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TRIBUNA

Manifiesto liberal 2017

Natalia K. Denisova
sábado 04 de noviembre de 2017, 20:00h

El III Foro Liberal del año 2017 continúa la línea de los dos foros anteriores. Se celebrarán dos jornadas de debate (23-24 de noviembre, Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid): una dedicada a la economía y otra a la política, más precisamente a la cuestión catalana que desde hace tiempo nos hace vivir bajo la constante amenaza de la separación de España. El liberalismo económico y político es clave para entender los avances del mundo actual. El bienestar, que se ha conseguido en el siglo XXI, algo único en la historia de la humanidad, la democracia representativa, los derechos y libertades individuales, la igualdad ante la ley y las libertades económicas son, entre otros, conquistas del liberalismo, que son imprescindibles defender ahora más que nunca. El error más grave de las sociedades desarrolladas sería tomar estas conquistas políticas y económicas como si fueran algo firme y garantizado para siempre.

La crisis de valores y de conocimiento histórico del mundo agrava esta situación de dar por hecho que el liberalismo se mantiene por sí solo. Particularmente en España, todas las crisis de la sociedad de bienestar se ven agravadas no sólo por el desconocimiento de la historia, sino por el complejo que se ha creado en torno a todo lo que es español, el liberalismo entre ellos. La escuela española del pensamiento político y económico parece no existir, sustituida u oculta por otros pensadores extranjeros, no menos valiosos, si no fueron utilizados en detrimento del estudio de los clásicos hispanos. Algunos intelectuales actuales persisten en los cauces decimonónicos que proclamaban nula cualquier actividad intelectual en España. El derrotismo de quienes mantienen que no existe pensamiento liberal de corte español es, frecuentemente, lo único que une numerosas y, a veces antagónicas, corrientes políticas.

La gravedad de este profundo desconocimiento y hasta rechazo del pensamiento liberal español lo pudimos evaluar durante el desarrollo del I Foro Liberal. Aquí hubo ponentes que pusieron de manifiesto ese derrotismo, porque desconsideraron el pensamiento liberal español al considerar que el pensamiento liberal aparecía únicamente como el fruto del pensamiento anglo-sajón del siglo XVII, más concretamente en las décadas 80-90, marcadas por las guerras religiosas. Es obvio que hay una corriente liberal que procede del ámbito de la moral religioso, por ejemplo, las obras del pensador inglés John Locke son en este punto revolucionarias. Él escribió en contra de la restauración del catolicismo en Inglaterra y la prohibición de la participación de los creyentes en la política: La Carta sobre la tolerancia y Dos Tratados del gobierno civil. Con Locke asocia la aparición de la noción de la propiedad privada y su valor como derecho esencial. La primera revolución liberal, 1688, es el principio de la monarquía parlamentaria, de la separación de poderes y de otros conceptos tan conocidos hoy día que salieron de Inglaterra y la escuela escocesa para dejar su huella en la revolución francesa y formar parte de las lecturas de Olavide, Jovellanos y Quintana. Las ideas fundamentales del pensamiento liberal nacen para salvaguardar al hombre en su capacidad para poder articular su identidad como sujeto moral responsable de sus acciones, desde la idea de Dios hasta su relación con el mundo real, a través del trabajo y la propiedad.

Pero ahí no acaba ni empieza el liberalismo. La atribución única a los anglo-sajones del pensamiento liberal debería ser evaluada críticamente. Tres tesis deberían ser discutidas, a saber, que el liberalismo surge en el ámbito moral y no en el económico, que muy probablemente la palabra “liberal” no surgió en España, sino en Inglaterra, y, finalmente, que el pensamiento liberal procede de la moral calvinista secularizada. Sin entrar en el análisis detallado de la situación de Inglaterra durante el siglo XVII, que distaba mucho de ser un reino de derechos y libertades, prestemos atención a lo que sucedía en el pensamiento español de los Siglos de Oro. A nadie debe sorprender que el liberalismo, como la defensa del individuo frente al Estado, aparezca precisamente en Inglaterra, donde el monarca se proclamaba el representante directo de Dios y lo que quería el rey era ostentar la voluntad divina. Tampoco debe causar sorpresa que en los reinos de España, ni siquiera Felipe II llegaba a afirmar algo parecido. La razón es simple: se lo impedía la teoría del tiranicidio, desarrollada durante el XVI por el jesuita Suárez, y que llegó a su apogeo en la obra del padre Mariana, que circulaba por toda la península, pero fue quemada por la Inquisición parisina a causa de los capítulos VI-VIII donde se indaga si es lícito matar al tirano, si es lícito envenenarle, y si el poder del rey es menor que el de la república.

Esos interrogantes fueron respondidos afirmativamente reconociendo el derecho de matar al tirano en determinadas circunstancias, sobre todo cuando van en detrimento del bien común; y también se afirmaba que la república en general tiene más poder que el monarca. La idea de que la soberanía emana del pueblo fue ampliamente aceptada entre los teólogos y pensadores de España. Pocos, y si hubo algunos no gozaban de mucho prestigio, fueron los teólogos o escolásticos españoles que apoyaron la tesis del poder ilimitado del monarca. Y si a alguien todavía le seduce el carácter “revolucionario” de los tratados políticos de Locke, que consulte al jesuita P. Agustín de Castro, que en 1634, se plantea unas preguntas de asombrosa modernidad: ¿Es mejor algún gobierno que ninguno? ¿Es mejor el gobierno democrático que el monárquico y aristocrático? ¿Es más conveniente la monarquía electiva que la hereditaria? ¿Es lícito excluir a las hembras de la sucesión del trono?

Otro lugar común lleva a asociar el protestantismo con la supuesta libertad de culto y de pensamiento. Es necesario evaluar con cuidado lo que significó el libre examen instaurado por los protestantes y el libre albedrío que existía en el catolicismo. Los ejemplos de los líderes protestantes muestran un fenómeno de la sustitución de la autoridad de la Iglesia por su propia autoridad que no aceptaba la menor discrepancia entre sus seguidores. La libertad de interpretar un texto sagrado resultó ser una imposición. Recordemos las persecuciones de Calvino en Ginebra, Enrique VIII e Isabel en Inglaterra. Así no debe de sorprendernos que sea en Inglaterra donde más se discutía sobre la libertad de culto. La historia de los católicos ingleses y, especialmente, los irlandeses y escoceses es una de las más trágicas de Europa.

Por lo tanto, la idea de asociar la aparición del pensamiento liberal con el calvinismo secularizado necesita una buena revisión basada en el estudio y análisis de los hechos históricos y no sólo en las apariencias pseudo-filosóficas. Una de las líneas de revisión de este tópico consistiría en seguir y estudiar a los contemporáneos de Calvino, por ejemplo, al cardenal Sadoleto, su enemigo dialéctico, o a Juan Ginés de Sepúlveda. Este último redactó De fato et libero arbitrio que defendía la libertad frente a la fatalidad protestante. Sí, es lamentable, pero cierto que el mayor fracaso de varias corrientes protestantes fuera la pérdida del libre albedrío en la vida individual. Restringir, prohibir, unificar son los quehaceres principales de los líderes protestantes. Si la Inquisición tuvo sus víctimas, no hay que ocultar a las víctimas de los tribunales protestantes. El ejemplo puede ser Miguel de Villanueva, mejor conocido como Servet, que se opuso abiertamente a las ideas de Calvino. En su intercambio epistolar, Servet escribe a Calvino: “Vuestra decantada fe en Cristo es humo sin valor ni eficacia; habéis hecho del hombre un tronco inerte y habéis anulado a Dios con la quimera del siervo arbitrio. Hacéis caer a los hombres en desesperación y les cerráis la puerta del reino de los cielos… Hablas de actos libres, como si en tu sistema pudiera haber alguno; como si fuera posible elegir libremente, cuando Dios lo hace todo en nosotros. Ciertamente que obra en nosotros Dios, pero de manera que no coarta nuestra libertad. Obra en nosotros para que podamos pensar, escoger determinar y ejecutar… ¿Qué absurdo es ese que llamas necesidad libre?” Calvino no respondió a esta carta, pero escribió a su amigo Farel en febrero de 1546: “Dice [Servet] que va a venir si le recibo, pero no me atrevo a comprometer mi palabra: porque si viene, le juro que no ha de salir vivo de mis manos o poco ha de valer mi autoridad”. Esto es lo que sucedió: Servet fue acusado por un tribunal dependiente de Calvino y decapitado en octubre de 1553.

No podemos olvidarnos de otro error generalizado entre los intelectuales que atribuyen la idea de la propiedad privada al protestantismo. Se cree que la propiedad privada, el comercio y el negocio deben su desarrollo a todos los países, menos a España, donde fueron ahogados por el catolicismo intransigente que duró varios siglos. Éste es un tópico asimilado y repetido hasta la saciedad. Sin embargo, si abrimos los libros de algunos tratadistas como Martín de Azpilcuela y Tomás de Mercado encontramos allí la teoría cuantitativa del dinero elaborada casi dos siglos antes que Smith. Aparte de las obras teóricas como las de los autores citados, merece la pena recordar los centros de negocio y comercio españoles como las Lonjas, que surgen desde el siglo XIV, y las ferias, por ejemplo, la de Medina de Campo, la cuna de los banqueros.

Para acabar esta enumeración de los avances del pensamiento español, origen del liberalismo, es imprescindible mencionar lo que forma el pilar fundamental de la leyenda negra, a saber, la política de España en América. El Descubrimiento de América y de su población fue un gran acicate para el avance del derecho español. Éste se desarrolló, especialmente, en el ámbito del derecho de gentes, lo que sería el futuro derecho internacional. Pero tampoco se olvidaban los pensadores de la vida cotidiana de los pueblos descubiertos. Uno de los avances fue el reconocimiento de su derecho a la propiedad privada. Elegimos el ejemplo que más dudas suscitó entre los juristas de aquella época: ¿si se puede o no arrebatar los bienes de los indios, paganos y antropófagos? Francisco de Vitoria, apoyándose en Santo Tomás, declaró: “La infidelidad no es impedimento para ser verdadero dueño” y prosigue: “parece también de derecho de gentes que los extranjeros puedan ejercer el comercio, pero sin daño de los ciudadanos” y la ley que lo prohibiera sería irracional (Relectio De Indis). Además, en Vitoria y sus antecesores aparece un procedimiento jurídico de la restitución aplicado a los indígenas del Nuevo Mundo: los españoles fueron obligados a devolver los bienes arrebatados ilegalmente o restituir los daños causados por la guerra injusta.

Gracias al reconocimiento de los derechos de la población indígena, la sociedad que apareció allí fue mestiza y compleja. Es sumamente curioso rescatar la imagen de aquella sociedad hispanoamericana basada en la integración de los indígenas en la vida social y política a la española. Se suele repetir hasta la saciedad el maltrato que sufrieron los indígenas con la llegada de los españoles, pero se olvida mencionar unos testimonios de aquella época. Por ejemplo, la nieta del emperador Moctezuma, doña Beatriz de Castilleja, adoptó las costumbres de la nobleza española y favorecía al Colegio de jesuitas de Pátzcuaro, uno de sus yernos fue don Juan de Puruata, un indio gobernador; en el pueblo de Tepotzotlán, el cacique indio fundó el seminario de San Martín. En el tumulto de los primeros años del virreinato, cuando la administración se establecía en las nuevas tierras, hubo muchos indígenas de procedencia humilde, pero de mucho ingenio que se enriquecieron y adaptaron el modo de vida de los españoles. A veces esto fue motivo de quejas, por ejemplo, Juan de Díaz de Vargas lamenta que los naturales de la Nueva España “siendo plebeyos de sus nacimientos, se hacen ilustres en sus pueblos, como son los que se crían en monasterios, y estos tales se gastan guantes y usan otras delicadezas” y a finales del siglo XVI Suárez de Peralta describe: “Ya muchos y todos los más usan zapatos como los que nosotros traemos de lustre, guerguescos o zarcuellos de su lienzo, camisas, los cuellos muy almidonados”. Pero, aparte de aparentar ser españoles de origen, muchos eran los que conseguían un estatus destacado, a saber, don Nicolás del Puerto, que fue indio y catedrático de retórica y de cánones en la Universidad, además de ejercer como obispo de Oaxaca. Juan Esteban, natural de Tepotzotlán, fue jesuita indio que “tuvo tal industria, casi instinto, de enseñar a leer y a escribir y tuvo en ello tanto crédito que desde España le traían niños para que lograsen su enseñanza”.

Todos estos ejemplos en su conjunto han sido citados aquí para mostrar que hay muchas ideas en el legado español que adelantan varios aspectos de la modernidad, de la Ilustración. Sin duda, el liberalismo actual debe mucho a los pensadores europeos que mejoraron y pulieron las ideas, pero no sería adecuado echar al olvido las raíces del liberalismo que se encuentran entre los pensadores de los Siglos de Oro. Sin el conocimiento del pasado, el futuro no es halagüeño. Ahora a las sociedades europeas les toca mantener los avances políticos y económicos y para ello la mejor vía es la liberal. Las corrientes actuales del liberalismo quedarían fracturadas sin reconocer la tradición liberal española.

Pero, ¿son eficaces los derechos del hombre si se olvidan las nociones como la conciencia, libertad y responsabilidad? La herencia de tal riqueza como lo es el pensamiento español no puede ser olvidada y menospreciada, sino incorporada en la realidad actual a través de su estudio crítico. No debemos perder la continuidad, ni rechazar el patrimonio.

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