La pesadilla de Puigdemont se traslada a Bélgica y amenaza con entorpecer las relaciones entre este país y España. El juez belga lo ha dejado en libertad. Nadie pensado que hiciera otra cosa. Son conocidas por el mundo civilizado las mil triquiñuelas que ofrece la “justicia” de Bélgica para no extraditar delincuentes a sus países de origen. Puigdemont, pues, seguirá en esas tierras hasta después de las elecciones. Regresará con toda seguridad, cuando ya haya dejado de aplicarse el 155; por cierto, eso sucederá el día de las elecciones, el ministro de Justicia, Rafael Catalá, ha confirmado lo adelantado por Millo, delegado del Gobierno en Cataluña, la aplicación del artículo 155 en Cataluña se levantará con las elecciones del 21-D. No creo que García Albiol haya acogido la noticia con entusiasmo, porque él había sugerido que quizá fuera necesario prolongarlo por la situación de bancarrota económica y fragmentación política de Cataluña.
Quizá tenga razón García Albiol, pero, como dice José Luis Bonet, presidente de Freixenet, “el daño ya está aquí. Esto va a ser muy negativo. Y no es una palabra abstracta, esto lo que significa es que la gente lo va a pasar muy mal, van a perder su trabajo y van a pasarlo mal.” Pero, gracias, precisamente, a la aplicación del artículo 155, que ha frenado de alguna manera el golpe separatista y ha restablecido el orden constitucional y estatutario permitiendo la reinstauración del orden democrático, el señor Bonet y su consejo decidieron que Freixenet no cambiara su domicilio social a otro lugar de España. No sean pesimistas, pues, porque para algo ha servido el 155: ha convocado elecciones, ha cerrado el Parlament, ha expulsado al Govern y ha dejado sin salarios a más de trescientos cargos de designación oficial, etcétera. En fin, no será tan liviana la aplicación del 155 cuando ha parado un golpe de Estado y, además, ha dado garantías a la emblemática marca de cava catalán Freixenet para que no cambie de domicilio.
Claro que el 155 ha servido para mucho; sin embargo, toda la actuación del Gobierno posterior a la actuación de la justicia parece acompasada por una cierta indolencia que crea desanimo en los ciudadanos. Ni unos ni otros parecen creer y, sobre todo, pelear con convicción por su país. Por España. Quizá tengan razón aquellos que opinan que la trama civil del golpe de Estado sigue tan intacta como la trama militar. En efecto, la trama civil, por ejemplo, TV3 y las otras terminales mediáticas al servicio de los separatistas, y la trama militar, especialmente los Mozos de Escuadra, apenas han sido depuradas. Y, sobre todo, Rajoy y su gobierno no hacen política. Desconsideran el poderío de la comunicación política. No les importa nada la opinión pública política. Las decisiones que toman jamás las explican y, encima, salen huyendo, o peor, creen que les desfavorece las limpias decisiones de la Fiscalía y la Audiencia Nacional.
Hasta Macron, el Presidente de Francia, se ha referido de modo elogioso a la actuación de la Justicia española. Imagino esos autos de los jueces españoles interpretados por los políticos franceses. Daría gloria oírlos. Serían discursos antológicos de estadistas del siglo XXI. Aquí, sin embargo, no son nada, porque nuestros políticos a lo más que llegan es a balbucear un lugar común: “respetamos las sentencias de los jueces.” Claro que todos las respetamos, porque creemos en la división de poderes, pero es necesario construir una narrativa o discurso que, primero, reconozca la grandeza de la justicia y, en segundo lugar, se enfrente a la utilización victimista que de la sentencia de la juez Lamela están haciendo los separatistas.
Como sigan así las cosas, vamos a tener que traer políticos demócratas de la UE para que defiendan a España con las sentencias de nuestros jueces. ¡Dan pena los “políticos” españoles! Está a la misma de la altura de los comunicadores que van a 24 H. Terminan por utilizar los argumentos de los adversarios separatistas. Son incapaces de crear y difundir un discurso de altura democrática que cale en la ciudadanía. No me extraña que se desanime la gente. Los gobernantes españoles y sus comunicadores prefieren relajo antes que relato, sí, más que crear un genuino relato democrático prefieren escudarse en tópicos y lugares comunes, por ejemplo, “eso ya lo hacen los jueces”. Se conforman con poca cosa. Ni son buenos políticos ni periodistas diligentes. Quizá me equivoque y Rajoy nos sorprenda el 12 de noviembre, día de apertura de la campaña electoral, cuando acompañe a García Albiol, en algún lugar de Cataluña, en el primer mitin de campaña. ¡Eso es todo! No. Merece la pena recordar otro matiz. Rajoy y su gobierno no están y, lo que es peor, no estarán nunca a la altura de Felipe VI: su discurso sobre la crisis catalana ya es histórico. Lo demuestran las encuestas de popularidad.