si no nuevo, casi proteico, para retomar el viejo rumbo de un independentismo de derecho, se dice que contrario al independentismo de hecho de la frustrada secesión. Pero la cuestión es si hay derecho al independentismo, si la nación puede conceder un protocolo de autodisolución. Si no fuera posible esa independencia en el marco del derecho, el nuevo rumbo se limitaría a una vuelta a la indefinida profundización en el autogobierno siempre ante un horizonte en constante retirada, una perspectiva tantálica y dolorosa que sería convenientemente paliada con un régimen fiscal satisfactorio. Se habría restañado el tiesto y seguiría floreciendo la planta del Estado del 78 sobre el humus de una olorosa descomposición.
Pero el riesgo está lejos de haber quedado conjurado y esa continuidad no está asegurada. Convocadas las elecciones, ¿no se ha puesto la unidad de España en juego? ¿Una victoria suficiente de la Esquerra, con la CUP al fondo, no significaría una sanción al proyecto que se juzga frustrado? Convertidas en plebiscitarias las que se quieren autonómicas, con la garantía de urnas santificadas por el Estado y reconocidas internacionalmente, nos encontraríamos con un independentismo reforzado. Si no para un nuevo ensayo de independencia por las bravas, sí para la negociación de un referéndum pactado. Es fácil sospechar que el parsimonioso gallego cuenta con ese posible resultado.
Celebremos de momento la victoria como los niños que estos días juegan disfrazados a la muerte, esperemos que la seriedad del último tránsito no nos coja despistados. ¿Truco o trato?