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NOVELA

Carlos Zanón: Taxi

Carlos Zanón: Taxi

Salamandra. Barcelona. 2017. 364 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Daniel González Irala

Sexta novela de Carlos Zanón, autor barcelonés que debutó en estas lides con Nadie ama a un hombre bueno, teniendo una importancia destacada en sus últimas tres novelas ese rock n’ roll, que, junto con el sexo y las drogas, ponen a sus personajes al borde del abismo. Ignoro si en Yo fui Johnny Thunders o Marley está muerto existe ese derrotismo en mayor o menor medida, lo que sí vemos en Taxi es esa voluntad por parte del protagonista, Sandino, de querer, sin poder, empezar de cero para reconvertirse en ese Pijoaparte de Marsé que aparece deformado en el reflejo de una bola de billar, dentro de cuyo juego está esa Barcelona que muere y renace, que tiene esos tintes tan negros como veloces.

En este sentido, el taxi no solo es el vehículo de la narración, esa caja metálica de sardinas tan típica desde la que se habla y se escucha demasiado, también es el reducto de su melancolía última, aquella que le lleva a querer borrar su vida anterior para estar sometido a un continuo desaprender frenético.

Sandino es un personaje literario con todas las de la ley. Desde que allá por 2001 Pablo Tuset publicara Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, estos personajes que nos llegan y viven en esta ciudad actualmente apabullada por otras razones, han bebido de una posmodernidad metaliteraria de la que esta novela sigue siendo seguidora en su tradición. Una tradición que probablemente empezaría mucho antes en el relato corto.

A su vez, existe en Taxi una voluntad de regreso a una influencia si cabe más rica que la que comentamos. Se trata de Carmen Laforet y Nada. A poco que uno recuerde aquella novela tan existencialista y moderna para la época, se le quedan esos ojos tan tristes que imaginamos en Sandino; esa bajada a los infiernos que sigue a cuando en un descanso en el Olimpo (bar que hace chaflán y donde paran los del gremio) empiezan a correr las drogas y el uso ilícito de la burundanga para dar paso finalmente a una inquietud patética pero insobornable en su justicia poética: montar un grupo musical llamado “Demasiadas amas de casa”.

Salvando igualmente las distancias, en ese y otros recorridos paralelos, vemos el movimiento desdibujado por el estrés de unos personajes a los que no les queda otra que huir de todo y por todo. Eso, y en este caso, sentido de la retranca y del humor negro, porque en este género también se inscribe en tanto en cuanto hablamos de personajes tan deudores de las fábulas de Hammett o Chandler como de las ya señaladas.

Inquietante, sincera e hipnótica, también bebe y mucho, como no pudiera ser de otro modo, del primer cine de Martin Scorsese No se me ocurren más razones para quedar prendados de este taxista adicto a The Clash; si ustedes le quieren acompañar leyéndolo solo cabe citar esta frase del narrador en tercera persona que se pega a su cabeza tan magistralmente: “Los motivos que llevaron a Sandino a acabar realizando el mismo trabajo que habían hecho su padre y su hermano podrían resumirse en que nunca tuvo mucho talento para lo que le interesaba y nunca le interesó lo más mínimo aquello para lo que quizá tuviera talento”.

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